lunes, 7 de marzo de 2016

Diario de mi cáncer: Cambiar el chip


Miércoles 2 de Marzo, segundo día del mes y semana posterior a la primera quimioterapia que me dejó como un extractor de olores, de cama y con una depresión profunda por todo por el cáncer, por mí forma de ser, por las cosas que he hecho y que no, por afrontar una separación en medio de la enfermedad, porque sí y porque no. Lloré en todos lados, en el trabajo, mientras paseaba con mi mamá, en el parque, en el cine, cuando fui al baño del depto de unos amigos a los que fuimos a visitar, frente a la compu, en la cama, lloré, lloré y lloré como buena Magdalena y para seguir con la rutina, ese día me levanté llorando. No sé de dónde me salen tantas lágrimas.

Dos días antes, el domingo 28 de febrero, ante el desespero de mi mamá de verme tan triste y continuando con la ronda de sanación religiosa, decidí escribirle un mail a un cura de Ezpeleta (barrio del área metropolitana, muy lejos de Buenos Aires) de quien se dice que hace milagros. Le conté lo que me estaba pasando, básicamente  que tenía cáncer y que mi vida es un caos con mi familia y en mi casa. Dos días después (martes 1 de marzo) cae el mail en mi bandeja de entrada, el padre Adolfo Bertinelli me  había respondido; me mandó el evangelio de ese día (que hablaba del perdón) y me escribió un par de líneas cuestionándome ¿Y vos qué has hecho para perdonarlos?

Le conté a mi mamá acerca de la respuesta del padre y decidimos ir ese mismo miércoles (2 de marzo, el día en que me levanté llorando) a la misa de liberación. Después de tomar dos subtes, un tren y un colectivo llegamos a Ezpeleta, un barrio modesto y organizado del sudoeste del Gran Buenos Aires. La iglesia era pequeña, blanca y estaba cubierta por un techo de lata, como para que los inclementes sol y lluvia no la estropearan.

En la entrada había varios vendedores de santos, agua bendita y souvenirs. Al ingresar me quedé viendo a uno de los comerciantes y él también clavó la mirada en mí. Me parecía conocido, el hombre sólo me sonrió y nosotras seguimos derecho. Habíamos llegado una hora antes pero ya había algunas personas en el templo cantando y alabando a Dios con las manos. Nos sentamos y mi mamá me dijo que rezaramos el rosario. Recé mientras se me escurrían las lágrimas.

Antes de empezar la misa  Bertinelli sacó la custodia (la cruz donde se pone la ostia. Yo tampoco sabía el nombre, mi mamá me lo dijo) y comenzó a pegarle (literal) a la gente con la placa de metal como castigándolos. Yo veía que había quienes se caían de rodillas, otros quedaban sentados, algunos incluso se desmayaban en el piso. Nunca había visto una cosa así. Cuando nos llegó la hora mi mamá y yo, todavía incrédulas de aquel "show", nos resistimos a caer. El padre empezó a darle a mi mamá con la cruz hasta que sucumbió, a mí me tocó fuerte dos veces en la cabeza y me empezó a doler inexplicablemente y, por supuesto, me hizo llorar más. Luego de castigarme con su cruz el cura se quedó viéndome y me dijo: Perdona, Jesucristo es el Señor y me mostró el crucifijo que colgaba en el centro de la iglesia.

Durante la misa siguió hablando de perdón, al final el cura continuó imponiéndole manos a la gente. El caso que más me impresionó fue el de una mujer que estaba sentada en primera fila, al principio de la Eucarístía estaba muy feliz pues cuando el padre la tocó con la cruz se desvaneció, pero habiendo concluido la ceremonia la mujer corría por la iglesia evadiendo al padre, quien la perseguía y le gritaba: ¡Fuera demonio!

Terminó todo y yo seguía llorando más que nunca. Todo el viaje en colectivo lloré, llegamos a Quilmes, nos montamos al tren y seguía llorando, cambiamos al subte en la estación de Constitución y continuaba en la misma tónica. No sé qué me pasaba sólo lloraba y lloraba, pero era un llanto raro porque no se me hinchaban los ojos ni me ponía roja, sólo se me escurrían las lágrimas incontenible, inconsolable, atormentada y desesperadamente.

Llegamos a casa y continuaba llorando, en eso llamó mi tía Marta (mi segunda mamá) y le dije que no entendía qué me pasaba, que me había hecho mal haber ido allá, que me daba miedo seguir rezando porque era muy fuerte mí. ¡Que le tenía miedo a DIOS!

Y sí, había sido una experiencia tan magnánima que no podía soportarla, seguí llorando hasta que me quedé dormida. Al día siguiente me fui a trabajar, estaba perfecta, lúcida, más fuerte, tranquila. A las 2 de la tarde estaba en la clínica (uno de mis tantos trabajos) y le conté a Francisca, mi paraguaya favorita, lo ocurrido:

-Ale, no te vayas más a esos lugares, te está haciendo mal, vos no estás acostumbrada.

-Sí, Fran, creo que esto me supera.

Al final de la tarde y después de unos mates que compartí con mis compañeros algo me convenció que debía cambiar el chip, es decir, yo debía dejar de acusar a los demás y ponerme en sus zapatos. Sí, en el puesto de aquellos de quienes yo sentía o creía que me habían hecho daño.

