jueves, 11 de febrero de 2016

Diario de mi cáncer: la chica de los zapatos rojos

Not for rental- Yuztapox
Siempre que recibe una noticia sobre su enfermedad la chica de los zapatos rojos siente como si estuviera frente al mundo y éste rodara hacia ella pasándole por encima, haciéndole tronar cada uno de sus huesos, dejándola sin fuerza, cansada y agobiada.

Es verano y aunque el sol brilla su destello es incandescente y penetrante. Son días calurosos, confusos y largos en Buenos Aires y la chica de los zapatos rojos está sofocada y perdida, deambula por las calles sin encontrar un lugar dónde sentirse cómoda, tranquila. Opta por la calle, camina sin rumbo, no encuentra asilo en ningún corazón, sólo llora y anda con una carpeta naranja debajo del brazo donde carga cada uno de los exámenes que le han practicado desde octubre de 2015 y donde está el veredicto médico: Cáncer tipo Linfoma de Hodgkin nivel 2 con un pronóstico de una cirugía para hacer una biopsia a la médula ósea e insertar un catéter portal para infiltrar los medicamentos de la quimioterapia  ABVD que recibirá durante 6 meses.

¿Por qué yo? ¿Y si no puedo? ¿Y si el tratamiento no funciona? ¿Para qué luchar? ¿Por qué seguir? Un brisa cálida la golpea por detrás, la envuelve mareándola, haciéndola flaquear. No sirve de nada hablar por teléfono porque las palabras no acarician, no cruzan la pantalla, no abrazan, no son garantía de nada, no son compromiso, no son sostén. De hecho, las palabras son ahora acusaciones, reclamos, desprestigios, ira, incomprensión, miedo de los que creía que la amaban.

La chica de los zapatos rojos no entiende nada, sólo camina y llora; las lágrimas le rasgan las mejillas, no existe nada adelante, no hay nadie, sólo hay fuego en este infierno, miradas indiferentes, dolor, soledad, desesperanza. Y bueno, hay que asumir la vida, las decisiones tomadas.

Como por inercia llega a la clínica donde trabaja hace casi 3 años. No se saca los lentes, entra como alma en pena, en realidad entra como está ella en su interior con el alma y el corazón en pena. Su compañera de trabajo grita desde una de las oficina si está bien mientras atiende a una mujer que le pregunta insistente si su tratamiento le va a quitar la celulitis del culo. La chica de los zapatos rojos escucha la conversación desde el baño, alza la mirada y se dice mirando al espejo: para de comer y verás como se te quita todo, gánate un cáncer y verás como dejas de pensar en comida, dale a quien creías tu gran amor todo para que en el momento que más lo necesitas se ponga por delante y te abandone. Su cara se deforma por las lágrimas. Su compañera vuelve a gritar: ¿Estás bien?. Bien jodida, responde entredientes.

La chica de los zapatos rojos se arranca a trozos su rostro, los tira en el lavamanos, los remoja con agua, les pasa una toalla de papel y los vuelve a pegar con saliva sobre sus músculos. Sale del baño y se va a la recepción. Con cara de nada saluda a la maniática de los muslos perfectos quien le da un beso en la mejilla y le dice estás divina. Sonríe y cierra la puerta. ¡Qué atrevida es la frivolidad!

¿Ahora sí, qué pasó?, pregunta su compañera, la rubia, esa misma que veía como una persona distante pero que los próximos días se convertirá en su madre, su confidente, su traductora, su polo a tierra; la misma que unos años atrás, cuando le preguntó su edad en la entrevista de trabajo, le dijo: Gordi, todavía te falta mucho por llorar.La chica de los zapatos rojos le cuenta a la rubia acerca de su diagnóstico, le dice que su vida está patas arriba, que está sola en su casa desde hace cuatro días por una discusión que parecía una de tantas peleas de pareja pero que con las horas,el fuego, las intromisiones, la verborrea, el egoísmo y el miedo, el maldito miedo, se convirtió en una batalla campal.

Mientras le hablaba a la rubia la chica de los zapatos rojos recordó una tarde cercana. Él estaba tirado en la cama sin ganas de nada, con la mirada perdida y uno de sus brazos sujetando su panza desnuda. ¿qué pasa? le preguntó ella. Nada, estoy preocupado por la situación. Calla. Ella toma su rostro barbudo y punzante entre sus manos y busca sus ojos, los que una noche de invierno de 2012 la recibieron en el aeropuerto de Ezeiza y le pidieron que se quedara para siempre a su lado, los mismos que tras una pantalla de computadora la convencieron de dejarlo todo atrás para ser cuatro luceros iluminando las noches, esos que ya hoy no están y dejaron un hoyo negro en su alma, quizá peor que el cáncer. No es obligación que estés, puedes salir de esto cuando quieras, sé que te sobrepasa tanto como a mí. Él la abrazó y le dijo, esta lucha la peleamos juntos.

La rubia llora con ella, le roza vagamente el brazo y promete cocinarle algo para que se sienta mejor, como si la comida fuera garantía de felicidad. La rubia no cocina, en realidad no le gusta cocinar, baja a una confitería para traerle un par de tostados y café. Mientras tanto la chica de los zapatos rojos se tira en un sofá. Los teléfonos suenan sin parar, pero ella no los escucha, su mente no está clara, la boca del estómago le duele, sienten que sus costillas se le clavaron en los pulmones y tiene tanto moco en la naríz que el aire que pasa por su fosas es ínfimo, está contaminado de veneno.

