sábado, 19 de marzo de 2016

Diario de mi cáncer: Yo soy...


Y un buen día, al estilo de Forrest Gump cuando dejó de llover mientras combatía en Vietnam, cesaron las lágrimas. No sé si se acabaron las reservas de agua salada en mi organismo o si simplemente cumplí con ese ciclo, creo que la opción más acertada es la segunda. Dejé de llorar y perdoné, lo que fue un gran alivio para mi corazón y mi alma. Ahora estoy mucho más fuerte y clara, ya era momento de pasar a otra etapa en la que, considero, debo amigarme y reconciliarme con alguien muy cercana pero a la vez lejana a mí, yo misma.

La segunda quimioterapia fue el  miércoles 9 de marzo. La noche anterior no pude dormir nada, daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, así que me levanté y me preparé un te con unas gotas de valeriana, de esas bebidas mágicas que te knockean. Me senté callada en la sala y le di play a un audio que me había enviado mi prima Mafe, quien a sus cortos veinti tantos tiene muy desarrollada su alma, herramienta indispensable para comprender y enfrentarse mejor al mundo, no como un desalmado combatiente que ataca a diestra y siniestra sino como un guerrero de luz, aquel que penetra lo más profundo de los seres, entiende y ama a sí mismo y a los demás.

En el archivo una chica muy joven hablaba acerca de la maternidad, pero no de la tradicional figura madre hijo sino de ésta entendida como la capacidad de salirse de la burbuja propia y ponerse en los zapatos de los demás, es decir, olvidarse un momento del dolor, la molestia, la ira, la rabia, la angustia o lo que sea que lo agobia a uno y fijarse en que el otro también tiene cargas. En pocas palabras, la chica decía: Mijo, deje el egoísmo y de victimizarse que usted no es el centro del mundo, aquí todos tenemos problemas. Con esta idea me fui a dormir. Pude hilar un par de sueños.

A las 7.30 sonó el despertador, tenía tanto sueño, pero era el segundo gran día, había que extraer más fuerza del tanque y levantarme. Al cabo de media hora estaba lista, incluso le hice el desayuno a mi mamá. Llegamos al Fleming y, tras los exámenes de rutina y el acostumbrado desayuno (del que ya no banco las media lunas, como a muchas otras cosas), me llegó la hora de la segunda quimio.

Casi a las 11, Antonio, un enfermero que por su tono, razgos y alegría de seguro es del norte argentino, me llamó:

- Señorita Vanegas, ¿cómo estamos hoy?

-Bien, menos nerviosa.

- Entonces nos va a ir mejor.

Esta vez había muchas mujeres practicándose el tratamiento, lo cual me hizo sentirme más tranquila y compenetrada con el lugar.Qué casualidad, un día después del día de la mujer y había sólo chicas. Pensé.

Me senté en mi trono de quimio y me estiré a mis anchas, lo hice una cama. Al cabo de unos minutos llegó Antonio con su carrito de curaciones.

- ¿Usted está comiendo bien, señorita?

-Sí, lo que "más" puedo.

- Se nota que se cuida mucho.

- Me cuido, pero tampoco tanto. Estos días, o mejor, meses, he tenido poco apetito.

- Bueno, va a tener que comer más, tiene las defensas muy bajas, por poco no podemos hacer el tratamiento. ¿Se ha puesto todos los medicamentos?

- ¿Los que cuestan lo mismo que un indulto por los pecados?

Carcajadas.

- Los mismos.

- Qué cara es la salud ¿ah? No, nadie me explicó sobre un tal Neutromax para las defensas, supongo que estoy así por la falta de ese medicamento.

- ¿No te dimos la charla introductoria?

- No, de hecho la doctora Vitriu (mi hematóloga de cabecera, la que sigue y dirige todo el proceso) me preguntó lo mismo, ni ella ni nadie me explicó lo de los medicamentos extra ni los cuidados que debo tener en casa. La primera quimio me deprimió mal.

- Te pido disculpas, seguramente se nos pasó. En un rato viene la doctora Constanza para hablarte sobre el proceso, la comida y demás, luego yo complementaré sus indicaciones.

