sábado, 16 de mayo de 2015

El inclemente tiempo y la Magdalena errante

Nikita Kauns (Yuxtapoz Magazine)

El tiempo no tiene misericordia. El reloj corre como un despiadado, como un loco asustado y se lleva consigo minutos valiosos, segundos preciados. Recuerdo que cuando era niña y vivía en Cúcuta me parecía que el tiempo no transcurría rápido. Todo pasaba como en cámara lenta. Los momentos eran más largos, las clases en el colegio eran interminables, las tardes en casa de mi abuela esperando a que mi mamá y mi papá salieran del trabajo parecían un día entero.

Ante esa calma yo vivía ansiosa, tratando de llenar mi tiempo. Me inventaba juegos para quemar las horas. Por ejemplo, a veces me armaba un escritorio, juntaba las mesas de mi casa, juntaba papeles y una caja (a la que le pintaba letras para que se pareciera a una máquina de escribir) y jugaba a la escritora. Cuando miraba el reloj blanco de plástico recargado de detalles (que todavía existe y funciona perfectamente) no había pasado más de media hora. "Todavía falta para que pasen por mí", pensaba.

No sé cuál era la ansiedad porque se fueran los minutos, pero siempre estaba angustiada por llenar las horas con alguna actividad . Hoy las cosas son diferentes. Ya no tengo que inventar actividades, al contrario, tengo tantas cosas qué hacer que siento que el tiempo no alcanza. Y frente a eso protesto.

La protestadera

Me quejo porque estoy haciendo todo a las apuradas, porque quedarme veinte minutos más en la cama viendo un capítulo de Friends significa no poder adelantar la nota para el diario o hacer una gacetilla para la empresa de tecnología en la que hago las comunicaciones o, al menos, se me reducen los minutos para llamar a la chica de marketing que nunca me pasa a tiempo la info para armar el comunicado.

El mes pasado empezó una nueva etapa en mi vida que desde hace meses estaba esperando: El momento pegar de vuelta el salto al mundo académico de los estudios superiores. Inicié mi tercer posgrado y, por ahora, el más importante: una maestría en periodismo.

Con esta oportunidad no sólo pretendo abrirme camino en las redacciones argentinas sino también es una prueba, un regresar, un bajar de la montaña (en la que estuve aislada y ensimismada hurgando en mi interior a ver qué debía cambiar o afianzar) para enfrentarme de nuevo al mundo como una persona nueva. Y adivinen qué: ¡Ha sido un desastre!

¿Por qué mi regreso ha sido un caos? porque no puedo con todo y me siento desbordada, abrumada, histérica. No puedo disfrutar nada. Siempre estoy mirando el reloj a ver cuánto tiempo me queda para leer unas fotocopias de la facultad, para redactar una nota, para hacer una llamada, para mandar un correo, para limpiar mi casa, para bañarme, para irme a yoga, para cocinar, para compartir con mi novio, para hablar con mi mamá por Skype.

El día del apocalipsis

Hace unos días todo colapsó.  Me peleé con mi novio (quien, con toda razón, estaba harto de mi inconformismo e histeria), salí sin plata de casa y ningún cajero a la redonda servía como para sacar unos pesos, llegué tarde a mi terapeuta y tuve que pagar como si hubiera hecho toda la sesión, hice esperar un montón a un compañero de la facultad que me iba a entregar unas copias, después me regañó mi jefa por llegar tarde al trabajo y todo así.

En un momento me encontré corriendo y llorando desesperada detrás de un colectivo, cuyo conductor no tuvo piedad. Finalmente opté por tomarme un taxi .

Lloré en el terapeuta, lloré en el taxi, lloré cuando vi a mi compañero, también lo hice post reto de mi jefa. Lloré, lloré y lloré en todos lados y a toda hora, tal Magdalena errante.

Terminé con la cara deformada, hinchada y roja de tantas lágrimas por la frustración que me producía la incapacidad de sobrellevar todo y disfrutarlo, siendo que son todas cosas que me gusta hacer.

Creo que mi intento de querer devorar el mundo de un bocado fue fallido. "Ser multifacética no es lo tuyo, Aleja"- me dije frente al espejo del baño de mi trabajo mientras contemplaba dos lágrimas que se derramaban por mi rostro.

Me sentía derrotada, enclenque, desahuciada, incapaz. No tenía ganas de hablar con nadie, ni que nadie me viera.

Cuando salí del trabajo pasé por mi casa, me cambié y con las últimas fuerzas me fui a mi clase de yoga. Creo que no había sido un buen día para ninguno de mis compañeros, pues cuando el yogui nos preguntó cómo estábamos todos respondimos con una queja. Al final de la interpelación dijo: "qué bueno que están aquí".

El yoga de la vida

A principio de la clase (como en cualquier rito de tipo espiritual) se ofrece algo (una situación, una persona, un sentimiento, una frustración) a la práctica. Y bueno, yo tenía muchos motivos que, tras reflexionar, reduje a uno solo: La imposibilidad de aceptar la realidad tal como es.

Asana tras asana fueron pasando varias imágenes del día por mi cabeza: yo llorando, yo corriendo de parada en parada del autobus, yo viendo el reloj, yo llamando a mis amigos para quejarme del día de porquería que tenía, yo culpando a mi novio, yo negándome, yo resistiéndome, yo histérica, yo frustrada.

"Montaña. Respiren tres veces. Tabla, tomen aire. Cobra, aspiren. Montaña, respiren tres veces. Salto. Padahastasanam (Tocamos los dedos de los pies), aspiren. Pranamasanam ( parados con las manos en el pecho), suelten el aire. Hasta Utiasanam (doblados hacia atrás con los brazos estirados y manos juntas), aspiren.

Cada elongación, cada dolor, cada respiración, cada repetición, el cansancio, el calor y la agitación me iba haciendo entender poco a poco: la vida es como una clase de yoga, hay momentos en los que duele, hay momentos en los que somos más flexibles, hay momentos en que nos resistimos, nos sentimos, exhaustos, agobiados, pensamos en que no vamos a poder llegar, continuar, aguantar, soportar, llevar la carga.

Sin embargo, siempre hay un no sé qué que nos anima a continuar, a luchar, a resistir un segundo más, que nos guía a un destino predeterminado, necesario, no casual, donde encontraremos la respuesta, veremos todo más claro y nos daremos cuenta de que esto es una carrera imprescindible, que no se puede postergar y que cada vez va a tener más obstáculos, más pruebas, hasta que al fin llegue el merecido descanso, la recompensa.

No hay pago sin trabajo, no hay gratificación que no exija esfuerzo, así que no queda otra que disfrutar lo poco o mucho que se tiene, porque de todo y de todos se aprende, el pasado no va a regresar y el futuro está por construirse . Esta vida es sólo una y no sabemos cuándo ni cómo va a terminar. Así que hay que aprovecharla y sacarle el jugo (una enseñanza) a cada instante.

lunes, 6 de abril de 2015

Lo que el viento se llevó, lo trajo de nuevo y lo transformó

Candice Tripp- Yxtapoz Mag.
-¿Me escuchas? Dime ¿Me oyes?

Escucho mi voz, pero no es la misma de ahora, es más aguda, minúscula, como cuando era niña. Miro mis brazos y y son más pequeños, pero reconozco que son  míos porque el derecho tiene marcados la tierra y la luna (un par de lunares que tengo y a los que me gusta llamar así). Siento las mejillas calientes. De pronto, brotan un par de lágrimas de mis ojos, las dos al tiempo; son como una cascada, se derrama sin parar, enjuagan mi rostro, lo queman, lo hacen arder. Me cuesta respirar, mi nariz está tan tapada por los mocos que casi no pasa el aire.

Cuando termino de reconocer mi cuerpo me pregunto: ¿a quién le hablé? Aparece Él frente a mí. Es tan extraño pero tan cercano, tan bello, pero tan serio. Brilla, destella una luz blanca, penetrante, deslumbrante, translúcida, pura. Mi corazón reboza de alegría.

-Tanto tiempo.

Él sólo brilla, brilla y sonríe. No musita palabra.

Me duele el pecho, me miro y me percato de que una luz roja, incandescente, titila entre mis pulmones. Parece que el dolor hubiera cobrado un tono perceptible a mis ojos para alertarme de su presencia. Vuelvo la mirada hacia él.