Ahí, echada en el sillón de cuero reconoció: tuve rabia, tuve miedo, quería llorar a mis anchas mi dolor, quería vomitar la ira que me enfermó, quería poner frente a mí mis frustraciones y cuestionarlas, quería buscar la raíz de la mierda que se reprodujo en mi pecho y mi garganta, quería decir lo que callé, quería gritar por mi impotencia, por mi insatisfacción, por mi soberbia, por mi ira, por la lujuria que durante años permití que se apoderara de mi cuerpo, por la avaricia,la envidia, la gula. Quería enfrentarme a mí misma de una vez por todas y acabar con ese ser que me condenó y enfermó. No podías negarme esa libertad, no podías vivirlo por mí, este mi castigo y mi pena. Esta es una batalla mía.

La chica de los zapatos rojos sigue en shock, respira rápidamente, hiperventila, se tuercen sus manos. Necesita salir corriendo, encontrar asilo. Sí, hubo problemas; sí, no éramos perfectos; sí, discutíamos porque había que pintar el techo, porque teníamos modos diferentes de pensar, caminos diversos de llegar a un mismo objetivo, pero siempre hubo corazón. ¿Tan malo fue? Sólo necesitaba respirar que me dejara caminar a mi ritmo, que me dejara buscar mis propias respuestas, que estuviera tranquilo, eso, era tranquilidad lo que necesitábamos, no esta bomba atómica que destruyó todo.

Encogida en esa cama prestada lamenta su pérdida. Ahora que la chica de los zapatos rojos perdió el segundo comandate de su lucha hace todo por inercia, se siente intrusa en un espacio que no es suyo, en un hogar quebrado al medio, lleno de objetos y recuerdos y vacío de espíritu. Ella lucha por mantener el nido unido en medio de una tempestuosa oscuridad que amenaza con llevarse su alma, con devorarse su cuerpo entero, con dejarlo podrido tirado en el suelo. Mientras tanto ella pone su fe en la nubes esperando que el sol vuelva a ser cálido y no incandescente.





   

miércoles, 3 de febrero de 2016

Diario de mi cáncer: Radiactiva por un día

dailymail.co.uk
Veintiseis de enero, el gran día, el día del PET, el examen que determinaría en qué nivel está el cáncer. Me desperté de un salto. Agarré preocupada el celu pensando que se me había pasado la hora y cuando me fijé ni siquiera eran las 7 de la mañana. Como siempre me visitó el pensamiento que tengo cada mañana desde que me entregaron la biopsia: Cierto que tengo cáncer, y comienzo a navegar por un océano de ideas. Algunos días pienso en si se me va a caer el pelo, otros días me imagino cómo me veré pálida y ojerosa trabajando en una clínica que vende belleza, otros días pienso qué nivel de cáncer tendré, en si pospongo o no la maestría, algunas ocasiones me asusto, ¿Y si llego a ser ese 10% que no supera el linfoma?

Pasado el momento de reflexión matutina ansiosa, rezo una oración que me enseñaron en el Carmelitas, el colegio de monjas donde pasé toda mi infancia y adolescencia: Señor, en el silencio de este día naciente, quiero pedirte la paz, la sabiduría y la fortaleza, quiero mirar al mirar al mundo con los ojos llenos de amor para ser dulce, compresiva y buena, ver a tus hijos, mis hermanos más allá de las apariencias como tu los ves, cierra mis ojos de toda maldad, guarda mi lengua de toda calumnia, que sólo los pensamientos que tu bendices moren en mi espíritu, que sea tan buena y tan alegre que todos los que se me acerquen sientan tu presencia, revísteme de ti mismo y a lo largo de este día yo te alabaré. Amén. Se calma un poco la mente. No sé si algo de lo que rezo se cumple o surte efecto en mí, a veces pienso que no porque actúo como los animales o tal vez no tengo la suficiente fe o mi mente aún es tan limitada que no comprende la magnitud de lo que es Dios (creo en Él, llámenlo como lo llamen).

Pegué un brinco de la cama y puse a hacer el mate, sólo podía tomar café, te o mate sin nada de azúcar.Volví a la cama mientras hervía el agua y me quedé pensando un rato más. Otra vez canalización, otra vez agujas, espero que no me duela mucho cuando me pinchen, que el líquido no me ponga débil. Me parecía fascinante y a la vez espantosa la idea de estar radiactiva por un día, pensaba que la gente se iba a marchitar a mi paso, de que podría lanzar rayos, hasta creí poder volar y quebrar el piso o inmensos bloques de cemento, al estilo de Hulk. Voy a ser una super héroe hoy.

Sonó la tetera y salí corriendo a apagarla. Le puse un poco de agua fría al termo para bajarle la temperatura al agua y bebí un par de mates antes de meterme a la ducha. Estaba muy optimista ese día. Como me levanté temprano me tomé mi tiempo en la ducha, sentí el agua fría recorriendo mi cuerpo, mis manos enjabonadas deslizándose por las piernas, los brazos, el estómago, me abracé, sentí emoción de estar viva. Cuando todo esto pase quiero celebrar mi renacimiento en el mar, no sé en qué playa o en qué lugar del mundo, pero seguro voy a hacerlo. Tenía unas ganas locas de experimentar la braveza de las olas sacudiéndome, la libertad de flotar, de dejarme llevar por el agua fresca, la sal, el sol, la arena, de mezclarme y ser una con el océano.