- Pequeño error ¿no Antonio?  me pusiste a padecer la semana pasada.

- Perdoname. Sonrío y se puso la mano en el corazón.

- Y bueno, de las equivocaciones se aprende, no hay otro método más efectivo. Ya nos vamos acomodando y entendiendo todo esto.

 - Bien pensado, señorita.

- Tuviste suerte, Antonio, en otro momento hubiera usado las jeringas como dardos y tu serías el blanco.

- ¡Qué suerte, me salvé!

Luego de nuestra conversación vino el "pinchacito" en la teta con el posterior desfile de químicos por mi cuerpo.

¡Estás haciendo todo mal!

A pesar del sueño que producen los corticoides que me infiltran no pude dormir porque entró la médica a darme las indicaciones y para mi sorpresa todo lo que había hecho después de la primera quimio era erróneo. Comí comida cruda y todo debe ser cocido, me expuse a ambientes cerrados con gente (como el cine) posterior al tratamiento, tampoco me dieron las pastillas para controlar los síntomas secundarios al procedimiento como las náuseas, el dolor de cabeza y lo peor, los ataques de pánico que, por fortuna, no terminaron por enloquecerme.

 El sermón médico me hizo tranquilizarme.

- Esta vez no la voy a pasar tan mal.

Y así fue, emocionalmente estuve mejor. Cambié las lágrimas por oraciones, lecturas, mantras, meditación, música, música, música, conversaciones y chats con amigos y familiares. El punto de quiebre fue al segundo día de la quimio, si al hacer el tratamiento tenía las defensas bajas, ahora se arrastraban por el piso. El viernes no pude levantarme de la cama. Fue la primera vez en toda mi vida que noté debilidad en mi cuerpo, me percaté de sus límites.

En cama recordaba lo que había sido la rutina los dos años anteriores: tres trabajos, la casa, la universidad, el programa de radio, yoga, el running, la meditación, los viajes. Era demasiado pero eran las cosas que me gustaba y me gusta hacer. Ojalá pronto pueda acomodarme a todo esto y volver al ruedo, es sólo un momento de desintoxicación, de transformación, de soltar, de perdonar, de aprender a valorar y a amarme tal como soy, pensé.

Restaurando el templo

Muchas culturas y religiones, como la veda y algunas otras orientales, consideran al cuerpo como un templo, como algo divino porque dicen que hay un pedacito de Dios en cada uno de nosotros, entonces es necesario preservarlo como el regalo más preciado. Ahora que estoy enferma me doy cuenta que es cierto, el cuerpo es lo que te hace existir, el que te permite ser reconocido, movilizarte, relacionarte, distinguirte, es el ser en el mundo material.

Esta situación me ha hecho valorar la rutina deportiva y espiritual que tenía. Ahora las palabras de Akrura, mi profesor de yoga y monje del templo Vaishnava, ese sermón de todos los miércoles en el que repetía una y otra vez que la mente es el reflejo del cuerpo son claras y precisas. Mierda, qué cantidad de sentimientos asquerosos y odiosos me di el lujo de albergar, ahora a desintoxicarse, mija.

Soy de las fanáticas que se miran permanente al espejo, lo reconozco, antes de que empezara todo esto del cáncer lo hacía por una cuestión de vanidad, de ver qué tan caído tenía el culo, si los treinta y la gravedad ya había hecho efecto en mis tetas, si tenía la panza hinchada, de hecho contaba meticulosamente cuántos pocitos de celulitis tenía. Una banalidad infame.

Ahora lo sigo haciendo pero con una consciencia diferente, con una percepción un poquito más profunda. Cada semana me someto a que me pinchen los brazos y la teta, a que me examinen, tomo varios medicamentos y la verdad me parece increíble cómo reacciona mi organismo, cómo una sustancia que tiene como objetivo destruir, o mejor, reconvertir células malignas en benignas, tiene también la capacidad de hacerlo no sólo por una sola unidad sino por la complejidad de los tejidos y sistemas, e incluso puede llegar a conmover la mente y esta, a su vez, movilizar el espíritu a una metamorfósis.

