¡ERES UN HIJUEPUTA! Después de esta frase uno suele sentirse el ser más mísero de este planeta. El odio comienza a correr por la venas, el objetivo es uno: acabar con la persona que lo dijo.De inmediato empiezan a gestarse en la mente mil formas de hacer daño. En ese momento se puede incluso escribir un manual de tortura en el que se detalla con minuciosidad las técnicas para destrozara esa persona. Arrancarle una a una las uñas, partirle los dedos, ponerle una bomba a su casa, matar a sus seres amados, armarse un video con las imágenes más crueles de su vida. Las más macabras ideas fluyen fácilmente.
Son pocas, o mejor, nulas las veces que uno se detiene a pensar qué hay detrás de esas palabras, son mínimas las posiblidades de detenerse, respirar, mirar al horizonte, dejar que el humo se disipe hasta que la mente se aclare para hacer una revisión minuciosa de lo ocurrido. Por el contrario, es más fácil situarse en el papel de víctima y desearle al otro que le caiga un rayo y lo parta en mil pedazos.
Es cierto que para una pelea se necesitan dos (por lo menos), también es verdad que en una discusión influyen factores externos, así como se requiere una alta dosis de intolerancia, impaciencia y un ego enorme. A veces es difícil darse cuenta pero, por lo general, uno mismo es quien crea toda la disputa, pues se enfrenta a puntos de vista diferentes que van generando malestar, el cual, al no encontrar un respiro, una palabra amable que pertenezca a nuestro imaginario, se empieza a transformar en insatisfacción, luego viene la rabia, que da paso a la ira incontrolable y termina convirtiéndose en una bomba atómica, en una verborrea odiosa.
Aunque la furia enceguezca y cause un sin sabor (o peor, un gusto amargo intragable), uno sabe cuál va a ser la gota que derrame el vaso, esa la palabra que va a terminar de hundir el clavo, la encargada de dejar una cicatriz imborrable en el corazón del otro. Y es precisamente ese momento cuando hay que parar, detenerse por completo y pensarlo una, dos, tres (las veces que sea necesario), para no tirar la primera piedra, esa que noquea de odio y deja paso al granizo de cólera.
Darle una vuelta a la silla, ir a tomar un té (porque la cafeína puede afectar más la mente), salir a hablar con alguien, lo que sea, la cuestión es soltar el gatillo, cambiar de panorama y tomar aire para poder bajar los decibeles, para evitar ser presa de la ira. No importa si se tiene la razón o no, lo más razonable es no dejarse seducir por el demonio del ego, que siempre va a buscar la satisfacción propia. Eso lo agradecerá el cuerpo y el alma al siguiente día. Cuando haya pasado la tormenta.

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