Salí del baño, me sequé,  me embadurné de crema y, empezaron los síntomas, comezón en la piel, siempre que salgo del baño me da. Al principio me rascaba como una desquiciada y me dejaba las uñas marcadas, ahora soy un poco más suave. Canto un mantra y me sobo las piernas y los brazos, Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna, Krishna, Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama, Rama, Hare, Hare. Las acaricio, trato de no perderme en la molestia. La molestía es sanación, sáname, hazme comprender, le pido.

Pasado el momento de crisis, me puse las pilas y a seguir se dijo.Planché el vestido que me quería poner, me maquillé, me peiné, alisté los estudios anteriores, los documentos que tenía que presentar y salí.  Y regresé, esta vez por unas medias y un saquito por si me daba frío. Al final salí, con tiempo.

Era una día precioso, soleado, hacía un poco de viento fresco, el clima y el sol me recordaba las mañanas de Cúcuta . Me tomé el colectivo, estaba feliz porque no salí apurada y en taxi, esta vez lo hice mejor.

Al llegar al centro de imágenes estaba mi amiga alias "Lorenza" (cuyo nombre real es Lorena, pero yo creo que se equivocaron en su denominación de origen, de hecho tengo la manía de cambiarle los nombres a la gente porque me parece que no le pegan con su personalidad). Ella como siempre tan puntual me estaba esperando sentadita. Hice todo el trámite administrativo para que me realizaran el PET y me senté a esperar con ella, luego el médico me midió y pesó, hizo una breve encuesta de salud y me dijo que el aparato estaba tildado, que iba a tener un rato de espera. Y sí, esperé hora y media. Cada tanto volvía la mirada a la ventana, para ver la gente pasar, esperando un milagro, creo.

Finalmente me llamaron y me llevaron a un cuartito con un sillón y una mesa sobre la que descansaba una bandeja con un jugo tipo Tang, en la pared había una tele. Y llegó el momento de ponerme radioactiva. Infiltraron en mí el líquido o radiosonda, empecé a ir cada 10 minutos a hacer pis, luego volvía al sillón y me distraía con una de mis comedias favoritas de Robin Williams, La Jaula de la Locas. Reía y me impresionaba verme el canal para infiltrarme clavado en el brazo.

Ese momento de encierro en un espacio tan reducido, sin la posibilidad de moverme me hizo reflexionar sobre la libertad, la cual, creo que sólo se tiene cuando hay salud, salud mental, física y espiritual. Porque se puede tener libertad de moción pero estar atado a una idea, un sentimiento, a la ira o un pasado que impide progresar, volar, respirar, vivir, y que lo mantiene a uno deambuando sin rumbo ni objetivo motivado por la ira, el deseo desmedido y el desequilibrio, esa es una fuente de intranquilidad.  Es necesario dejarlo ir ese obstáculo mental pero para que esto ocurra primero es necesario reconocerlo, tener la consciencia necesaria para aceptar que algo que no está bien en el interior para después sanarlo, perdonar y dejar ir;  sólo de este modo se encuentra la felicidad, una vez que esta llega ya nada ni nadie podrá perturbarla.

Terminó la espera y entré dentro del aparato enorme acostada en un camilla. Yo me imaginaba que estaba siendo insertada en un cohete (quise pensarlo así para relajar un poco, para no estar preocupada por si el cáncer está en varias zonas de mi cuerpo). Me imaginaba siendo Sandra Bullock en Gravity o Anne Hathaway en Interstellar cuando pasaban por los estrechos pasillos de las naves haciendo maniobras para llevar a cabo sus misiones y salvar su vida. Y sí, yo estaba entrando a esa "nave" para salvar mi vida y cumplir esa misión que tengo en el mundo. 

Hicieron rodar círculos alrededor de mi cuerpo, se prendieron luces, tomaron las imágenes y listo, para afuera. Eran las 14 horas cuando pude comer algo y ver la carita de la linda Lorenza esperándome para que le contara los pormenores del examen.

Salimos del centro de imáneces y ahí vino lo feo de esta etapa. Avisé a mi familia que me había ido bien y estuve próximos dos días yéndome por el inodoro, tirada en la cama sin ganas de nada, comiendo poco y viendo cuanta película de cáncer encontré online, purgando la radiactividad.

De eso se trata esta enfermedad, de purgar y purgar culpas, insatisfacción, sentimientos, actos, palabras, omisiones y decisiones. Aquí nadie te puede acompañar o ayudar, es estar frente a frente con tu propio ser analizándolo, limpiándolo, haciéndole retoques. Es como cuando caes de tu barca (donde tenías todo el confort) en el mar abierto en medio de una tormenta, a veces te ahogas y cada tanto sales a tomar un poco de aire para continuar nadando hasta la orilla.



 






lunes, 25 de enero de 2016

Diario de mi cáncer: En búsqueda de la esencia

Alex Garant's- Yuxtapoz
La semana pasada no ocurrió mucho, sólo me autorizaron la orden para hacerme el examen, el PET, el que va a determinar dónde está localizado el cáncer. Fueron días largos, muy largos, las horas pasaban como cuando era niña y vivía en Cúcuta, esas tardes calurosas y eternas en las que le rogaba a mi abuela Pachi que me llevara a jugar con los niños del asilo Andressen para quemar las horas hasta que llegara mi papá por Isa y por mí.

El lunes 18 entré a trabajar, me sentía torpe, lenta mareada, con letargo, tal vez son los 30  y tantos grados que hacen en Buenos Aires, me decía, sin embargo, no sólo el calor influía, mi cuerpo de a poco empezó a reflejar los síntomas. Calor extremo, luego frío paralizador seguido de una sensación de decaimiento, como cuando uno está insolado, a veces aparece la tos, mucho cansancio, mucho sueño, mucho tiempo para pensar y recapacitar.