Me tomó dos días, varias conversaciones y postradas de rodillas poder bajar la cabeza e iniciar este ciclo. Al primero que le escribí fue a Patricio. En realidad esta carta se la envié una semana después que dejó el departamento, creo que ese momento fue una premonición de lo que vendría. En ella van a leer un mensaje totalmente diferente a lo que he escrito, en estas líneas yo asumo mi parte de la culpa.

Patricio,

Sé que es tarde ahora, sé que de nada sirve, sé ya no crees nada, sé que diste mucho e hiciste demasiado y consideras que fue en vano, sé todo y comprendo todo.  Después de reflexionar, de estar retirada de todo, de darle un vistazo al panorama lo más imparcial que puedo quiero pedirte perdón.

Perdón por cada escena, por cada insulto, por cada palabra incoscientemente dicha, por los momentos fuera de mí, los momentos en los que no veía bien, en los que de modo egoísta te culpé, te herí, con mis palabras y mis actos. Perdón por no darme cuenta de lo mucho que me adorabas aunque no lo dijeras y no lo expresaras como yo quería. Ahora, comprendo que fui injusta, egoísta, dañina, venenosa. Desafortunadamente ahora cuando ya no estás y en este destierro que yo misma busqué comprendo que fuiste mucho, lo fuiste todo. Ahora es que me doy cuenta de mis errores, de mi falta de consideración, de mi resentimiento y odio desmedido cuando tu sólo querías ayudar y darme todo lo que estaba a tu alcance.

Perdón por juzgarte y por culparte de esta enfermedad que sólo la recibí por mis propias culpas, por mis desaciertos, por mi ira, por mi falta de comprensión para con los otros, y dentro de ellos otros tu.

Me siento culpable y terriblemente dolorida porque estás intranquilo, ansioso, triste, porque deambulas sin rumbo.Me siento impotente y sé que las palabras no bastan para reparar tanto daño, tanto empeño que le pusiste a esta pequeña familia que tuvimos y que desde el primer día te cargaste al hombro con tanto amor, a la que dedicaste cada minuto de tu existencia. Tienes razón, nunca fue suficiente para mí, siempre le presté atención al medio vaso sin llenar, fui injusta. No fui capaz de comprender lo que eres, lo que hacías.

Te culpé de mis errores y fui despiadada contigo aún cuando me llegó esta enfermedad no supe sostenerte, entender que a ti también te dolía, te afectaba y que hacías hasta lo imposible para que yo estuviera mejor. No lo supe ver y como una cobarde te desterré de mi vida.

Ahora que no me queda más que la tristeza de tu partida. Lo añoro todo, tus sonrisas, tus besos, tus silencios, tus enojos, tu rabia, tu olor, ese energía hermosa que mueve montañas, esa brutalidad y fortaleza con la que enfrentas la vida, esa vida que tantas veces ha sido tan injusta contigo, y yo, conociéndola como la conozco, tuve el atrevimiento de convertirme en una carga más, en una tachuela más.

Tengo y tendré tiempo de sobra para pagar esto, para llorarte, para amarte y extrañarte.

Me diste una gran lección que nunca olvidaré: que el amor es real, que el amor todo lo puede, pero que en su mismo nombre no es posible perderse.

Perdón.

Alejandra

También hubo mensajes para mis familiares, amigos y demás personas (no menos valiosas) que habían pasado por mi vida, a muchos a quienes amé y con quienes tenía una deuda pendiente.

No publico esta carta para convencer a nadie de que regrese, de que estoy arrepentida o para dar lástima, es simplemente una necesidad que me nace, una forma más de decirles a ustedes, quienes me leen, que reaccionen antes de que sea tarde.

A veces te consideras perfecta, intachable o la víctima de la situación, a veces crees que por estar enferma o en una situación difícil estás justificada de todo, cuando en realidad en un escenario como este, quienes están a tu alrededor también sufren y quieren ayudar; sin embargo, tu estás tan inmersa y atormentada por el padecimiento que no eres capaz de ver que los demás te quieren dar la mano y este socorro no es a tu modo sino de la forma que ellos consideran mejor.

Es necesario salir de la burbuja, dejar de lacerarse, ponerse en pie, sacar pecho y reconocer los errores propios. Dicen que la verdad nos hará libres, hoy puedo dar fe de que es cierto y aunque muchas de las personas a las que escribí no me respondieron los mensajes yo me siento mejor, un poco más tranquila, al menos tuve el coraje de reconocer, de sacarme este cáncer de la cabeza y asumir mis culpas. De a poco voy poniendo los pies sobre la tierra.

A Isa ya Fran, Gracias.

3 comentarios:

  1. Mi amor eso esta bien sacar desde dentro del alma las cosas que sentimos barrer todo aquello que algún día nos hizo mal. Princesa reconocer errores es de valientes de guerreros de almas y espíritus de Dios el que siempre esta contigo el que te acompaña, el que te ilumina, el que nunca nos falla, hermosa te amo y siempre estaré contigo

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  2. Y así comienzas por ti misma y no por otro tu propio exorsismo, poder y fuego renovador está creciendo en tú corazón, fuego que a veces duele pero que purifica.

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