![]() |
| Martin Wittfooth-Yuxtapoz Mag |
Llevo tres meses esperando, sintiendo un dolor pequeño, mínimo pero continuo. Un dolor que no tiene origen físico de acuerdo con estudios médicos, un dolor que me ha enseñado lo que es la paciencia y los extremos.
He buscado respuestas en la medicina, en el chamanismo, en la iglesia, en los vedas, en el yoga, en los amigos, en la gente que conozco. Todos opinan pero nadie sabe a ciencia cierta de qué se trata. Algunos dicen que sufren un dolor o hinchazón en ese mismo lugar, en la garganta pero no le paran bolas, simplemente se acostumbraron a vivir con él. Yo no, como periodista y ser indagador que soy quiero llegar hasta el meollo de este asunto.
Hice de todo, me paré de cabeza en clase de yoga para cambiar mi perspectiva, tomé hojas de toda clase, una extraña bebida que tenía cuarzos y raíces, volví a darme un paseo por la olvidada cannabis sativa, me sacaron sangre mil veces para analizarla y hasta me extrajeron un ganglio que estaba inflamado, o sea que me operaron. Cuando mencioné que hice todo de verdad me estaba refiriendo a TODO.
Y aunque probé cuanta cosa se me pasó por en frente aún no sé qué tengo y sigo con ese dolor. Que buena forma de terminar un año y de empezar otro.
Los opinólogos dicen...
Mis compañeros de yoga aseguran que por ser en la garganta tiene que ser por visshuda chakra, el de las comunicaciones, "tenés muchas cosas para decir pero no sabes cómo hacerlo", me dijo la madre Paramadvaiti, una gordita simpática que es profesora de una sala para bebés.
Sí, quisiera mandar mucha gente a la mierda, a algunos de mis sentimientos a la mierda, a muchas situaciones a la mierda, a la impotencia a la mierda, al valor a la mierda, sólo que como vengo de una familia que siempre ha tratado de ser social, política y religiosamente correcta no lo hago. Tengo puesta una camisa de fuerza invisible.
¿Por qué no quiero ser yo? algo de mí no me gusta, no, un momento, muchas cosas no me gustan de mí. Soy posesiva, celosa, a veces amargada, analítica a morir, controladora, vengativa, inhibida, perfeccionista e histérica, me encanta ser el centro de atención, pero también detesto cuando las miradas se quedan mucho de tiempo sobre mí, cuando algo no me sale bien me transformo en una tigresa, así también como cuando tengo hambre, sed o frío, cuando algo no me gusta, cuando no se hace lo que yo quiero soy implacable, rayada, mala. Altruista, eso se llama altruismo. Soy también miedosa, desconfiada y estoy a la defensiva, eso me convierte de nuevo en un animal.
Bueno, así las cosas he descubierto que hay una parte animal en mí, ese lado carnal y humano que ata al ser a lo terrenal. En realidad eso ya lo sabía, de hecho, lo había dicho en terapia a lo cual mi psiquiatra me respondió, "bueno, no podés ser lo que los demás quieren", a lo que respondí: "doctor, pero yo no quiero ser lo que los demás quieren yo no quiero ser yo, lo que era antes".
Cuando llegué aquí a Argentina quería hacer un cambio total de mi ser, es decir, amanzar a la bestia, pero una cosa es decirlo y otra cosa es saber qué hago para domesticar ese lado animal y construir una nueva persona y descubrí que no se puede cambiar totalmente, hay una esencia del ser inmodificable.
Mi mamá me dice que la fiera se amanza teniendo hijos, a lo que suma un problema más. ¿Yo en serio quiero carsarme o tener hijos ahora? No, en serio que no. La paso bien viviendo en pareja, siendo dos, trabajando, viajando, buscando quién soy yo, entendiendo quién es él, tratando de llegar a un punto medio entre la loca de mierda carnal y el alma bondadosa, sensible que habita en mí (en un espacio muy recóndito todavía).
No voy a negar que el reloj biológico se me mueve cuando veo publicadas en Facebook o Instragram las doscientas fotos que suben mis contactos de sus hijos o que los ojos se me ponen como un par de luceros cuando voy corriendo por la plaza y veo que sale una pareja de recién casados del centro comunal (aquí la gente se casa en esos lugares). Creo que yo e incluso mi pareja estamos en el mismo momento y ambos tenemos el mismo miedo del compromiso social.
Y aquí termino con lo que empiezo. Lo que tengo es miedo, miedo a no poder cambiar, a no encontrar ese punto medio que tanto busco, a no lograr lo que quiero, a ser buena, a dejar de ser brutal, a no tener el control, a la imperfección, siendo que no hay más armonioso que el "desorden" propio, ese desastre que enseña, que forma pacientemente. "Aquí vinimos a aprender lo que no tenemos: paciencia"

No hay comentarios:
Publicar un comentario