Sí, he pensado mucho, he sentido mucho, he reconocido diferentes patrones de actuación. Es como si estuviera ordenando mi closet, un espacio viejo y olvidado en el que guardé recuerdos, experiencias, amores, desamores, felicidades, tristezas, dolores, alegrías, palabras, promesas, juguetes, cartas, libros, canciones, olores, y esas inolvidables esquelas de los 90 en las que uno escribía.

Al abrir este clóset lo primero que salió fue olor a guardado. Guau, cuánto tiempo ha pasado sin abrirte, le dije parada frente a él. Y empezó la faena, no sabía en realidad si estaba buscando algo o si quería sólo ver qué encontraba, simplemente me puse en la tarea de explorar, sin guantes, todo a mano limpia, estaba dispuesta a ensuciarme a penetrar ese profundidad de ese ser.

En medio del desorden, muy muy en el fondo encontré un frasco, era hermoso, estaba decorado con flores y lazos de colores lavanda, rosa, amarillo claro y verde menta, tenía unos pequeños adornos de estrellas y corazones que estaban a tono con el resto de los elementos. Decía: Esencia. Estaba lleno y como toda esencia era aceitosa, ni líquida ni espesa, era azul su color. Mientras lo sostuve entre mis manos lo sentía caliente (dicen que cuando sientes calientes las cosas que tienes entre tus manos es porque son especiales para ti, te brindan una especie de protección). Lo abrí y despidió un aroma increíble que me llevó a diferentes situaciones de mi vida.

La primera fue cuando tenía un año, era la noche del  año nuevo, 31 de diciembre de 1984. Isa estaba en su cochecito, toda vestida de blanco, lista para ir donde mis abuelas a celebrar. A mí también me había puesto un vestido blanco con una cinta rosa. Toqué la cinta de mi vestido, se sentía suave, sonreí. Luego me asomé a ver dentro del cochecito, ahí estaba Isa, tan chiquita, tan pelada, tan indefensa. Me acerqué y quise tocar uno de sus regordetes dedos gordos del pie. De repente se escucha una voz a lo lejos: Coco, coco, cocodrilo. Era mi mamá quien me advertía desde la habitación de no hacerle daño.

Olí más profundamente y esa segunda aspiración me llevó unos años más adelante a un enero de 1989 en Salazar de las Palmas. Estábamos alojados en un hotel frente al río con mi familia: Trina, Julián, Isa y yo. Ese día había hecho mucho calor, el sol nos había tostado la piel mientras estábamos sobre esas enormes piedras grises del río. Eran casi las 9 de la noche, acabábamos de cenar, Isa y mi mamá fueron a la habitación y yo me quedé con mi papá. De repente se fue la luz en todo el hotel. Quedamos iluminados por el destello de la luna. Estaba llena, cubierta por nubes leves, casi transparentes, era la típica luna de cuando aparece el hombre lobo. Pero el que apareció no fue el hombre lobo, sino uno más especial. Ni bien se fue la luz mi papá tomó mi mano y me dijo: te regalo la luna, me sonrojé y nos quedamos contemplándola no sé cuánto tiempo, fue tan perfecto que no importa. Esa fue la noche más romántica y hermosa de mi vida.

Con el poco aliento que me quedaba volví a aspirar, esta vez muy profundo. De pronto, estaba en la cama actual de mi papá y mi mamá, la de Cúcuta. Era de mañana, no hacía calor, el clima era agradable, dos de los cuatro gatos que tienen estaban sobre la cama. La radio despertador de mi mamá sonaba y ella iba y venía por la habitación vistiéndose y mientras pensaba en voz alta: Hoy tengo que pagar los sueldos de las viejas, mandar a consignar lo de Seguros del Estado, pedirle a Anita (la mensajera) que me busque los zapatos que me mandó a arreglar, ir a misa ¿me vas a acompañar a ir a misa? sonrío. De pronto grita, ¡Cámen! ( la empleada, qué digo empleada, la señora que cuida nuestro hogar desde hace más de 20 años) ¿qué hacemos para el almuerzo? .Después me mira y canta "Cierra la puerta ven y siéntate cerca que tus ojos me cuentan que te han visto llorar..." Yo, desde la cama sólo la miro, la miro y percibo su aroma, la miro y río, la miro y me sorprende cómo puede estar en todo, la miro y la amo.

Suspiro. Suelto todo el aliento, suelto todo. Recuerdo quién soy, de dónde vengo, recuerdo mi esencia. Yo no soy esa persona intolerante y resentida, yo comprendo el dolor ajeno; no soy competidora, yo comprendo las diferencias y disfruto del juego; yo no me preocupo por acumular objetos, yo estoy enamorada de la vida y de lo poco o mucho que traiga; yo, como hicieron conmigo, le puedo bajar la luna a una persona especial para que nos vayamos a recorrer el mundo juntos; yo estoy en todo, yo puedo todo, yo amo todo, yo comprendo todo, yo afronto todo con entereza, con paz, con sabiduría, con alegría, con confianza, con fe. Yo creo que el amor todo lo puede, que no se te olvide, que no se te olvide, Alejandra. Y cerré el clóset.

martes, 19 de enero de 2016

Diario de mi cáncer: Ibuprofeno para el dolor

Andrea Wan- Yuxtapoz Mag
El miércoles 13 de enero el cirujano de cabeza y cuello, quien me había extraído el ganglio para la biopsia, hizo oficial el diganóstico, tengo un linfoma de Hodgkin (ya lo escribo bien, no tengo que fijarme en internet si va primero la d o la g) en los ganglios del cuello. Al siguiente día, el 14 tuve cita con el oncólogo, quien me indicó un examen especializado para determinar qué ganglios están comprometidos y me derivó al hematoncólogo. Le pedimos (con Patricio) referencia de quién era el mejor.

