lunes, 15 de febrero de 2016

Diario de mi cáncer: Descubriendo la guerrera

Agostino Arrivabene- Yuxtapoz Mag


Lunes 2 de febrero de 2016. Nueve y veinte de la mañana, yo me estaba registrando en el Instituto Alexander Fleming para mi cita con la Dra. Tartas, una de las mejores especialistas en linfomas (tipo de cáncer que padezco para los nuevos lectores) de Latinoamérica, de pronto me llega un mensaje de voz de whatsapp al celu: "Ale, Ale, no me vas a creer lo que me pasó. Salí de mi casa a sacar la basura y la puerta se me cerró. Si es necesario arranco la cerradura pero llego, ¿sabés?". Era Fabiana, la rubia de mi trabajo quien, después de que Patricio se fue del departamento, empezó a acompañarme en esta carrera por la vida.

Pasé a admisiones y de ahí a los consultorios externos del Fleming. A eso de las 10 de la mañana se abre paso por el pasillo del segundo piso del sanatorio una señora gordita de pelo desordenado y cara seria que meneaba un bolso a diestra y siniestra. Cuando cruzó frente a los pacientes que la esperábamos la mayoría reclinó la cabeza, como en signo de venia. El primer pensamiento que se me vino a la cabeza fue: Wow, así de buena será.

Saludó a las recepcionistas y a algunas personas, agarró una lista que estaba sobre el escritorio del consultorio y desde la puerta gritó: ¡Vanegas! Me levanté en el acto, entré al lugar, le di la mano y cerré la puerta. Una semana antes el médico del centro de imágenes (donde me hicieron el PET), me había dicho que ella era una persona muy peculiar pero que era una eminencia y me iba a curar. Creo que con peculiar se refería a dura, brava, con un carácter fuerte, por tanto, era mejor ser conciso y breve en la charla.

-¿Por qué viene a verme, señorita?

-Hace un par de semanas me detectaron un linfoma de Hodgkin.

- Qué médico la derivó.

- El Dr. Re, oncólogo del Sanatorio de la Trinidad.

- ¿Y por qué vio a un oncólogo en lugar de a un hematólogo?

- Porque no sabía a qué especialista debía ver. Éste médico me mandó a hacer el PET y me recomendó verla a usted.

- Déjeme ver el PET y el informe de la biopsia ¿Le hicieron biopsia, no?

- Sí. Contesté y descubrí el parche de gasa pegado con cinta quirúgica.

- Eso se lo voy a sacar en breve. ¿Hace cuánto la operaron?

- Mes y medio.

-¿Por qué se tapa la cicatriz?

- Por que me dijo una dermatóloga amiga.

- Pues le dijo mal.

Dio un vistazo a los exámenes, me pidió las ecografías, las pruebas de sangre y cuanto estudio me había hecho.

- ¿Cómo empezó esto? ¿Por qué consultó al médico?

- Por que tenía un dolor en el cuello, como si me hubiera mordido un vampiro.

Ni un rastro de una sonrisa se esbozó en su cara.

 Y empezó con la retaíla.

-Señorita, lo que usted tiene es un Linfoma de Hodgkin escleronodular, lo que significa que es un tipo clásico de ésta enfermedad, es decir, que tiene un 96% de posibilidades curarse con la primera línea de tratamiento que incluye 12 quimioterapias durante 6 meses, dos al mes. Se le va a caer el pelo, las defensas van a estar bajas, así que si nunca se cuidó en la vida ahora va a tener que hacerlo como si fuera una porcelana.

Tocan la puerta.

-Adelante.

Era Fabiana, mi compañera de trabajo, vestida con un camisón de esos que usan las señoras mayores para ir a la playa, un brassier (corpiño) negro enorme que se dejaba ver por las mangas, y unas pantuflas.

-Disculpen las interrumpo. Hola, ale, ¿cómo vas?

No puedo negar que haber visto a Fabi vestida como su mamá (por que literalmente pidió ropa prestada a su madre y se vino sin bañarse a mil en la camioneta de trabajo de su hermano) me sacó por un momento del shock en el que estaba por el veredicto médico (una vez más). Sonreí y seguí escuchando a la malhumorada Tartas, quien no se inmutó por la entrada de la rubia.

- ¿Fuma, señorita?

- Desde hace dos semanas volví a hacerlo.

- Bueno, quiero que quede claro que yo no soy pediatra, así que si se quiere tratar conmigo se debe comportar como un adulto. El cigarrillo tiene un hongo que puede matarla.

Asentí.

- Ahora, vamos a iniciar con las indicaciones de su tratamiento. Va a tener que...

-Disculpe, doctora. Una pregunta.

Interrumpe Fabiana.

- No, señora, usted no puede hablar.

Bueno, lo que me dijo fue que tenía que ver a la hematóloga quien me administraría la quimioterapia y me tomaría una muestra de médula ósea para biopsia (sí, otra que espero con preocupación), al especialista en transplantes para que mediante una operación me instalara el catéter portal por donde pasarían las quimio, a la endocrinónologa para cuidar mis ovarios durante el tratamiento y también me mandó a las oficinas de Galeno (el servicio de salud que muy amablemente me aporta mi fugitivo ex) para ver si todos estos procedimientos estaban cubiertos.