Por estos días me paro frente al espejo, observo mis brazos y me percato de lo rápido que se reconstituye la piel después de un pinchazo, cómo un intruso como es el portacat (cateter donde me pasan la quimioterapia) lleva de modo tan perfecto los químicos que están curándome a cada zona.

Síndrome Samsa

Cuando me infiltran la quimioterapia me siento como Gregorio Samsa. Me acuesto en el sillón y al cabo de dos horas me convierto en un insecto, pero no soy una cucharacha desagradable, soy más bien una mariposa que hace un proceso invertido. Regresa a su estado de oruga y se encierra en su capullo y ahí encerrada comienzo a meditar, a purgar y transformarme.  

Acostada en cama y toda cubierta por una seda me imagino que hay una batalla dentro de mí. Entran los soldaditos Adriamicina, Bleomicina, Vinblastina y Dacarbacina mejor conocidos como (ABVD), acompañados de otros guerreros divinos a quienes les he confiado esta valiosa misión de curarme. Todos van armados, no de pistolas o espadas sino de luz, van directo a atacar la porquería que está ubicada cerca del corazón y la garganta (qué ironía, justo ahí); desatan una guerra en la que, gracias a los rezos y buenos deseos de la gente que me quiere, han ido acabando con ese ejército negro.

Creo que si uno ama, protege, respeta y es consciente su salud, de este organismo tan maravilloso pero a la vez tan limitado, puede trabajar el primer nivel y más importante, el espiritual, pero para llegar a éste, es necesario reconocerse y aceptarse con luz y sombras.

Confesión

Hola, soy Alejandra Vanegas Cabrera. Nací el 1 de noviembre de 1983 en Cúcuta (Colombia) una ciudad a 10 kilómetros de la frontera nororiental con Venezuela; allí crecí y viví hasta los 16 años. Fui una niña bastante consentida, la primogénita en las dos familias, nunca me faltaron los regalos, el amor y por fortuna, el dinero. Mi papá y mi mamá eran muy jóvenes cuando me tuvieron, tenían veinte y monedas cuando nací.

Para ellos fue todo un desafío formar esta incipiente familia, eran unos chicos todavía, aún así le pusieron todo el empeño. Mi mamá era empleada del Banco de la República (institución emisora de régimen mixto) y estaba cursando una carrera técnica de administración. Mi papá era estudiante de administración de empresas, pero a los meses de haber nacido yo, tuvo que dejar el aula y salir a vender seguros, un mercado poco prometedor en aquella época pues el bolívar (moneda venezolana) se había desplomado situación que ocasionó que los comerciantes cucuteños entraran en crisis económica.

A pleno sol de treinta y pico de grados Julián, mi papá, salía todos los días a vender esas todavía enigmáticas pólizas que aseguraban el futuro de quienes las adquirían. Cuenta Trina, mi mamá, que a veces era tanto lo que caminaba que sus zapatos se rompían, aún así seguía constante, se levantaba una y otra vez antes de que algo le faltara a su recién nacida princesa.

Pasaron los años y de una habitación nos fuimos a una casa donde mi abuela paterna Isabelita tenía su laboratorio. Medio predio estaba dedicado a la prestar servicios de salud bacteriólogica y el otro medio lo habitaba nuestra  creciente familia, mi mamá quedó embarazada de Isa, mi hermana.

A los pocos años dejamos el laboratorio, la pujante empresa de mi papá ya dio para comprar una casa, luego un departamento en uno de las zonas más cotizadas de Cúcuta. Mi hermana y yo entramos a estudiar a uno de los colegios católicos más caros de la ciudad, crecimos entre clases de música, inglés, viajes, arte, fiestas, fue una infancia bienaventurada gracias a los sacrificios de mis padres.

Mi familia es muy católica, no radical, más bien de esas que sagradamente va a misa los fines de semana. Tampoco faltaba nunca al almuerzo dominical de uno de los clubs sociales más prestigiosos de la ciudad. Isa y yo íbamos vestidas como princesas a la misa y al club. Así como era sagrada la misa y el banquete, eran sacros los comentarios entre las mesas, que luego se comentaban en las oficinas y posteriormente el viento los llevaba a cada rincón de la ciudad. Pueblo chico infierno grande, nadie se escapaba de ser presa.

