| Yuztapox Magazine. |
Me quedé contemplando la escena desde el otro costado de la calle , no entendía nada. Miles de carros pasaban por la calle, ninguno se detenía. De pronto, escuché una voz detrás mío, tenía un tono muy tranquilo, cómo digo tranquilo, en realidad no sé si estaba calmado o si el tiempo se había detenido y todo pasaba lenta y parsimoniosamente), "Ya viene el Same (Sistema de Atención Médica de Emergencias)". Me di vuelta y pude comprobar que se trataba del vigilante de un parqueadero que se estaba acercando hacia donde yo estaba. La señora seguía repitiendo "Le dije que no se tirara, se lo dije".
Sentí un impulso que me obligó a pasar la calle. Casi sin mirar si se acercaba otro auto me apresuré a cruzar. Me paré frente a ella, le puse una mano en el hombro y mirándola a los ojos le dije "tranquila, tranquila que todavía respira". No tengo idea por qué insinué tremenda barrabasada si ni siquiera terminaba de caer en cuenta de lo que estaba ocurriendo. Sus ojos se dirigieron a los míos, estaban desorbitados y llenos de lágrimas, los labios le temblaban y sus fosas nasales se abrían y cerraban de modo abrupto cuando inhalaba y exhalaba. "¿Si? que alguien llama al Same, llamen al Same", cambió su repertorio de gritos, mientras seguía marcando números sin éxito en su teléfono de la tembladera que tenía.
En ese momento, salió un vecino del edificio. ¿Por qué gritan tanto? Al ver el cadáver al viejo casi se le salieron los ojos de los párpados, le brotaron como canicas. De inmediato empezó a marcar el número de emergencias en su celular. Pero ¿qué fue lo que pasó?¿por qué salto?-le preguntaba a la señora- No sé, estaba peleando con la novia. Yo le dije que no saltara, le dije, le dije.
Fue inevitable poner los ojos en la cara del muerto. Todavía sin entender bien lo que pasaba le analicé todo el rostro. Era moreno, de cejas poco pobladas, nariz aguileña, labios delgados, su pelo era fino y tenía rulos cortos. Sus ojos quedaron cerrados por el golpe y de la boca de salía un hilo de sangre espesa que fue invadiendo la vereda. Sus rasgos me transmitieron la sensación de que era un persona bastante problemática, rebelde y caprichosa, de esas que tratan de conseguir todo lo que ansía por medio de la manipulación y pueden desquiciar a cualquiera con sus exigencias. Tal vez me equivoque, pero eso sentí al verlo.
Me invadieron unas ganas incontrolables de vomitar. Abandoné la escena. Corrí, corrí, corrí como nunca tapándome la boca con la mano y las lágrimas deslizándose por mis ojos. En el camino al parque, donde todas las mañanas voy correr, me topé con un carro de la policía al que le hice señas para que se aproximara al lugar. Creo que ya me había percatado de todo. Lo que vi caer del edificio antes de pasar la calle era una persona, era él. Y si no me hubiera cambiado de acera unos metros antes, seguro este muchacho me hubiera caído encima. Pensé: Qué frágil es la vida.
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