Yo traté de seguir todo lo que decía, aunque no niego que por momentos me quedaba tildada, en blanco, oyendo el típico sonido del monitor cardíaco cuando el corazón se detiene (ese piiiiiiii agudo que se escucha en todas las películas cuando el corazón deja de latir). Volvía en sí y continuaba anotando. Menos mal Fabiana estaba ahí y tomó nota de lo que se me pasó a mí.

- ¿Entendió señorita?

Asentí con la mirada perdida.

- Yo la veo muy ansiosa y eso no le hace bien en el estado en el que está.

- Sí, es mucha información y muy fuerte. Mi hogar está desecho, mi pareja de más de tres años por quien dejé todo y me vine a vivir a Argentina se fue hace poco más una semana del departamento y mi familia está toda de pelea, eso sin mencionar que, por mi tono, seguramente se habrá dado cuenta que soy extranjera y no tengo a nadie aquí, por eso me trajo ella, mi compañera de trabajo.

Se queda mirándome fijamente. Fabi me toma la mano, la observo y me percato de que tiene los ojos aguados, enlagrimados. A mí se me cortó la voz.

- Ah, ya estalló la bomba. Bueno, quiero decirle que eso es normal. Pero, ante todo, usted debe permanecer tranquila. Ya todo se va a acomodar.

Le di las gracias, le di la mano y me levanté. Tenía un nudo en la garganta y un dolor en el pecho que no soportaba.

- ¿Sos creyente?

- Sí.

-Andá a la iglesia, piba. Te va a hacer bien. Ya todo se va a acomodar. Esto no es una apendicitis, es cáncer, es normal que todo se despelote. Andá a la iglesia.

Salimos del consultorio y yo me sentía perdida, ofuscada de tanta información que recibí. Quería ponerme a llorar pero no pude. Fernando, uno de los médicos que trabajó en la clínica estética donde soy empleada estaba esperándonos.

-¡Chicas! ¿cómo les fue?

Fabiana le dio el reporte, yo estaba en otro planeta, seguramente aplastada entre los anillos de Saturno, el Gran Maestro, el Juez, el Señor del karma, dicen los astrólogos. O tal vez bajo el pie de Dios o de Krishna. Respiraba poco y rápido.

-Mierda, me va a dar un ataque de pánico, no, otra vez no, por favor; esa etapa ya debo superarla, pensé.

Fabiana me agarró la mano y empezó el recorrido por el sanatorio. Fuimos a ver a la hematóloga, al médico de los trasplantes, pedimos los turnos y cuando me di cuenta estaba sentada en la sala de espera de cirugía con fecha para que me operaran en dos días, dos días!!!! Me pondrían el catéter y me harían una punción para extraer la médula ósea. Dos operaciones en menos de dos meses!

Con los pies en la tierra

Cuando salí de la nebulosa saturnina me fijé que ya le había avisado a mi mamá, a mi familia, a mis amigas y a Patricio, sí, le dije a él, como una tonta le escribí. De todos tuve respuesta de inmediato, pero no de él, su réplica llegaría horas más tarde: "Hola, no voy a tu operación. Que venga tu hermana. hasta aquí llego, se acabó el proveedor". Bajón, bajón mal.

"Mi hermana viene pero no alcanza a llegar para la operación. No tiene DNI y no hay pasajes para antes", respondí. (Cabe aclarar que Isa, mi hermana, vive en el norte de Argentina en la Provincia de Jujuy, ubicada en la frontera con Bolivia a 1800 kilómetros de Buenos Aires).

"Que se haga cargo tu familia, no quiero saber nada de vos", escribió.

¿En qué momento pasó todo esto? ¿Cuándo me convertí en su peor enemiga? ¿Qué hice tan mal para que me odiara y se desinteresara de tal modo? Me tiré en la cama a llorar y recordar.

Como una gran "boluda" no podía sino recordar los buenos momentos. Yo creo que es una tara que padezco porque sólo evoco lo bueno, nunca lo malo, por complicadas que hubiesen sido las circunstancias.

Me quedé mirando al techo de la habitación, de pronto, la lampara y se comenzaron a proyectar diferentes imágenes: El primer beso nervioso que nos dimos esa tarde del 3 de mayo de 2012 en el Aeropuerto El Dorado de Bogotá después de dos años de habernos conocido, uno de los atardeceres más bellos que vi a su lado un agosto que viajábamos por la ruta que une a Trenque Lauquen y Carhué (dos pueblos de la Provincia de Buenos Aires donde vive su familia) y el cual me deslumbró de tal modo que sentí que estaba viendo al mismo Dios y al que le pedí que me permitiera venir a vivir a Argentina con él; yo enterrándolo en la arena de la playa del Cabo San Juan del Parque Tayrona un ocaso de marzo de 2013, las mañanas silenciosas de escritura de los sábados que se veían interrumpidas porque yo salía intempestivamente de la habitación para robarle un beso, las tardes en el cine de Hoyts del Abasto burlándonos de la "variopinta fauna",  las mil y un veces que lo vi en el escenario presentando sus libros y yo sentía que se me salía el corazón del orgullo de ser su mujer; sus caras de "orto" cuando íbamos en un colectivo lleno; su inerte dormir; la tranquilidad que me transmitía verlo al despertar a mi lado, las conversaciones políticas y culturales que terminaban en pelea,  cuando me llamaba "mono", los viernes de carne, pelis y vino. Y yo ahí ahogándome entre las lágrimas y dolor.