-Nadie entiende, nadie escucha de verdad.

Él sólo brilla, brilla y sonríe. Luego toma mi mano y siento la suya tan real, tan cálida, tan fuerte. Su piel es lisa, perfecta y morena. Lo agarro impetuosa, como si se me fuera a escapar, como si no quisiera dejarlo ir. Su calidez me trasmite paz.

-"No me sueltes, me siento sola, sola y confundida".

Él sólo brilla, brilla y sonríe. Dirijo mi mirada hacia su cabellera. Cada hebra de pelo es larga, se nota que es sedosa, deslumbrante, libre. Flota, flota en un aura blanca casi transparente.

 - No sé qué hacer. Estoy encadenada.

Bajo la cabeza arrepentida, inmediatamente mis ojos secretan más lágrimas. Él aprieta mi mano como pidiéndome que vuelva la mirada arriba, a sus ojos . El corazón quiere salirse de mi pecho.

Él sólo brilla, brilla y sonríe.

Dirijo la mirada a sus ojos, los veo profundos y negros, puedo divisar el universo entero en ellos. Pasan cometas y estrellas fugaces. Los planetas están suspendidos en un aura oscura, hay polvo fulguroso y, más al fondo, se divisan diversas galaxias de color rosa, amarillo, azul, violeta, rojo.

Esa visión infinita, extensa y sublime me tranquiliza, me transporta a ese lugar perenne. Allí me quedo suspendida en el tiempo y el espacio. No escucho nada, todo es calma. Serenidad.

Paz. Sociego. Quietud. Claridad.

De repente, un sonido estrepitoso me saca abruptamente de mi ensoñación. Regreso al mundo real: Mi vecina hace sonar de manera escandalosa y vulgar sus tacos contra el piso. Ta ta ta ta ta ta ta ta ta. Va a la cocina, otros diez ta, regresa a la habitación. De nuevo, ta ta ta ta ta ta ta, da vueltas en el cuarto. Doce ta, va hasta la puerta, abre y llama el ascensor. Veinte ta, regresa a la pieza. "Seguro algo se le quedó", pienso.  Después, otros no sé cuantos más ta. " no sé qué hace".Un portazo me advierte su salida final.

Mientras pasa todo el alboroto de aquella ecuatoriana desordenada y desaliñada (lo sé porque más de una vez he tenido que cruzármela en el ascesor. Incluso he ido a su departamento para pedirle que no se exceda en decibeles y de paso recordarle que vive en sociedad),  me doy cuenta que tengo las manos apretadas, como si  de verdad hubiera estado agarrando a alguien. También huele a flores, a jazmines, violetas y lavanda, todo junto. El aroma colma la habitación. Pego un brinco de la cama y salgo a buscar algo o alguien, Estoy agitada. Me asomo al living, lo reviso de punta a punta y no hay nadie. El olor permanece. Me cercioro de que en una luz entra a la cocina, corro tras ella y desaparece, vuelvo al living y luego a la habitación. Me siento en la cama con el corazón latiendo a mil, desconcertada, cansada.

Me tiro unos minutos para pensar en lo que acabo de soñar. ¿lo soñé o lo viví? me pregunto como una tonta, porque para vivirlo debes tener lo ojos abiertos y estar en este tiempo y espacio terrenal. No sé si tenía los ojos abiertos, es más, no estaba aquí, pero era tan real, tan vívido: Él, mis sentimientos, las lágrimas, el resplandor y ahora ese olor.

"¿Tu hueles eso también?" le digo a Roxy (mi gata) que está sentada con cara de dormida en una esquina de la cama. Ni "miau" dice, sólo permanece con cara de culo, de "me despertaste".

Me sentía cansada, muerta. Era miércoles y el fin de semana anterior habíamos estado de viaje con mi pareja. Fue un viaje corto, de trabajo y familia más que de placer. Sin embargo, esta breve travesía que cerró un ciclo. Se trató de un fragmento de tiempo que me hizo dar cuenta de que la anterior yo no puede coexistir con la nueva yo, pues esa vieja yo es egoísta y limitada, por tanto, no congenio más con ella. Por otra parte, la nueva yo, ya abrió las alas para levantar vuelo.

Las dos YO

En días pasados me sentía abrumada por un ciclo de visitas familiares que se extendió por tres meses. Casi cada semana recibíamos en casa a alguien: mi papá, mi hermana, su hermana, su mamá, su primo, la esposa de su primo y así. Fue lindo, no lo puedo negar, pero te das cuenta también de que las relaciones no son las mismas; ahora se han transformado y por la distancia se te ha olvidado un poco lo que es ser hermana/o,  hija/o y familiar.

En esos días que ellos estuvieron, los horarios ya no eran los míos, tuve que ajustarlos a los de ellos, a sus necesidades. También me encontré con que muchas de tus perspectivas divergen con las de ellos. Es como si dos mundos que un día fueron uno se reencontraran de nuevo y comenzaran a buscar una nueva forma de relacionarse.

Ahora soy diferente: independiente, disfruto de mi soledad y privacidad.

Esa presencia familiar también logró otro efecto: Mis más profundas raíces se retorcieron, es decir, los cimientos de lo que fui sufrieron un exabrupto y quedé como desnuda a la intemperie con defectos y virtudes.

Cada situación que compartía con ellos me hacía quitarme una prenda y a reconocer valores que quizá estuvieron ocultos o perdidos en otra dimensión de mi ser: hablar hasta por los codos me hizo libre; recordar cientos de anécdotas con lágrimas de alegría ( y otras de nostalgia, por supuesto, porque soy una llorona empedernida) me aliviaron la carga; comer y cocinar como nunca me recordó lo que es el servicio, correr para cumplir con mi trabajo me enseñó acerca de la responsabilidad y la constancia; vivir con dolor de espalda y tener una sonrisa para ellos me aleccionó sobre la paciencia; compartir mi espacio y mi novio evocó la bondad, fraccionar mi corazón para darle algo de amor a todos me mostró que siempre se puede dar más.

Pronto me olvidé de mi soledad, de mi egoísmo. El hecho de transformar mil veces el futón de la sala en una cama me instruyó acerca de la persistencia. Y al final, cuando armaron sus maletas y se fueron lloré al verlos partir.

Lloré vi la necesidad de que esa "otra yo" se fuera. Esa que está acostumbrada a ser el centro de atención, esa que patalea porque ante un clóset lleno de ropa no sabe qué usar para salir al supermercado, esa que no es capaz de entender que el otro es otro justamente porque tiene un punto de vista diferente, un sentir distinto, una realidad divergente que le otorgó una manera de actuar, expresarse y de dar lejana a la mía.

Soltar esa otra yo no es ni ha sido un proceso fácil. Llevo cuatro años dándome cuenta que hay mucho que no está bien en mí y enfrentarme a una soledad consciente fue lo que me permitió darme cuenta de ello. Haber identificado el problema fue el primer y más largo paso porque no sólo me resistí física y mentalmente sino porque traté de justificar mis errores y en ese camino herí a muchos y me saboteé yo misma en repetidas ocasiones.

Ahora estoy tratado vehementemente de deshacerme de esa yo maligna. Para ello debo mantenerme consciente, sobria, debo ser muy cautelosa para identificar cuándo estoy siendo víctima de la otra yo y suicido a la yo esencial, esa yo que puede volar y mantenerse suspendida junto con las estrellas.

Cuando llega ese malestar me digo: "Qué limitada soy (porque  me encanta hablarme, retarme, regañarme y reflexionar en voz alta).Estoy aquí haciéndome lío por una foto, por un pago, por si el otro hace o no, por un trabajo, por unos dólares, por una medicación, por si me dicen la verdad o me vienen con mentiras como si no hubiera nada más que este mundo, que este cuerpo, que estas cuatro paredes en las que vivo".