Yo ya me había adelantado y había pedido un par de citas extra, también Patricio pidió turno con un médico que había salvado a una amiga suya de un cáncer de garganta. El oncólogo se resignó a darme las recetas del estudio y el turno con el otro especialista marcadas con un urgente y listo. El médico de Patricio fue más humano, me explicó todo el escenario.

Ese jueves el calor estaba más insoportable que nunca. Además el sanatorio al que voy queda en pleno Once, un barrio en el que comercian y conviven la raza judía, boliviana, peruana, senegaleza y dominicana. Venden en todos lados, en la calle, en las paredes, sobre mesas, manteles o cajas, hasta en las telarañas que tejen las arañas, en locales de distintos tamaños. Ropa, juguetes, zapatos, artículos de limpieza, de cocina, todo lo que se pueda imaginar y que es o no legal de comercializar.

¿Cómo fui al médico? enojada, acalorada, impaciente, con mil preguntas que al momento de hacerlas, ahí frente al médico, las olvidé por completo. Él fue quien más habló porque yo continuaba inmersa en el shock. ¿En serio voy a tener que pasar por agujas, dolor, enfermeras, me voy a tener poner esa espantosa cinta de micropore que te arranca el pedazo cuando te la sacas, los químicos, las ganas de vomitar, el desaliento?

El papel de Patricio es el peor de todos porque como estoy tan histérica y ansiosa todo me parece lento (vean este trailer, es de la última película de Disney, Zootopia https://www.youtube.com/watch?v=bY73vFGhSVk , lo explica muy claro), las recepcionitas que me dieron el turno (pobre María, me debe odiar: le grité mil veces ¡Qué parte de tengo cáncer no entiendes?), el tiempo que pasó para que el médico me llamara, el tráfico, el hecho de que al salir de mi casa noté que olvidé  todos los estudios y tuve que regresarme no una sino varias veces por uno más, Todo esto pasó pero aún así no fui capaz de admitir que no era yo sino que culpe al mundo. ¿Y con quién me agarré? con quien está a mi lado.

Pobre Patricio, todo lo que decía me parecía ridículo, que sobraba, insulso, menos importante. Me convertí (de nuevo) en un animal a la defensiva dispuesto a atacar y a dramatizar un culebrón (novela de origen colombiano, mexicano o venezolano en la que prevalece el drama y las sobreactuaciones de los actores).No me importó subir el volumen de mi voz, hacer un comentario por lo lenta o torpe que me parecía la recepcionista y el taxista, resoplé, suspiré, miré para arriba. Nada es suficiente. Tengo cáncer y quiero resolverlo ¡ya!

Esta es la etapa número dos: la actriz de telenovela de la tarde.

Pañitos de agua tibia
 
Tomar ibuprofeno para tratar el dolor de un cáncer es como calmar la ansiedad con aspirina, la apendicitis con buscapina o el sida con paracetamol, es tapar el sol como una mano. Si bien yo he sido afortunada porque los síntomas no han avanzado tanto y no son tan fuertes, hay una sintomatología paralela que no se cura con nada: El miedo.

El miedo a lo nuevo, a parar y cambiar la rutina, a hacer transformaciones reales en mi vida, a empezar a negociar conmigo, a dejar de hacer lo que quiero y poner mi vida en manos de otros. Aunque mi enfermedad es curable en un 90%, ese 10% no deja de asustarme, de convertirse en una parca que me mira desde lejos esperando a que mi alma deje el cuerpo.

Después de cuatro horas de escuchar a los dos médicos y de hacer autorizar por la obra social (EPS) la órden del estudio que debo realizarme, llegamos a casa . Yo era una Magdalena. Me postré en la cama a nada más que llorar. No tenía ganas de hacer nada, menos de ir al baño pues temía ver en el espejo mi cara desfigurada por las lágrimas.

Aparece entonces la etapa de la autocompasión . ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo de malo para que me pase esto? ¿En serio fui tan perversa como para ganarme uno de los más fatales padecimientos del siglo XXI? ¡No quiero andar con un pañuelo en la cabeza, ojerosa y pálida!

Y empezaron a desfilar en mi cabeza actos, recuerdos vagos iban y venían, situaciones, burlas, malos deseos, pensamientos macabros, venganza, odio, rencor, soberbia, delirios de grandeza, inconformismo, competencia, todos esos sentimientos que las religiones llaman pecados o culpas y que terminan transformándose en karmas, en el infierno mismo, en tu infierno. Son todas esas situaciones que en tenemos tan naturalizadas los humanos cuando estamos bravos, enojados o calientes.

Lloré, me arrepentí de muchas equivocaciones que cometí, grité, me dolí la cabeza, sentía como si estuviera insolada, como si me hubieran tirado un balde de ácido en la cabeza que poco a poca se la iba carcomiendo con dolor. No hay pastilla que mengúe tales sentimientos o que evite tenerlos. Ese es el karma y hay que vivirlo, es ahí cuando recordé que la fortaleza es la que debe prevalecer, pero no para llenarme de más rabia sino de fuerza para hacerme cargo de lo que hice en esta u otras vidas (creo fervientemente en que somos almas antiguas que han transitado por diferentes vidas, aquí en la tierra o incluso en otros universos, galaxias. Qué fanática de George Lucas!).

