jueves, 11 de febrero de 2016

Diario de mi cáncer: la chica de los zapatos rojos

Not for rental- Yuztapox
Siempre que recibe una noticia sobre su enfermedad la chica de los zapatos rojos siente como si estuviera frente al mundo y éste rodara hacia ella pasándole por encima, haciéndole tronar cada uno de sus huesos, dejándola sin fuerza, cansada y agobiada.

Es verano y aunque el sol brilla su destello es incandescente y penetrante. Son días calurosos, confusos y largos en Buenos Aires y la chica de los zapatos rojos está sofocada y perdida, deambula por las calles sin encontrar un lugar dónde sentirse cómoda, tranquila. Opta por la calle, camina sin rumbo, no encuentra asilo en ningún corazón, sólo llora y anda con una carpeta naranja debajo del brazo donde carga cada uno de los exámenes que le han practicado desde octubre de 2015 y donde está el veredicto médico: Cáncer tipo Linfoma de Hodgkin nivel 2 con un pronóstico de una cirugía para hacer una biopsia a la médula ósea e insertar un catéter portal para infiltrar los medicamentos de la quimioterapia  ABVD que recibirá durante 6 meses.

¿Por qué yo? ¿Y si no puedo? ¿Y si el tratamiento no funciona? ¿Para qué luchar? ¿Por qué seguir? Un brisa cálida la golpea por detrás, la envuelve mareándola, haciéndola flaquear. No sirve de nada hablar por teléfono porque las palabras no acarician, no cruzan la pantalla, no abrazan, no son garantía de nada, no son compromiso, no son sostén. De hecho, las palabras son ahora acusaciones, reclamos, desprestigios, ira, incomprensión, miedo de los que creía que la amaban.

La chica de los zapatos rojos no entiende nada, sólo camina y llora; las lágrimas le rasgan las mejillas, no existe nada adelante, no hay nadie, sólo hay fuego en este infierno, miradas indiferentes, dolor, soledad, desesperanza. Y bueno, hay que asumir la vida, las decisiones tomadas.

Como por inercia llega a la clínica donde trabaja hace casi 3 años. No se saca los lentes, entra como alma en pena, en realidad entra como está ella en su interior con el alma y el corazón en pena. Su compañera de trabajo grita desde una de las oficina si está bien mientras atiende a una mujer que le pregunta insistente si su tratamiento le va a quitar la celulitis del culo. La chica de los zapatos rojos escucha la conversación desde el baño, alza la mirada y se dice mirando al espejo: para de comer y verás como se te quita todo, gánate un cáncer y verás como dejas de pensar en comida, dale a quien creías tu gran amor todo para que en el momento que más lo necesitas se ponga por delante y te abandone. Su cara se deforma por las lágrimas. Su compañera vuelve a gritar: ¿Estás bien?. Bien jodida, responde entredientes.

La chica de los zapatos rojos se arranca a trozos su rostro, los tira en el lavamanos, los remoja con agua, les pasa una toalla de papel y los vuelve a pegar con saliva sobre sus músculos. Sale del baño y se va a la recepción. Con cara de nada saluda a la maniática de los muslos perfectos quien le da un beso en la mejilla y le dice estás divina. Sonríe y cierra la puerta. ¡Qué atrevida es la frivolidad!

¿Ahora sí, qué pasó?, pregunta su compañera, la rubia, esa misma que veía como una persona distante pero que los próximos días se convertirá en su madre, su confidente, su traductora, su polo a tierra; la misma que unos años atrás, cuando le preguntó su edad en la entrevista de trabajo, le dijo: Gordi, todavía te falta mucho por llorar.La chica de los zapatos rojos le cuenta a la rubia acerca de su diagnóstico, le dice que su vida está patas arriba, que está sola en su casa desde hace cuatro días por una discusión que parecía una de tantas peleas de pareja pero que con las horas,el fuego, las intromisiones, la verborrea, el egoísmo y el miedo, el maldito miedo, se convirtió en una batalla campal.

Mientras le hablaba a la rubia la chica de los zapatos rojos recordó una tarde cercana. Él estaba tirado en la cama sin ganas de nada, con la mirada perdida y uno de sus brazos sujetando su panza desnuda. ¿qué pasa? le preguntó ella. Nada, estoy preocupado por la situación. Calla. Ella toma su rostro barbudo y punzante entre sus manos y busca sus ojos, los que una noche de invierno de 2012 la recibieron en el aeropuerto de Ezeiza y le pidieron que se quedara para siempre a su lado, los mismos que tras una pantalla de computadora la convencieron de dejarlo todo atrás para ser cuatro luceros iluminando las noches, esos que ya hoy no están y dejaron un hoyo negro en su alma, quizá peor que el cáncer. No es obligación que estés, puedes salir de esto cuando quieras, sé que te sobrepasa tanto como a mí. Él la abrazó y le dijo, esta lucha la peleamos juntos.

La rubia llora con ella, le roza vagamente el brazo y promete cocinarle algo para que se sienta mejor, como si la comida fuera garantía de felicidad. La rubia no cocina, en realidad no le gusta cocinar, baja a una confitería para traerle un par de tostados y café. Mientras tanto la chica de los zapatos rojos se tira en un sofá. Los teléfonos suenan sin parar, pero ella no los escucha, su mente no está clara, la boca del estómago le duele, sienten que sus costillas se le clavaron en los pulmones y tiene tanto moco en la naríz que el aire que pasa por su fosas es ínfimo, está contaminado de veneno.

Ahí, echada en el sillón de cuero reconoció: tuve rabia, tuve miedo, quería llorar a mis anchas mi dolor, quería vomitar la ira que me enfermó, quería poner frente a mí mis frustraciones y cuestionarlas, quería buscar la raíz de la mierda que se reprodujo en mi pecho y mi garganta, quería decir lo que callé, quería gritar por mi impotencia, por mi insatisfacción, por mi soberbia, por mi ira, por la lujuria que durante años permití que se apoderara de mi cuerpo, por la avaricia,la envidia, la gula. Quería enfrentarme a mí misma de una vez por todas y acabar con ese ser que me condenó y enfermó. No podías negarme esa libertad, no podías vivirlo por mí, este mi castigo y mi pena. Esta es una batalla mía.

La chica de los zapatos rojos sigue en shock, respira rápidamente, hiperventila, se tuercen sus manos. Necesita salir corriendo, encontrar asilo. Sí, hubo problemas; sí, no éramos perfectos; sí, discutíamos porque había que pintar el techo, porque teníamos modos diferentes de pensar, caminos diversos de llegar a un mismo objetivo, pero siempre hubo corazón. ¿Tan malo fue? Sólo necesitaba respirar que me dejara caminar a mi ritmo, que me dejara buscar mis propias respuestas, que estuviera tranquilo, eso, era tranquilidad lo que necesitábamos, no esta bomba atómica que destruyó todo.

Encogida en esa cama prestada lamenta su pérdida. Ahora que la chica de los zapatos rojos perdió el segundo comandate de su lucha hace todo por inercia, se siente intrusa en un espacio que no es suyo, en un hogar quebrado al medio, lleno de objetos y recuerdos y vacío de espíritu. Ella lucha por mantener el nido unido en medio de una tempestuosa oscuridad que amenaza con llevarse su alma, con devorarse su cuerpo entero, con dejarlo podrido tirado en el suelo. Mientras tanto ella pone su fe en la nubes esperando que el sol vuelva a ser cálido y no incandescente.





   

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