Si hay algo que he aprendido en estos cuatro años y medio de búsqueda es que la vida va mucho más allá que una casa, un auto, la ropa, sumar títulos o lo que los otros hagan, nada de eso te hace feliz si adentro estamos vacíos, si no hay servicio, si no hay amor, si no hay pureza, verdad, honestidad y algo de magia, si no desarrollamos ese yo esencial que crea, que sueña, que construye, que reemplaza lo negativo por pensamientos bellos para creces hasta llegar más allá de las nubes.

sábado, 14 de marzo de 2015

Fea y miserable

Lauren Marx's - Atrofhying Animal Universe. Yuxtapoz Magazine.
Es un día común. No pasaba nada extraordinario, por lo menos no hasta medio día, momento en el que normalmente me visto para ir al trabajo después de una larga mañana de meditar, correr ( si es el día de ejercicio); limpiar mi casa (eso ocurre todos los días porque soy una maniática de la limpieza, sin embargo no gano lo suficiente para pagar una empleada que me ayude); trabajar (soy freelance, por lo tanto debo tener más de un empleo); ver noticias, Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest y todas esas aplicaciones que le quitan tiempo a uno pero que es necesario usar, de otra manera, no se es de este mundo y se complica tener un tema de conversación decente con el entorno. Ah, y por supuesto, sentarme frente a una hoja en blanco para llenarla con algunos pensamientos, ideas, quejas, lo que salga.

Tres cosas cambiaron mi normalidad este día. Una fue la picadura de un mosquito podrido en una pierna que me causó una herida que supuró todo el tiempo un desagradable líquido amarillo obligándome a limpiarla cada rato (un asco). La segunda fue que no encontré mis tradicionales polvos (de maquillaje, aclaro porque la palabra es usada en la jerga popular para designar otro tipo de sustancias, viscosas para ser más exacta). La tercera y más grave de todas es que mi jefa regresó después de una estancia de un mes en Estados Unidos, por supuesto llegó a inspeccionar el trabajo que desempeñamos sus únicas y exclusivas tres esclavas permanentes.

Las primeras dos situaciones aunque simples y cotidianas fueron suficientes para hacerme sentir un espanto a nivel físico, es decir me veía fea en el espejo, en las vidrieras que encontré camino al parque, en cualquier objeto que tuviera un reflejo lucía pavorosa.

Pensé en varias razones para explicar mi estado: No había descansado bien estos días pensando y llevando cabo el incansable e ingrato "gran proyecto" de cumplir mis objetivos propuestos para el 2015 (entre los que están encontrar un trabajo estable acorde con mi carrera, que amo, sépanlo, la amo porque me hace feliz sentir esa adrenalina de plasmar una genialidad o estupidez en el papel que deba quedar perfecta a pesar de escribirla a contrarreloj;  iniciar una maestría y la última y más importante: dejar de ser tan pendeja, inmadura, impaciente, loca y empezar a ser adulta de una vez por todas).

Puede que el hecho de decir "me siento fea" suene rídiculo (más para los hombres) pero es una cosa verídica, hay días en que nosotras no nos sentimos igual. Vernos al espejo es un drama porque uno se ve gordo, desproporcionado, algo así como la versión femenina de Quasimodo. De hecho Fiona, la novia de Shrek, es Miss Universo a nuestro lado.

La que está en el cristal es la misma, sin embargo, hay algo que no cuadra, que está deforme, fuera de lugar, como con una manchita negra sobre la foto, una porquería que te percude la cara y nada de lo que hagas te hace lucir bien; ni siquiera un kilo de maquillaje (ojo, eso lo disimula un poco pero adentro sigue existiendo ese ser hediondo).

Cuando me vestí cambié tres veces de vestido. Intenté ponerme un pantalón pero fue más frustrante porque aquí en mí casa tenía el aire acondicionado a toda marcha y el clima estaba perfecto, pero afuera era un infierno, el termómetro de Clarín me avisaba que hacía 30 grados, me dio por acercarme a la ventana y tenía baho; después me asomé y entró una oleada húmeda y pegajosa de calor, no, miento, era peor,  como la versión maligna y diabólica del calor. Entonces descartado pantalón.

Me dirigí de nuevo al espejo y aparece otra vez la tía gorda de Gasparín. Me digo: "Hello, disaster girl". Miro la hora y me vuelvo a ver mientras afirmo (en la mente, porque si digo que hablo sola me tildan de loca): "Ay Dios, voy a llegar tarde y si me demoro un segundo puedo caer en la horca, literal. Ya amenazó a Francisca, yo no puedo caer entre su círculo de empleadas más odiadas. No puedo ascender del tercer puesto al primero".

Para complicar más la escena mi imperfecto y angustiado ser evoca que en la noche se va a reunir con una persona que le va a dar su posible siguiente tema para escribir en el diario, de manera que debo ir más decente aún. De pronto llega una revelación muy tarada que me perturba en mayor medida, se trata de aquellas palabras de Mirta Legrand (una diva argentina de muy muy avanzada edad): "Como te ven te tratan. si te ven mal te maltratan". Pienso: "es increíble que me deje afectar por los dichos de esta vieja".

Parada en medio de un melodrama que yo misma había creado y estaba protanigonizando tan bien (tanto que habría podido ganarme un Óscar de lo trágica y desaforada que estaba siendo), una vocecilla minúscula decía a lo lejos "Esto es lo que hay, respira hondo y sigue". Algo se activó, le di un click a un botón borroso que se escondía en lo más profundo de mi cerebro y en cuestión de instantes me vestí, saqué la tarta que tenía calentando en el horno y me senté a hablar un rato por Skype con mi mamá.

Le conté a la viejis (así le digo) lo que me pasaba, y ella, tan amorosa como siempre, me aseguró que me veía como una princesa y yo, sintiéndome como Celia Cruz con esos polvos oscuros que había comprado por equivocación, le agradecí, pero pensaba para mis adentros "Ella nunca me va a decir que estoy fea, es mi mamá".

Proseguí con mi faena matutina, fea y todo me enfrenté a la calle. Parecía que todo confluyó para desmentir mi sensanción de horrorosidad. Uno: a la salida me encontré con unos albañiles que arreglaban la acera (verada) quienes, por supuesto, como buen albañil me piroperon. Dos: me monté al colectivo y el conductor no me cobró $3.25 sino $0.05 (eso, en el lenguaje de colectivero significa que eres bonita). Tres: a mi lado se sentó una señora muy pero muy gordita y, me da pena decirlo, pero parecía un tipo. Pensé: "tan fatal no soy".

A lo largo de la tarde otras cosas pasaron, cosas que hicieron que la percepción se diluyera. Por ejemplo: mi jefa me jodió tanto que mi malestar se transformó en fastidio por ella y contra ella. Otra cosa: la persona con la que me encontré en la noche me tiró un datazo que me encantaría investigar.

Me voy a atrever a decir que lo que me ocurría era algo interior, sí, tenía una incomodidad que se fue revelando de a poco y cuando la saqué a flote, lloré e hice mi catársis en esta hoja todo fue claro: lo que te ocurra a nivel profundo se va a reflejar en tu exterior. Expusarlo, vomitarlo, desterrarlo es la mejor forma de tornar la infelicidad en paz, puede que nada cambie, pero al menos estas siendo honesta y sincera contigo y de eso depende tu tranquilidad y la alegría. He dicho.


jueves, 5 de marzo de 2015

feminidad a flor de piel




Despierto. Hiede a hastío, me fastidia el hecho de tener que levantarme. Detecto que algo no anda bien dentro de mí. Intranquilidad. Somnolencia. Recuerdo una pesadilla, una especie de león deformado me perseguía. Me levanto de la cama y como por ósmosis voy hasta la cocina a poner la tetera para calentar el agua.

En el camino, miles de ideas se estrellan entre sí como los carritos chocones de la ciudad de hierro (parque de diversiones errante). "¿Qué me molesta?" no encuentro respuesta. Continúan atiborrándose los pensamientos en mi mente: El trabajo, todavía no encuentro uno que me haga feliz; yo, mi incapacidad de disfrutar las cosas tal como están;  mi familia: mi papá que no sale de su ensimismamiento, mi abuela a quien se la está tragando un cáncer. "Cállense", les digo, es lo que hay. Canto un mantra. "Hare Krishna, hare Krishna, Krishna, Krishna, hare, hare, hare Rama, hare Rama, Rama, Rama, hare, hare."

Él me ve mi cara de culo. No dice nada. Me hace un sonido insoportable con la boca, me molesta. Insiste, insiste, insiste. Al final me saca una sonrisa. Pienso: Esas salidas me enamoran más, maldito. Desayunamos.

Tiro una genialidad de esas que nadie quiere oír a esa hora:

- ¿Qué mierdas debo hacer para conseguir un trabajo como la gente en periodismo en esta ciudad? Él se siente aludido. Se va.