La vida en ese momento me decía: ¿Ahora sí te crees muy "machita", muy sabionda, muy mala? ¿No te parecía tan mala la vida en algunas ocasiones? ¿De qué te sirve todo eso? ¿Acaso pensaste que pisarle la cabeza a alguien para conseguir lo que quieres te traería glorias?. Y es necesario callar, callar de una buena vez, detener esa máquina imparable que es el cerebro  y escuchar lo que el corazón dice. Cómo metí la pata, mierda. Todo esto transcurrió mientras me revolocaba como un gusano.

¿Cómo no te va a dejar sin fuerzas una batalla semejante?

El guerrero prueba a su ejército

Golpeada por mis propias culpas y recuerdos me levanté ese mismo jueves a eso de las seis de la tarde con las pocas fuerzas que tenía y me encontré con que Patricio seguí ahí ¿por qué sigue aquí si fui una mierda, no debería estar odiándome? Esa pasividad me molestó.

Comenzó entonces la etapa de descargue en la que le reproché lo que hizo o dejó de hacer. Le recriminé, le grité, lloré, recordé situaciones que ocurrieron en el pasado en las que me hirió, se las saqué en cara . Dije todo y más. Luego me acosté en la cama un rato y regresé a continuar con el repertorio. Él sólo escuchaba, no sé si entendía algo de lo que me pasaba, sólo se quedó y escuchó.

En esa rabia con el mundo permanecí un buen tiempo, un par de días. Más vale estar solo y no tener ningún dispositivo electrónico o teléfono a la mano, ni nadie cerca porque el descargue va a ser implacable. Sin embargo, llegó el momento en que me di cuenta de que era yo quien estaba reflejada en el otro, en Patricio.

En realidad la rabia que sentía no era con él sino contigo misma. Rendida, agobiada y triste, regresé a la cama a recapacitar, a replantearte cuáles son mis prioridades en la vida, me di cuenta de algunas  que no eran las correctas y también que el camino que elegí sí era el indicado pero yo, la protagonista de esta historia, no lo estaba llevando/actuando adecuadamente.

Reorganicé mis prioridades, fui honesta conmigo misma (¿qué quiero en realidad?), creo que me hice por fin cargo de mis errores y de mi vida. Y me dije:  Es hora de descansar, es lo que cuerpo, alma y mente me piden ahora.

Historias de vida 

Por estos días también hablé con personas que había tenido un linfoma y lo habían superado (es clave hacer esto). Les dejo algunas frases que me marcaron. Al principio me sentí impactada con las historias, luego me fui acostumbrando a la idea.

Adriana (Cáncer de mama/Tía política/ Vive en Washington): "No te hagas la fuerte. El cáncer es cansancio acumulado y sentimientos reprimidos. Vive cada día profundamente y guarda energía para que el siguiente sea mejor).

Carolina (Linfoma de Hodgkin nivel 3/ Amiga de Patricio/ Vive en Santiago de Chile): "Yo anduve pelada. A veces me ponía un gorrito, pero la mayoría del tiempo andaba pelada." "Nada, pinta, canta, has algo que te distraiga, que te guste". "Mira la película 50/50".

Pablo (Linfoma de Hodgkin nivel 5/ Amigo de Patricio/ Vive en Bahía Blanca, Argentina): "Vos decidís si este año va a ser una mierda o si lo tomas con calma".



¿Qué hacer ahora?


  • Vivir cada etapa profundamente. 
  • Recordar que cada momento es una etapa que pasará. Así que no debo estancarme o pasarme de la raya con los comentarios sino perderé a mi ejército.
  • Cuerpo sano, mente sana >> ese es el objetivo.
  • Rezar, orar o meditar. 
  • Cuando pierda la esperanza y llegue la rabia me propuse rezar o cantar un mantra para liberar la mente. 
  • Pensar antes de hablar. Analizar detenidamente el origen de cada idea.
  •  Nada de excesos. 
  • Tomar una copa de vino, fernet o cerveza de vez en cuando y con gente sube el ánimo. 
  • Aceptar todas las invitaciones de mis amigos.








miércoles, 13 de enero de 2016

Diario de mi cáncer: "Dile linfoma no cáncer, así no te traumatizas"

"Vanegas Cabrera Maria, ya puede retirar su biopsia número 160.258. Anatomía Patológica" Decía el mensaje que me avisa que, después de una espera de más de tres semanas y de tres meses haciéndome exámenes de sangre y estudios, podía retirar la biopsia del ganglio que me sacaron el 16 de diciembre de 2015, sí, a 16 días de acabar el año, un año vertiginoso, tanto como la ciudad que habito.

Antes de ir por el resultado tuve mi acostumbrada sesión de terapia psicológica del mes. El dr. Feld me había encontrado mejor, eso me dijo después de mi descargue catarsico que incluyó el relato de la espera de la biopsia y una segunda espera mucho más dulce de la que no quiero entrar en detalles (algo me tengo que guardar).

Al despedirme de ese viejito canoso que me escucha atenta y pacientemente durante cuarenta minutos, le aseguré que el próximo mes, en febrero, le traería buenas noticias. Sin embargo, treinta minutos después y dos combinaciones de subte de por medio, el resultado que sacaría de ese sobre de papel no fue nada alentador: Perforación y proliferación de células en el tejido que se derivan de la enfermedad de Hodgkin del tipo ecleronodular.¡Vaya forma larga de llamar un cáncer!