El jueves 4 de febrero finalmente llegó para acompañarme en la operación.

Viviendo con el corazón roto

El 3 de febrero, el siguiente día, tenía que hacerme un ecocardiograma. El calor sofocante de la mañana porteña me permitió llegar al Fleming a las 10.30 de la mañana. Me registré y saqué el celular para ver si Fabi me había escrito, iba a acompañarme una vez más. "Gordi, ya llego, andá sacándote sangre".

Cuando era niña no permitía que nadie que no fuera mi abuela Isabelita (una de las primeras bacteriólogas de Colombia) me sacara sangre. Por lo general terminaba en el piso desmayada cuando la aguja traspasaba la piel. Hoy no le tengo miedo a la agujas pero sí pido que me roten los brazos que me van a pinchar.

-¿Ayer me tocó el izquierdo, puedes pincharme el derecho?. Dije a la extraccionista.

Sonrió.

- Dale.

Tomé aire, cuando me di cuenta estaba recostada en una camilla y un médico me estaba pasando un aparato por el pecho,  me estaban haciendo el electrocardiograma. Se escuchaba un ruido increíble, era como una locomotora que se desplazaba por dulce de leche. Puig, puig, puig, puig.

-  ¿Está roto? le pregunto al médico.

- ¿Eh?

- ¿Que si está roto el corazón?

Se ríe.

- No, está perfecto ¿Por qué?

-Por que me lo rompieron hace un par de semanas,  me duele todo el día. No sé si es el corazón o el pecho, o el cáncer o todo al tiempo, pero duele como el carajo.

- Ya todo se va a acomodar. Confía, este tipo de enfermedades no son fáciles ni para vos ni para quienes están a tu alrededor, pero vos tenés que tratar de estar lo más tranquila posible.

Lo más tranquila posible, lo más tranquila posible ¿Cómo puedo estar tranquila si todo es un caos? ¿Si Patricio cree que le estoy haciendo la guerra? ¿Si va de casa en casa sin rumbo, lleno de rabia? ¿Si piensa que le quiero quitar todo por lo que ha trabajado con tanto empeño cuando lo único que necesito es su apoyo emocional, volver a ver su rostro despejado, sereno, tranquilo, como una roca a mi lado, con plena comprensión de la situación? ¿Será que quienes de verdad lo quieren y son amigos no le pregunta por qué sigue metiendo la pata?

Por estos días mucha gente me ha preguntado por qué no me regreso a Colombia a hacer me el tratamiento, la respuesta es fácil, cuando me fui de Colombia cerré toda mi vida, eso incluye el seguro de salud  e historia bancaria y crediticia. Yo allá no soy nadie más que un 37' 294. 170 que está registrado como ciudadano residente en el extranjero. Además, devolverme a Colombia significa no asumir esa decisión que tomé en 2012 de iniciar de nuevo, de empezar una nueva vida, de ser de una vez por todas una adulta, una persona independiente.
 
Hoy me relaciono de otra manera con Buenos Aires, como Alejandra Vanegas Cabrera, periodista de la Universidad Externado de Colombia; quien trabajó como pasante en El Tiempo y luego como redactora en el segundo diario más grande de su país, El Espectador; quien tenía cada 2 semanas su cuenta de banco llena; un departamento cuidadosamente decorado que compartía con su hermana; una familia enorme a la que veía por lo menos cada dos meses, amigos, fiestas, viajes nacionales e internacionales casi mensuales, salidas a comer a los más caros restaurantes, entre otras muchas otras prerrogativas y quien llegó a Argentina hace más de 3 años a ser una inmigrante más que lucha día a día con tropiezos por conseguir un mejor trabajo, por formar un lindo hogar, por terminar un posgrado, por encontrarse y transformarse en un mejor ser humano; no me arrepiento de estar pasando por esta situación a veces dolorosa y otras injusta, reconozco que cometí muchos errores  y, si alguno de los que me lee se sintió alguna vez ofendido por mí, le pido me perdone. Considero que todo esto es parte de esta conversión conscientemente aceptada, esa que cada día con golpes, bajones y a veces de rodillas me está convirtiendo en una verdadera guerrera.

2 comentarios:

  1. Me absorves y me metes en tu pelicula, que se siente confusa pero con muchas probabilidades de que cuando se aclare, seras una nueva persona, muy fortalecida y madura. Adelante guerrera, que esto apenas comienza!janetlucia

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  2. De admirar Aleja, que valiente que eres y con la ayuda de Dios vas a salir adelante, no dejes de escribir!!!Mucha fuerza y cuidate mucho. L. Duarte

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