Me quedo sola con esa vorágine de insatisfacción en mi cabeza. ¿Qué me pasa?. No hay respuesta en esa nube colmada, negra y lluviosa que está en mi cerebro.

Prendo un incienso de lavanda a ver si me relajo un poco. Enciendo la lamparita de la virgen de Guadalupe versión cómic que me regaló mi abuela, la que está enferma. Me acuerdo que la última vez que hablé con ella me dijo que no se sentía bien. "Se le está apagando la vida", pienso. Me enojo más.

Canto otra vez el  Hare Krishna mientras paseo por mi casa con el incienso. Por un momento todo se aclara. Paz.

Abro una flor de loto que tengo sobre la mesita de centro, esa que me regaló una amiga que estuvo en Tailandia el año pasado. Concibo que algún día debería convertirme en monje, algún tipo de monje asiático y recluirme en un templo a meditar el resto de mi existencia. Sé que lo haré, al final de mis días, cuando ya me haya redimido un poco y haya hecho mucho en este mundo banal, lo haré.

Durante la meditación no pude concentrarme. Cambié tres veces la música, vino la gata a interrumpirme: quería apropiarse de mi regazo, robarse un poco de mi paz. "Chite, Roxy". Después me dolía la espalda, me picaba la nariz. "Ayuda, ayuda con esta sinsazón de mierda, por favor. Por qué me siento perdida, desahuciada, histérica, sin cordura ".

Respiro profunda y lentamente. Me extremece un escalofrío.

-¿Dios?.

Agarro el Bhagavat Gita. Canto: Om namo bhagavate vasudevaya (mantra que pide protección y sabiduría divina a través de las escrituras). Leo en voz alta porque así lo veo, lo escucho y lo repito como para que nunca se me olvide: Capítulo 2. Así nacen el apega, la lujuria y la ira. Verso 71: "Solamente puede alcanzar la paz verdadera una persona que ha renunciado a todos los deseos por la complacencia de los sentidos, que vive libre de deseos, que ha renunciado a todo sentido de propiedad y que está desprovista del ego falso".

Quedo atónita. "Estoy jodida".

En mi cabecita una voz dice: "Si deseo, me apego, si me apego me conquista la lujuria, si me conquista la lujuria deliro hasta encontrar lo que quiero, si no lo obtengo pronto me da ira porque no quiero perderlo. Entonces, no debo desear." Suspiro. "Qué difícil".

Después se me complica todo aún más cuando leo la Biblia. Cartas de Pablo a los Romanos: "Ten presente la bondad y la severidad de Dios: severidad para con los caídos y bondad para contigo, con tal que permanezcas en esa bondad, pues de lo contrario tu también serás cortado".

Otra vez la vocecita: "entonces no puedo cometer ningún error, es decir, no puedo desear, apegarme y mucho menos dejarme embargar por la ira. Esto es imposible, no deseo nada, sólo me gustaría saber el motivo de mi sufrir". Me enojo.

Terminé mi meditación y activé plan dos: ejercicio.

Fui a correr a ver si podía despojarme un poco del hastío, si lo transpiraba, lo dejaba pegado en el cemento o lograba contagiárselo a los otros deportistas del parque o quizá a la gente y los militares que durante toda la hora de mi entrenamiento estuvieron con la mirada clavada en la bandera argentina que estaba siendo izada.

Era tanto mi fastidio que ni me tomé la molestia de pararme a preguntar qué estaban haciendo.

Plan 3: bañarme. "Qué placer el agua fría". Sin embargo el bienestar desapareció una vez salí del baño y me empezó a picar todo. "Ya está, no tengo remedio".

Camino al trabajo me tropecé unas tres veces, casi me atropella un carro porque no me fijé que el semáforo había cambiado a rojo. Buenos Aires estaba como una olla de presión a punto de pitar del calor que hacía. Al fin llegué al trabajo. Abro la puerta, aire acondicionado. Se apacigua mi molestia. Fresco.

Saludo a mis compañeras y percibo mala onda. "Ah, no soy sólo yo, al parecer es el género". Me siento un poco aliviada. Una me dice que su hija le "hincha las pelotas" (no sé cuáles porque es mujer, pero así se dice en Argentina cuando alguien/algo te molesta). Otra de mis compañeras estaba con los ojos encharcados.

-¿Por qué lloras?

- Estoy indispuesta.

-Yo no sé qué me pasa a mí, pero debe venir por ese lado, estoy hastiada de todo.

-Ya somos dos. Giña el ojo.

El resto de la tarde fui una especie de autómata. Contestaba el teléfono y prendía una grabación, un modo piloto que me permitía hablar con la gente, responder correos, hacer favores, resolver problemas.

"Esos días"

Tipo 4 de la tarde pienso: "Vamos a ver qué dicen entre mis amigas".  Abro el chat de whatsapp. Escribo: malparidez existencial. En seguida salta un mensaje. "Bienvenida a mi mundo".  Al rato: "Al mío también".

Toda la tarde estuvimos intercambiando mensajes de ese mal que cada mes nos aqueja a las mujeres. Ese que a veces nos hace tan mal que incluso ha llegado a acabar con relaciones (no sólo de pareja), trabajos, proyectos y todo lo que se le cruce a uno en el camino por "esos días".

Es un deshaucio inexplicable, un hastío constante, una hormona que segrega ponzoña  y en una milésima de segundo nos deja desarmadas: odiamos, reímos, lloramos, gritamos, amamos, nos desquiciamos, nos sentimos inseguras, nos volvemos paranóicas, somos capaces de rasguñar, de morder, nos volvemos una especie de Godzilla, bajamos al mismo infierno y volvemos. Entonces, justo cuando estamos a punto de desatar la tercera guerra mundial, algo, un no sé qué que viene de no sé dónde nos hace volver a nuestros cabales y sentir vergüenza al punto de darnos ganas de querer que la tierra se abra y nos trague.

Esta escena dantesca puede ocurrir en tan sólo minutos, así como puede repetirse varias ocasiones en un mismo día o semana, todo depende del comentario y la situación en la que estemos. Puede ser un episodio cualquiera de la vida cotidiana, pero "esos días" no vemos las cosas como normalmente lo hacemos, nuestra vida se convierte en un capítulo de Corín Tellado.

Y ni se te pase por la cabeza que tu pareja, marido, hermano o incluso amigo te puede entender, no. Este es un tema que le incumbe y entiende sólo el género femenino y por lo general es el género masculino el que es víctima y victimario de ese estado incisivo bipolar.

Yo creo que ni la madre Teresa de Calcuta puede negar que en su vida tuvo un momento Linda Blair. Es una cosa que lo supera a uno, se le sale de las manos, es como si una loca endemoniada viviera dentro de nosotras y por "esos días" quisiera salir a mostrarse en todo su esplendor.

Todo el mes puedes meditar, ir a yoga, al gimnasio o practicar cualquier deporte, rezar el rosario, ir a un grupo de oración, cantar mantras, ver a un psicólogo,  participar de obras de caridad, ser un terrón de azúcar, un ser de luz paciente, amoroso y tierno, sin embargo, "esos días" somos otras. No importa qué hagamos ni con quién estemos.

"Volver a lo básico"

Con mi psicóloga he hablado mil y una vez de esta situación. De cómo manejarla, salirme por la tangente, de cambiar el escenario, de pensar en el final del episodio antes de meter la pata, de tomar aire y retenerlo para evitar musitar una barbaridad, de bajar de las tablas y convertirme en una espectadora objetiva del acto.

De a poco de aprendido a controlarme, pero no puedo negar que todavía esta otra demente que vive en mi trata de traspasar mi voluntad como si fuera un colador.  Tampoco puedo desestimar mis esfuerzos y la plata que he invertido en mi tratamiento, así como la pericia, dedicación y amor de las personas que me asisten y aguantan cada día.

He mejorado, ya soy una pisca más consciente del momento en que King Kong empieza a rugir desde su jaula. Cuando eso empieza a pasar, cuando da el primer grito, tun, activo modo reflexivo: pensar en el final de la situación (¿cómo quiero que acabe la noche? ¿la cena?¿el fin de semana? porque desafortunadamente ellos llevan una lista donde se anotan mentalmente todas la embarradas y seamos francos, uno nunca se olvida del moco), ser más contemplativa con los actos y las palabras y, lo más importante, el tiempo libre lo aprovecho en acciones creativas o de servicio, es decir, mantén la cabeza ocupada y construye no destruyas.