Quedé culo pa' arriba. Enfermedad de Hodgkin, enferfermedad de Hodgkin ¿dónde he visto ese nombre? Me preguntaba. Todo iba como en cámara lenta. Desorientada, marqué el botón del ascensor para que me sacara de ese hondo subsuelo donde está enterrado el laboratorio de anatomía patológica, no sé ni qué botón toqué, el caso fue que cuando vi luz bajé y corrí a un sillón a tomarle una foto a la biopsia.

Temblando se la envié a dos amigas que son médicas y a mi cirujano. Mientras me respondían seguía tratando de acordarme dónde había escuchado o visto esa palabra, porque una cosa es escuchar y otra es ver las palabras, cuando las vez se te queda grabado el momento en que las observaste. Recordaba incluso el papel del libro y el tamaño y tipo de letra.

Las tres personas a las que envié la foto vieron el mensaje pero no respondieron. El tiempo era eterno. A mi lado había una nena llorando y su madre la retaba, le decía que estaba en un hospital y que no se podía comportar así. Yo estaba casi sin aire, me costaba respirar, me dolían las manos. ¿Dónde carajos vi eso? Enfermedad Hodgkin.

De pronto, entró una llamada a mi celular, Era Stefanía, una de mis amigas ¿qué digo amiga? una compañera de vida, Aleja, no sé cómo decirte esto. Se cayó. Stefa, yo sé que es algo malo pero dime qué tan grave es, sólo quiero saber eso. Ella hizo bien, me respondió: es el más light de los cáncer, es tratable, uno de los más curables, el 90% de los pacientes responden perfecto a la quimio.

Yo me quedé con dos palabras: Cáncer y Quimio. No recuerdo el resto del discurso de mi amiga. El mundo, mi mundo, comenzó a desmoronarse, así, literal, aunque suene cliché es cierto, cuando recibes una noticia de esas no, mejor, cuando el trío "yo, cáncer y quimio" están en una misma frase te cagas todo. En serio, la segunda reacción fueron unas ganas de ir al baño incontrolables.

Stefanía seguía hablando del tratamiento, de la gente que había conocido con esa enfermedad, de lo "light" que era ese tipo de cáncer. Yo me paré y no sabía si salir corriendo hasta el río de la Plata o si ir al baño a desahogarme con el inodoro. Era como si todo alrededor fuera más grande que yo.Me había convertido en uno enano, un enano perdido en un bosque terrorífico.

Tengo Cáncer, ahora, ¿cómo lo cuento?

La llamada de Stefanía se cortó, así que entré a Whatsapp, le iba a contar a mi mamá. Al abrir el chat me quedé tildada. ¿Cómo le voy a decir a mi mamá que tengo cáncer? Mierda, la mato. Bueno, a mi pareja, abrí el chat con Patricio y nada, estaba inmóvil. Son dos de las personas que más quiero en la vida, las que más me conocen, las que más me aman, ¿cómo les hago este daño tan grande?

No me salió más que enviarles la foto de la biopsia. A mi mamá le dije que le preguntara a mi padrino, que es médico, qué era. Me senté de nuevo en el sillón. Sonó mi celu, era un número raro, desconocido. Atendí y oh sorpresa, era el productor de un canal de tv, C5N, del que cada tanto me llaman a que opine de temas de narcotráfico.

Alejandra,¿Supiste lo del Chapo? Yo, en shock, por supuesto, le dije que sí. Dale, ¿te podemos sacar al aire?. Como continuaba en shock dije que sí. No tenía ni idea que lo había capturado por tercera vez ,de hecho me enteré en la introducción que hicieron los periodistas que me entrevistarían.

No recuerdo qué dije en la entrevista. Tengo algunos vagos recuerdos de las preguntas que me hicieron pero en realidad no tengo ni idea qué contesté. Mientras tanto a mi teléfono entraban otras llamadas que no podía atender y estaba tan pasmada que sólo caminaba por la calle sin rumbo. Vi una estación de Subte y entré. No sé porqué lo hice pero entré y me subí a un vagón.

Al terminar la entrevista me llamó mi novio, mal, llorando. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cuándo vienes a casa?. No sé, le dije y rompí en llanto. Le corté, no era capaz de hablar con él. De nuevo sonó el celu, era Stefanía. no sé qué hacer ni cómo decirle a la gente, me siento para la mierda; dile a mi mamá, por favor. Ella se negaba a darle la noticia,pero al final cedió.

Recordé que tenía cita para arreglarme las uñas, así que por inercia llegué a la casa de la chica, quien de entrada me vio los ojos llorosos y como buena caleña no tuvo reparo en preguntarme, ¿Y a usted qué le pasa, mija? Era a la primera persona que se lo iba a decir en vivo y en directo. No sé de dónde pero de algún lado salió una fuerza extraña que me permitió contarle todo sin una sola lágrima.

Creo que en ese momento, inconscientemente, empecé a aceptar la idea. Luego de tres horas y una larga charla con Elci, la chica de las uñas, me fui a mi casa. En el camino pensé mil cosas, entre ellas cómo decirle a mi novio, quien es escritor que cubre temas de fumigaciones con agroquímicos y ha hablado con varias personas que padecen este mal, era decirle que el infierno sobre el que escribe se le hizo realidad en su casa.