Siempre traté de estar alejada de ese endiosamiento del chisme, de la banalidad, de la estructura de las reglas sociales. Las rompí una y otra vez cuando fui adolescente. Siempre pensé que la vida era mucho más que sentarme con un vestido caro y cara de poker en una mesa frente a un plato que ni la mitad de la ciudad podía pronunciar (o comprar) por ser su nombre extranjero; detestaba además esa hipocresía, la frivolidad. En cambio valoraba y continúa encantándome la sinceridad, la espontaneidad, la nobleza  y lo colorido de lo popular, de la gente humilde.

Me negué a la idea de una fiesta de quince, lo veía como un gasto innecesario y ridículo. La moda era entonces irse a estudiar a otro país, ante mi rebeldía y un amor frenético con un chico mis papás eligieron mandarme de intercambio antes de terminar el colegio, yo en respuesta elegí el país más lejano y más raro. Así fue como un 24 de agosto del 2000 viajé a Budapest, donde viví un año y conocí el frenesí de la libertad, viajé sin visa por varios países con un par de amigas, estudié, me enamoré, en Florencia fui a la final de la liga Italiana de fútbol sin entender un bledo de ese deporte, en Viena vi a Alanis Morrissette, recorrí Hungría de norte a sur, de oriente a occidente, comí hasta reventar, amé a mi host familiy, las hice parte de mi historia y de cuerpo años más tarde con un tatuaje que dice: Álmodj, bízz, szeress (Sueña, confía, ama).

Llegué a Colombia y ya tenía que elegir una carrera, no seleccioné la que yo prefería sino intenté seguir la tradición familiar, el derecho. Entré a la mejor facultad de derecho de Colombia, estudié dos años y llegué a odiarlo tanto que entré en pánico y claudiqué con más del 60% de las materias desaprobadas. Mis papás, que estaban separados por aquella época, me castigaron por un año que pasé al lado de mi mamá y de mi tía Lala en una casa en las afueras de Cúcuta, fue un retiro, uno de tipo festivo. Cada domingo de ese 2004 mi papá me buscaba en su moto para desafiar la velocidad en las curvas de las carreteras de la cordillera. Elixir divino de ese exilio.

En 2005 llegué de nuevo a Bogotá y desafié a mi papá (quien odiaba a los periodistas) e inicié comunicación social y periodismo en la misma universidad, la de los masones, el Externado. En menos de lo que pensé se pasó la carrera y cuando me di cuenta ya estaba trabajando en la redacción del diario más importante de Colombia El Tiempo, luego pasé a El Espectador, hermano mayor y rebelde, estaba en mi salsa. Amé a ese diario al punto de darle mis días, mis noches y madrugadas. Viajé, escribí, investigué, me disfruté la vida profesional como nada. En 2012, decidí extender las alas y saltar al vacío, vine a Argentina llamada por el corazón. Acá estoy amándola y pidiéndole cada día que me trate suavemente, pero de eso nadie aprende, me caigo y me paro, vuelvo y caigo y me vuelvo a levantar y seguiré levantando cuantas veces sea necesario, "porque ya no camino, vuelo".

Así soy, un ser con sobras y luz, una mujer dulce que se derrite en los brazos de quien la ama, apasionada por el trabajo, paciente pero con carácter, incisiva, inquisitiva, cálida hasta que quema, una explosión de sentimientos (lloro, río y me enojo, todo en un mismo día o incluso en una misma hora), perseverante ante sus metas, incansable, inquieta, arriesgada al punto de dejarlo todo por cumplir sus sueños, tan sincera al punto de ser imprudente. Adoro la buena compañía, una conversación perspicaz, una bebida exquisita, una melodía que me haga vibrar y un amor agudo que me seduzca hasta perder la cabeza.







2 comentarios:

  1. Ayyy Jebus cojase mundo que viene elnñ moquito ultra recargado, me gustaría tenerte al lado y darte un apretón hasta fastidiarte, besos a roxi la bitch que me sumergió en el intrigante pero muy agradable mundo de los gatos.

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