Ese día de mierda tuvo como conclusión el "volver a lo básico". Con mis amigas empezamos a recordar qué nos hacía felices cuando éramos niñas y adolescentes. Dedujimos que una buena canción que nos trajera buenos lindos podría salvar la patria. Al final de la jornada terminé buscando en youtube canciones de las Spice Girls (aclaro que tenía 11 años cuando estuvieron de moda) y bailándolas al mejor estilo de Jennifer Garner en 13 going on 30. Ah, y después de la sesión de baile me di un resfrescante baño con agua de ruda en la bañera ( recomendado de mi hermana, pues según ella ayuda a espantar/calmar las malas energías).

Parece ridícula la rutina, pero funcionó. Domé a la versión femenina de Hulk.


lunes, 23 de febrero de 2015

Locura insensata o cantar bajo la lluvia

No sabía si titular esta nota "La actitud todo lo puede" o "La cara lo dice todo", me sonaba todo muy a autosuperación, y no quiero sonar como Deepack Chopra, sólo quiero contar algo que me pasó.

Ya hace casi tres meses inició el año y con él aparecieron nuevos proyectos, ideas, promesas, toda esa explosión de creatividad que surge por saber que tenemos 365 días por delante para hacer lo que queramos (o seguir en las mismas).

Y así como llega la vorágine de propósitos también se hace necesario el hecho de realizar trámites para llevar todo a cabo. El problema es que con ellos aparece la madrugada, la irritación de hacer filas, el desencanto de lidiar con los empleados públicos o privados(esas pobres personas que están día a día atrapadas entre papeles y ventanas minúsculas); así como con todos aquellos "papeleo- habientes" que están igual de desesperados que uno.

Es realmente todo un tema todo eso de los preparativos administrativos. Ni una hora de meditación, ni recitar el "Hare Krishna" 108 veces, o rogarle a Dios Padre, a los astros, la Pachamama que te ayude a tener paciencia  puede salvarte de querer explotar en mil pedazos; especialmente cuando te cierran el banco en la cara cinco minutos antes de la hora prevista y ves del otro lado del vidrio al vigilante (o portero del banco) haciéndote la seña de se acabó, estamos cerrados, a full,  trágate tu orgullo y vuelve mañana para aguantarte la cola.

Sales del banco y, lo que parecía ser un hermoso día veraniego con pájaritos revoloteando en el cielo y gente que danza en lugar de caminar en las calles, termina lleno de nubes y con una tormenta peor que tuvo que pasar Piscina Molitor en Life of Pi, Sí, esta tormenta es más dramática porque justo ese día te hiciste el brushing antes de salir para ir decente a hacer el trámite, te peleaste con tu novio y sabes que debes llegar a entregar algo urgente en el trabajo.

Todo va más lento. Los pies pesan, las gotas se hacen más grandes, correr no sirve de nada, ya estás empapada.

En el ojo de la borrasca

Así las cosas, tienes dos opciones: llorar y actuar como una loca insensata o aplicar el "Singing in the rain" de Gene Kelly. Esta bien, no te acabaron de dar un beso después de una cita soñada, pero el resto depende de ti.

Que el día termine en un desastre peor (puedes meter la pata en un charco podrido o resbalarte y rebotar contra el mundo) o que regreses al trabajo sintiendo la dicha de estar viva(o), de poder sentir el agua en la piel, de tener un lugar a dónde llegar y secarte, de saber que alguien que te está esperando, alguien que te extraña de lejos. Poder respirar, confiar en que después de la tormenta siempre llega la calma, que lo que estás haciendo es para construir tu vida, tu felicidad; eso hace valer todo la pena.

Dos días después volví a hacer el trámite. Era un viernes espectacular: cielo azul, ni una sola nube, anteojos de sol, música. Llegué antes a hacer el trámite, tuve que esperar (como dos horas), sin embargo no me hice drama. Vino mi cuñado a acompañarme un rato y almorzamos frente al Obelisco. Un momento sublime.

Así que no nos enredemos en el aquí, el problema, la molestia. Evolucionemos, avancemos, el futuro es el objetivo. Y si nos caemos, a levantarse, que de eso se trata la vida.







Todos contra todos, así fue mi niñez en una Colombia violenta

Mundo furioso. Alejandra estudió periodismo para poner en palabras el temor a confiar en alguien. Como asegura su madre, las paredes escuchan. (Gerardo Dell’Oro)

Esta fue una nota de mi autoría publicada en el diario Clarín de Argentina a principio de este año. A algunos les causó molestia, otros se sintieron identificados. ¿Qué vamos a hacer? no se puede tener feliz a todo el mundo y es sabido que la verdad duele. Espero que la disfruten, con ella celebro mi regreso al blog, cuyos contenido seguro serán más fluído este año.

Familias libradas a su suerte. De esta manera la autora recuerda su vida cotidiana desde que a los seis años vio cómo mataban a una persona delante suyo. Y luego, el secuestro de un tío que no quería pagar un “impuesto revolucionario”. Afincada en la Argentina, cree que una sociedad que no conoce la paz, se insensibiliza.

Nos vas a exponer a todos y vas a poner en juego tu seguridad relatando lo que pasamos. Las cosas han cambiado, pero la guerra no ha acabado”, me dijo mamá cuando le conté que iba a escribir esto. Su sensación refleja la de muchos: la situación parece más prometedora, sí, pero el miedo no se va. Me preocupa lo que pueda pasarle a mi familia allá, eso sí que me perturba, pero no quiero callar. Lo que pase conmigo aquí no, no sólo porque en la Argentina las cosas son diferentes sino porque lo que viví en mi infancia, eso que ocurrió en los 80 y 90 en Colombia, fue lo que me llevó a hacerme periodista.

Llevo semanas tratando de dilucidar cómo narrar lo que me sucedió en esas dos décadas, porque no se trata de repetir la historia que ya muchos conocen, esa ya bien posicionada idea del “narcopaís” en el que hay una infinidad de actores que hacen el amor y la guerra, eternizando un verdadero caos.
Gobierno. Gobierno contra guerrilla. Guerrilla: secuestros, asesinatos y drogas. Drogas y narcotráfico. Narcotráfico: muertes, vendettas e inseguridad. Inseguridad: hacer justicia con las propias manos: paramilitares, masacres, fosas comunes y raptos. Y en medio de todo una sociedad desconcertada, que no conoce qué es la paz. 

Es difícil expresar lo que sentí inmersa en ese barullo porque es tan fuerte que terminas anestesiado. Cuando creces en medio de una guerra te insensibilizas. Una muerte más, un secuestro menos, casi que no suma ni resta, pasa y lo tienes que aceptar cómo y cuándo llega. 

Al empezar a escribir, lo primero que me salió fue relatar historias de manera impersonal, como un narrador omnipresente, insulso, como quien no quiere develar lo que su corazón sintió y todavía llora. Este personaje pueril no dio resultado, para escribir estas líneas necesitaba estrenar las agallas y hacer todo un proceso: recordar cada episodio, exprimir las entrañas, darme cuenta de que el dolor estaba en un lugar recóndito, allá donde duermen los secretos, las miserias, los enigmas y tabúes. 

Después, cara a cara con ellos, los interpelé a cada uno. Primero llegó el miedo ¿Cuándo lo experimenté por primera vez? Lo recuerdo perfectamente, fue durante el primer asesinato que presencié, tenía seis años.

21 de Mayo de 1990. Cúcuta, departamento de Norte de Santander, Colombia. Un domingo cualquiera en mi ciudad natal, asfixiaba el acostumbrado calor de 35 grados. Después de salir de la heladería, mi hermana María, mi mamá y yo íbamos en nuestro Beetle modelo 62 a la acostumbrada visita a casa de mi abuela, la materna. María y yo no nos quedábamos quietas en el asiento trasero. Ante una señal de PARE mi mamá detuvo el auto; desde ese momento todo empezó a correr en cámara lenta: un señor de treinta años pasa la calle, al cruzarla, se para a un lado de otro sujeto; saca del bolsillo un arma y hace cuatro disparos. 

Dos de ellos dan en el pecho de la víctima, uno en la garganta y otro en la mejilla izquierda. El hombre cae al instante sobre el pavimento. Una laguna de sangre se forma alrededor de su cabeza. Todo estaba tan tranquilo que percibí cómo se deslizaba el arma por la tela del pantalón al salir del bolsillo, el sonido del destrabado del seguro y el trueno del disparo.

El foco de mi mirada fue esa cabeza desconocida, sangrante. Las tripas se me revolvieron, sentía que un punzón se clavaba en mis entrañas; el poco helado que había comido comenzaba a pedir salida de mi estómago. El corazón me latía a mil, las manos transpiraban, las piernas flaqueaban, sentía como si estuviera dentro de una nebulosa.

Ese era el miedo, así se manifestaba físicamente: dolor, sudoración, decaimiento y confusión. En mi mente inocente rondaba un razonamiento mayor, impropio de una niña de mi edad: la vida no dura ni vale nada. 

Después de presenciar semejante escena empecé a vivir paranoica, temía que un día mi mamá no regresara del banco, que a mi papá lo acribillaran en uno de sus viajes de negocios, esos que lo llevaban a los pueblos a ofrecer seguros. 

Un día salí del colegio. Mi mamá nos esperaba a mi hermana y a mí en el auto, ahí, pegada a la puerta, pues esa época era tan peligrosa que ni el bus de la escuela te aseguraba la llegada sana y salva a casa.

Cuando entré en el auto vi a mi mamá con cara de angustia, pálida como papel. Le pregunté qué ocurría y me respondió:
–Vamos a casa de su abuela, algo le pasó a Pablo. Tenemos que quedarnos todos juntos allá.
–¿Tan grave es?
–No quiero decir nada, hasta las paredes tienen oídos.

Arrancó desesperada y no se detuvo hasta que no estuvimos frente a la casa de mi abuela Isabel, la paterna. Allá estaban todos mis tíos, primos, mi papá y, por supuesto, mi abuela, a quien la angustia le había transformado el rostro.

Al entrar a la casa una de mis tías, profesora jardinera, nos llevó a mi hermana y a mí a una habitación y, como si fuera un cuento infantil, nos empezó a relatar lo que ocurría. Pero esa versión tierna y falta de pasión no vende, la que conmueve, es la que me relató la víctima años después, el mismo que vivió la tortura y el rapto en carne propia, mi tío Pablo, el médico de la familia.

Jueves 10 de septiembre, 1990, 6 de la mañana. Barranca, Departamento de Santander, Colombia.
–Gordo hijueputa levántese o lo llenamos de plomo.
El cansancio de pasar la noche haciendo guardia no le permitía abrir los ojos, sentía como si tuviera un par de piedras en los párpados.
–¿Es sordo o qué? Levántese.
(Patada en el estómago).
El golpe le sacó el aire. Todo le daba vueltas, no entendía nada y el tórrido calor lo hacía sentirse más mareado.
–¿No se va a despertar? ¿Va a seguir haciéndose el güevón con las llamadas?
(Otra patada en el estómago). 
–Hágale, maricón, ¿se va a hacer matar sin saber por qué?
El segundo golpe lo hizo volver en sí. De a poco se le despegaron los ojos y vislumbró varias sombras a su alrededor. Eran cuatro hombres armados hasta los dientes.
–¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué me pegan?
–No se haga el marica, lo hemos llamado varias veces para reunirnos y nunca va. ¿Es que es muy amigo de los paracos? (así llaman a los paramilitares) ¿Ellos no lo dejan hablar con nosotros? (Tercera patada, el pie del contrincante se enterró en sus costillas).
–¿Muy paraquito entonces? ¿Usted sabe lo que les pasa a los paracos?
Casi pegado a su oreja escucha cómo se destraba el seguro de un revólver, apoyado en su sien. Cerró los ojos y los apretó. Todo el cuerpo le temblaba, transpiraba sin parar, el corazón latía a mil.
–Puumm. Ja ja ja.
El sonido no lo produjo el arma, lo hizo uno de los guerrilleros, el capitán de la misión, que no paraba de reírse. Sus compañeros se carcajeaban también. 
–¿Se cagó todito? Bueno, ahora vamos a darle unas clasecitas para que aprenda quién manda aquí. Muchachos, átenlo y llévenlo al carro.
Lo amarraron y le vendaron los ojos. Entre varios lo levantaron y, tras salir del departamento, lo montaron a un auto.
–¿Va a seguir lamiéndole el culo a los paracos?
(Puño en la cara. La mandíbula se le dislocó).
–Ya sabe, el que está del lado de ellos está contra nosotros …
(Golpe con el caño de la pistola en la cabeza).
–… los sapos amigos de los paracos la pagan, gordo, y bien caro.
(Codazo en el estómago).
–Yo no soy amigo de nadie, menos de paramilitares –balbuceó entre sollozos, casi sin aire–, no soy partidario de ninguna corriente política. Soy un médico que cumple con su trabajo.
–Ja, y espera que le creamos. Ese cuento de los tibiecitos se lo hemos escuchado a muchos, ¿sabe cómo han terminado? Dos metros bajo tierra compartiendo fosa con otros hijueputas de su misma calaña.
(Patada en el pecho. Crujen las costillas, los pulmones se contraen, se siente ahogado).
–Esto no es justo, yo no le he dado plata a nadie, ni estoy de parte de nadie.
–¿Tiene el huevo de hablar de justicia? Injusticia es que usted asista a las reuniones y que no nos pague impuesto. Claro, como su familia nunca se ha muerto de hambre, entonces los pobres no le importan.
–No somos millonarios, lo que tenemos lo ganamos trabajando.
–¿Nos cree güevones? ¿Cree que no sabemos quién es usted? Entérese, aquí se conoce quién es quién, cuánto gana, con quién habla. A todos les seguimos los pasos de cerquita. A nosotros nos gustaría estudiar, vestirnos con buena ropa, ir de vacaciones allá a Gringolandia, tener un buen departamento y no empaparnos de sudor cada noche en este infierno que es Barranca. Nosotros también queremos una vida así, por eso pedimos que contribuyan con nuestra causa, que no es otra que ayudar a que el pueblo se levante en armas y derroque a esos políticos corruptos que nos tienen pasando necesidades. De esta no lo salva sino Papá Dios, gordo marica. 
Se voltea y le dice a su colega 
–Pregúntele al comandante qué hacemos con él.

Hace poco, mientras me contaba, a mi tío se le cortaba la voz. Yo recordaba ese vacío en el estómago que sentí cuando estábamos todos reunidos en la casa de mi abuela esperando a ver qué iba a pasar con él.

Ni él ni nosotros sabemos si en realidad lo salvó Dios, como dijo el guerrillero. En mi familia se comenta que una llamada de un medio hermano de mi abuelo que pertenecía a un grupo guerrillero procuró que saliera con vida, molido a golpes, pero respirando. Mi abuela asegura que fue la Virgen del Carmen y los 1000 rosarios que rezó.

En Colombia todos estamos untados de sangre. En algún momento alguno de nuestros parientes, o incluso nosotros mismos con nuestra desidia, colaboramos con esta guerra. Al ignorar el dolor ajeno, al querer escapar del país, al decir “el noticiero no está bueno” sólo porque la pantalla no se desbordó de imágenes escabrosas; al tratar de hacer justicia con nuestras propias manos.

Haber experimentado esa contienda implica, para mí, contar una vida cotidiana marcada por el terrorismo. Ese mismo que prorrogó el desarrollo de mi país, el que ha hecho salir huyendo a intelectuales y profesionales de una nación que aún no para de sangrar, que sueña con verla pronto pero que aún no sabe qué es la paz. 

Mientras tanto, esa sensación de mi infancia: sentir frío aunque haga calor, vivir como podemos, con el sueño de acuerdos que (aún) no se concretan, rezando para no dormirnos y que alguien nos despierte con la promesa de llenarnos de plomo. Ojalá dentro de un tiempo esto sea sólo recuerdo.


* Alejandra Vanegas Cabrera

Nació en Cúcuta, en el noreste de Colombia. Allí vivió hasta los 16 años. Ahora reside en la Argentina y es corresponsal del diario “El Espectador”. 
Inquieta, de adolescente realizó un intercambio estudiantil en Hungría, donde residió un año. Acerca del periodismo, no le fue fácil. Partió a Bogotá para estudiar abogacía pero no le gustó y eligió Comunicación: su padre le retiró el saludo durante un tiempo porque un locutor una vez lo había difamado. Alejandra tiene, además, otras virtudes: se diplomó en gastronomía y le encanta hacer yoga.

lunes, 16 de junio de 2014

El cazatesoros

-!Mamá, mamá! me caí en en el hueco, ayuda, ayuda!, gritaba Isabel toda embarrada.

De inmediato, dejó la zanahoria a medio pelar y pegó carrera desde la cocina hacia el patio- ¿dónde está, mija, qué pasó?- gritó la madre con el corazón en la mano.

Aterrorizada en el fondo del pozo, la niña de escasos tres años trataba de aferrarse a la tierra húmeda que se deshacía en sus manos- En el hueco nuevo mamá, el que está al lado del palo de mamón, ¡sáqueme que me da miedo estar aquí!

-Dios, pero, ¿por qué se mete a este jardín?- le dijo la vieja al llegar al borde del hoyo- Ustedes saben que tienen prohibido jugar por esos lados.

-Estaba buscando mi muñeca, no sé por qué está aquí, ¡sáqueme, sáqueme, mamita que hace frío!.

-Aurora, venga con la escoba y me colabora- decía la señora mientras hacía maromas para no resbalarse- Ala, pero venga rápido que la china está asustada y no quiero que se le pegue lo que está ahí.

La flachuchenta Aurora soltó el cuchillo con el que cortaba el lagarto para la sopa y se apresuró hasta el pozo- Uy, este sí que lo hicieron bien hondo- comentó mientras se alejaba de la orilla.

Deje de opinar y más bien téngame para no caerme- le contestó Inés estirándose para que la niña alcanzara la viga- ¡Agárrela duro, mija!.

-Lo tengo fuerte-replicó la niña.

-Bueno, no se suelte, tire, Aurora, tire, aggrr.

Después de tres jalonazos salieron las dos mujeres y la niña disparadas, cayeron en uno de los los tantos montículos de tierra que componían el campo minado de fosas que antes había sido un frondoso minibosque dentro de la casa, esa la misma que antes albergó un convento de monjas Clarisas de clausura.

-Aj, estoy tan mamada de estos agujeros, las invocaciones, los duendes, los juegos, las brujas y todas las maricadas que se inventa Ramón. ¿Por qué a mí Dios? - gemía la mujer con la mirada clavada en el cielo- ¿Por qué no tengo un marido convencional? uno que solo se dedique a trabajar y vaya a misa todos los domingos como Dios manda, ¿alguna vez me darás la razón? ¿alguna vez parará todo este cuento de los tesoros? misericordia, Dios mío, misericordia,- repetía Inés limpiándole la cara embadurnada de lágrimas y tierra a la nena con el trapo de la cocina.

-Tranquila doña Inés, ya se le pasará la fiebre- dijo Aurora sacudiéndose el delantal.

Sí claro, eso pasará- replicó la vieja- pero cuando terminemos todos metidos en un hueco sin fondo.

A las 12. 20 estaba la mesa puesta. Una sopa de arroz sazonada con carne de lagarto, lentejas con papa, carne molida y unos patacones bien crujientes serían el festín del mediodía. Las cuatro niñas se habían limpiado y ya se encontraban sentadas en la mesa esperando a que llegara su padre. Doce y treinta marcaban las manecillas cuando entró a la casa un hombre alto, moreno, apuesto e impecable; había llegado de la calle bastante apurado y ansioso; rápidamente se aseó manos y la cara en el lavamanos contiguo al comedor y besó a cada una de sus hijas, tomó su asiento, el que precedía la mesa, por supuesto.

-Tengo buenas noticias, a la salida del trabajo me encontré con Pedro y Tomás, desciframos el acertijo que nos llevará al tesoro - manifestó con una sonrisa de oreja a oreja.

-Me imagino que eso incluye la apertura de un nuevo pozo,- afirmó Inés mientras se llevaba a la boca una cuchara de sopa cargada con un enorme trozo de papa - ¿o no?- aseveró masticando la bola de comida.

-Pero por supuesto, - saltó Ramón del asiento- sin embargo, este no va a ser un hueco cualquiera este será "el hueco" que nos llevará a la guaca.

-Qué tesoro ni qué nada, los españoles no iban a ser tan pendejos de dejar aquí sepultadas sus joyas. Bueno, de pronto sí, pero si así fuera ya los anteriores dueños los hubieran desentarrado. Tan guevones no van a ser- insinuó la mujer.

-Ayyy, Inecita, no me vine a vivir a esta casa que se cae a pedazos y que está llena de espantos porque sí, de que lo encuentro, lo encuentro- partió uno de los plátanos lo remojó en la sopa y se lo llevó a la boca.

-¿Y, por qué estás tan seguro de que acertarán esta vez?- le preguntó la vieja.

-Porque ya no habrán ningún intermediario ni guardián que se interponga. Hablaremos directamente con el supremo.

-¿Supremo?- repitió sobresaltada la vieja atragántándose con la carne- el único es Dios y tu no tienes contacto alguno con él, ni siquieras te aguantas la misa de las cinco los domingos y ahora me vas a venir a decir que hablas con Dios, ja.

-Nada de Dios, yo hablo del otro.

-Ay no, Santímima Virgen! -se persignó- Ramón, me muero. Se desvaneció lentamente hasta caer en el suelo.

Mónica, una de las hijas del medio, alcanzó a sostenerla en sus brazos antes de que se golpeara la cabeza.-¿Si ve papá lo que logra con sus locuras?. Aurora traiga agua y una abanico para reanimar a mi mamá.

Inmediatamente la empleada entró al comedor con un vaso de agua que se desbordaba y el dichoso soplador, levantaron a la mujer y la llevaron hasta una mecedora cerca al patio central de la casa. Las demás niñas no pronunciaron palabra alguna, ya estaban acostumbradas a estas escenas. 

-Terminemos de comer que esto está muy bueno- dijo el padre.

Cuando Inés volvió en sí su marido estaba por salir para retomar la jornada laboral de la tarde- Ramón, mijo, por favor, no vaya a meterse con ese señor, mire que nos puede caer una maldición, nunca nos va a dejar en paz-. 

-Déje de ser cobarde, Inés, no va a pasar nada, solo nos vamos a volver millonarios, además, con lo que usted reza, ya las siguientes tres generaciones de nuestra familia tienen el cielo asegurado- le dio un beso en la mejilla y se fue campante mientras tarareaba una cancioncilla de su propio ingenio- seré mi-llonario, mi- llonario, bi- llonario, tri-llonario, jaja, miiii-llonario.

Esa tarde Inés puso a sus hijas y a Aurora a rezar el rosario después de que terminaron las tareas. Invocaron ángeles, arcángeles, al Espíritu Santo, a la virgen Milagrosa, al Sagrado Corazón. Por los rincones de la casa resonaban las dulces voces de las niñas-San Miguel, San Miguel evita que aparezca él, defiéndenos con tu espada poderosa-.

-Sagrado Corazón de Jesús en vos confiamos, no nos desampares, disipa las tinieblas, haz que Ramón entre en sí - rogaba Inés.

Al terminar con sus plegarias, llegó el Padre Ramiro a tomar la media tarde. En realidad la vieja lo había llamado con la intención de pedirle ayuda, por tanto el tema central de la conversación sería la sesión espiritista de la noche. Al enterarse de todo el cura le dijo que no podía hacer más que bendecir la casa, rezar unos pasajes de la biblia, rociarla con agua bendita y orar por su hogar- Escucha, Inés, ni tu ni yo ni nadie puede hacerlo cambiar de parecer, para eso nos dio Dios el libre albedrío, roguémole más bien para que los proteja.

-Ave María Purísima-, se persignó con cara de angustia.

A la seis de la tarde un grupo de hombres tocaron el timbre.- ¿Quién es?- preguntó Aurora mientras miraba por el ojo mágico. 

-Nos mandó el señor Ramón. 

Inés, parada al lado de la escuálida mucama,  empezó a darle órdenes entre murmullos- Dígales que vengan más tarde, que Ramón no ha llegado. 

La vieja repitió las palabra de la doña al pie de la letra, pero dudosa- Vevevegan más tarde, eeeeel señor Raaamón no ha lleeegado-.

-Sí señora, lo sabemos, pero él nos pidió que fuéramos preparando todo y que usted sabía que vendríamos antes.

Al otro lado del portón, ansiosa, Inés, le hacía señas de negación con la cabeza a Aurora- Dígales que la patrona le prohibió la entrada hasta que el señor Ramón estuviera en la casa- Vacilante, la viejita les pidió que esperaran hasta que llegara el dueño- Por favor, eeeesperen en el adén, mi patrón debe estar por llegar.

Los tipos no tuvieron más remedio que sentarse a charlar en el andén- Qué vieja desconfiada, ni porque fuéramos el mismísimo diablo. jajajaja, Bueno, lo vamos a invocar- todos soltaron la carcajada- Qué se joda, pa eso nos pagó el marido.

Ya iban a ser las siete y Ramón no aparecía. La familia tenía la casa por cárcel, pues los hechiceros no se habían movido de la entrada - Aurora, yo creo que mis rezos funcionaron, Ramón se debió haber distraído con algo y se le olvidó esta vaina. 

-¿Será?- la cuestionó con desconfianza la empleada.

En efecto, a la salida del trabajo, Ramón se había encontrado con su hermano menor, al que no había visto hacía unos meses. Se sentaron en la tienda de la esquina del edificio donde trabajaba el Don y, una tras otra, las cervezas distendieron el tiempo. Al rato - ¡Mierda!- se levanta Ramón de la mesa y tira las botellas- ¡La sesión!, camine Fernando, acompáñeme a mi casa.

-Pepepe ro, no puedo, tengo que ir a mi casa, Carmen se enfurece si llego tarde. 

-La llama desde mi casa y le dice que va a comer allá, vamos, vamos. Fabio, anóteme las cervezas en mi cuenta- le ordenó al tendero y salieron literalmente como almas que lleva el diablo.

Corrieron desesperados, las piernas no les daban; cuando llegaron los espiritistas ya se estaban parando para irse- No, don Ramón, ya es muy tarde, usted nos aseguró que a las 8 empezábamos, mire la hora.

-Señores, disculpen, -dijo mientras se acomodaba el traje- en el trabajo no me dejaban salir. 

-Sí claro, ya dijo que le creímos, con ese tufo- aseveró uno de ellos.

-Bueno, ya, vamos a lo que vinimos.

Cuando entraron a la casa no había nadie- Inés! Inés! Aurora, niñas, ¿dónde está todo el mundo?- preguntó el Don.

Desde la habitación principal, se escuchó un grito- Ni yo ni mis hijas nos vamos a prestar a sus artimañas- dijo Inés.

-Dígale que yo tampoco- la interrumpió Aurora.

-Que Aurora tampoco, dice. Que los tipos hagan lo que tengan que hacer y se vayan. Nosotras no los vamos a atender.

-Inés qué escena más ridícula, pero bueno, usted verá lo que hace. Aquí está mi Fernando.

-¿Mijito, usted también se prestó para este sacrilegio?- dijo la vieja preocupada.

-¿Cuál sacrilegio?- preguntó Fernando.

-Nada, nada. No le pare bolas a esa rezandera loca. Señores, acomódense y empecemos de una. Ya me traen un petaquito de cerveza de la tienda, como para entrar en tono.

La habitación principal había sido transformada por Inés, Aurora y las niñas en una especie de fuerte sagrado. Imágenes de vírgenes, de Jesús, palomas blancas, escapularios, velas, santos, santos, santos y más santos aquí y allá hacía parte del bastión espiritual, y claro, todas estaban rezando - Padre nuestro que estás en los cielos, sántificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino...

Afuera empezaron los conjuros. Cantos, plegarias, arengas se hacían cada vez más fuertes, retumbaban en las paredes de la antigua edificación, que parecía ceder con los gritos. Sin pensarlo, los esposos habían transformado su casa en una batalla entre el bien y el mal. Entre sollozos, las niñas continuaban con las súplicas. Inés y Aurora, ya no oraban en un tono prudente, las chillaban y gemían. Así estuvieron durante dos horas.

Agotado, borracho y tambaleándose por el efecto del las cervezas y sin ver resultado alguno, Ramón desistió-Ya no más, me cansé, ustedes no sirven para nada. Esto se acabó, yo me voy a dormir. Hasta luego todo el mundo.

-Pe pero, Ramón, no puede dejar el ritual, así, abierto. 

-Qué abierto ni qué cuentos, aquí no invocamos ni un peo. Adiós.

Los cuatro hombres se levantaron del círculo y recogieron unas calaveras, borraron a medias una estrella pintada con sangre de un cordero y pusieron entre un bolso las velas rojas y negras. Al salir de la casa uno murmuró- Ojalá la señora siga rezando la contra porque donde se les aparezca el patrón no se lo van a sacar más de encima, ella fue la que nos saboteó todo, vieja guevona. 

Fernando se encargó de acompañarlos a la puerta. a su regreso se sentó en la misma sala donde estaban invocando. En ese momento salió Aurora de la habitación principal-¿Ya se fueron los diablos esos?- preguntó. 

-Sí, Aurora, tranquila- dijo Fernando acomodándose en la silla.

-Esta vez al señor Ramón se le fue la mano, esto parecía una batalla de ángeles y demonios. 

-No pasó nada, Aurora. Váyase a descansar- le ordenó, luego destapó una cerveza, se tomó un trago, suspiró y se acomodó en el sillón y se quedó pensando en lo que había acabado de pasar con la mirada perdida. 

-Bueno, ¿usted no va a comer nada, don Fernando? 

-No, yo estoy bien así, sobró medio petaco.

Pasada la medianoche todos dormían, de repente se escucha un voz potente- Aquí estoy, qué quieren?

Inés y dos de las niñas fueron las únicas que se despertaron ante el estruendo- ¿Quiiiiiién eeeees?- preguntó temblorosa. 

-¿A quién invocaron?

Se le totearon lo ojos a todas. Inés suspiró - Ssssjaa, con todo respeto, señor, el que lo llamó fue mi marido, yo no tengo nada que ver en esto. 

-Bueno, siendo así condenaré al que me convocó y se retiró, yo sé qué es lo que quiere, soy el maestro del placer, lo que me pida será concedido. Sin embargo, por no haberme atendido será castigado.  Lo tentaré de noche y de día, siempre con más, pero no tendrá nada y a cambio debe darme la vida de un inocente. 

-Yo yo yo yoo no me quiero meter en eso, es tema de mi marido- replicó la vieja frunciendo el seño. 

-Por estar a su lado conocerás a quién he de elegir entre su descendecia. Un no nacido será quien pague las consecuencias. Será tentado, lo enloqueceré con la lujuria, me interpondré en su camino, pues él es el encargado de liberar las puertas del cielo para esta familia, jajaja, entre carcajadas se fue desvaneciendo su voz. 

-Ave María purísima- se persignó la mujer, a quién le fue imposible conciliar el sueño durante el resto la noche.

Al otro día Fernando estaba tirado en la sala. Inés, indignada por lo que había pasado la noche anterior, lo levantó a empujones- Vaya para su casa, Fernando, su mujer lo está esperando. 

-¿Quuéee?¿mi mujer? ¿dónde? no, ¿dónde estoy?.

-¿Se tomó solo el resto de las cervezas?- preguntó la vieja- pero, ¡qué vagabundería!, esto lo va a saber Carmen. 

-Noo, no me las tomé solo, me ayudaron los que vinieron después. 

-¿Quiénes vinieron después? ¿de qué habla? 

-De la gente esa, el abogado y los otros señores, que no me acuerdo bien quiénes eran pero, qué lindo la pasamos. 

-Usted está loco, aquí no entró nadie más, el único que apareció fue el que llamaron y bien caro la vamos a pagar.

En eso apareció Ramón sosteniéndose la cabeza del dolor producido por el guayabo- Estos bobos no sirvieron para nada, ¿no? qué manera de perder plata y tiempo.

-Se equivoca, Mijo, aquí estuvo el que llamaron. Yo fui la que lo sintió. Ahora la familia cargará con una condena. A ver si averigua en vida cómo sacárnosla. 

El viejo quedó perplejo- Pepepero ¿le dijo algo del tesoro?.

-Olvídese de eso, nunca veremos una moneda de oro, más bien póngase a buscar entre sus amigas brujas quién lo puede ayudar a revocar una condena y piense cómo le va a decir a su primer nieto que gracias a sus inventos nació con una maldición.