Pensé en volverme la hija de mil... más grande del mundo, así todos se alejarían de mí y no tendrían que sufrir conmigo el tratamiento, pensé, pensé y pensé hasta que llegué a casa, me lavé las manos, miré a Patricio a los ojos, nos caímos en la cama a llorar, De esta salimos juntos Alejandra, vos no vas a ser una enfermita tirada en la cama, eso te lo firmo.

sábado, 9 de enero de 2016

Diario de mi cáncer:Transformación animal

Martin Wittfooth-Yuxtapoz Mag
"A este mundo vinimos a aprender lo que no tenemos: paciencia" Me dice mi mamá mientras se queda viéndome con cara lástima, la misma que pone siempre que la llamo por skype a contarle una de mis acostumbradas crisis, esas que saltan cuando estás desocupado, o cuando estás muy ocupado y tapado de cosas, cuando la mente empieza a divagar por el lado oscuro, el del temor, las situaciones sin cerrar, los miedos, la incertidumbre, eso que no podemos controlar, el futuro.

Llevo tres meses esperando, sintiendo un dolor pequeño, mínimo pero continuo. Un dolor que no tiene origen físico de acuerdo con estudios médicos, un dolor que me ha enseñado lo que es la paciencia y los extremos.

He buscado respuestas en la medicina, en el chamanismo, en la iglesia, en los vedas, en el yoga, en los amigos, en la gente que conozco. Todos opinan pero nadie sabe a ciencia cierta de qué se trata. Algunos dicen que sufren un dolor o hinchazón en ese mismo lugar, en la garganta pero no le paran bolas, simplemente se acostumbraron a vivir con él. Yo no, como periodista y ser indagador que soy quiero llegar hasta el meollo de este asunto.

Hice de todo, me paré de cabeza en clase de yoga para cambiar mi perspectiva, tomé hojas de toda clase, una extraña bebida que tenía cuarzos y raíces, volví a darme un paseo por la olvidada cannabis sativa, me sacaron sangre mil veces para analizarla y hasta me extrajeron un ganglio que estaba inflamado, o sea que me operaron. Cuando mencioné que hice todo de verdad me estaba refiriendo a TODO.

Y aunque probé cuanta cosa se me pasó por en frente aún no sé qué tengo y sigo con ese dolor. Que buena forma de terminar un año y de empezar otro.

Los opinólogos dicen...

Mis compañeros de yoga aseguran que por ser en la garganta tiene que ser por visshuda chakra, el de las comunicaciones, "tenés muchas cosas para decir pero no sabes cómo hacerlo", me dijo la madre Paramadvaiti, una gordita simpática que es profesora de una sala para bebés.

Sí, quisiera mandar mucha gente a la mierda, a algunos de mis sentimientos a la mierda, a muchas situaciones a la mierda, a la impotencia a la mierda, al valor a la mierda, sólo que como vengo de una familia que siempre ha tratado de ser social, política y religiosamente correcta no lo hago. Tengo puesta una camisa de fuerza invisible.

Así que según Paramatvaiti tengo mucho para decir, pero no sé cómo expresarlas. La verdad puede que tenga razón, quiero decir todo lo que pienso, pero el "deber ser social" y protocolo internacional del comportamiento no me lo permiten si no terminaría siendo una loca de mierda, como dicen los argentinos. Y nadie quiere estar con una loca de mierda y yo no me atrevo a ser una loca de mierda de tiempo completo porque... upa, ahí salió!

¿Por qué no quiero ser yo? algo de mí no me gusta, no, un momento, muchas cosas no me gustan de mí. Soy posesiva, celosa, a veces amargada, analítica a morir, controladora, vengativa, inhibida, perfeccionista e histérica, me encanta ser el centro de atención, pero también detesto cuando las miradas se quedan mucho de tiempo sobre mí, cuando algo no me sale bien me transformo en una tigresa, así también como cuando tengo hambre, sed o frío, cuando algo no me gusta, cuando no se hace lo que yo quiero soy implacable, rayada, mala. Altruista, eso se llama altruismo. Soy también miedosa, desconfiada y estoy a la defensiva, eso me convierte de nuevo en un animal.

Bueno, así las cosas he descubierto que hay una parte animal en mí, ese lado carnal y humano que ata al ser a lo terrenal. En realidad eso ya lo sabía, de hecho, lo había dicho en terapia a lo cual mi psiquiatra me respondió, "bueno, no podés ser lo que los demás quieren", a lo que respondí: "doctor, pero yo no quiero ser lo que los demás quieren yo no quiero ser yo, lo que era antes".

Cuando llegué aquí a Argentina quería hacer un cambio total de mi ser, es decir, amanzar a la bestia, pero una cosa es decirlo y otra cosa es saber qué hago para domesticar ese lado animal y construir una nueva persona y descubrí que no se puede cambiar totalmente, hay una esencia del ser inmodificable.

Mi mamá me dice que la fiera se amanza  teniendo hijos, a lo que suma un problema más. ¿Yo en serio quiero carsarme o tener hijos ahora? No, en serio que no. La paso bien viviendo en pareja, siendo dos, trabajando, viajando, buscando quién soy yo, entendiendo quién es él, tratando de llegar a un punto medio entre la loca de mierda carnal y el alma bondadosa, sensible que habita en mí (en un espacio muy recóndito todavía).

No voy a negar que el reloj biológico se me mueve cuando veo publicadas en Facebook o Instragram las doscientas fotos que suben mis contactos de sus hijos o que los ojos se me ponen como un par de luceros cuando voy corriendo por la plaza y veo que sale una pareja de recién casados del centro comunal (aquí la gente se casa en esos lugares). Creo que yo e incluso mi pareja estamos en el mismo momento y ambos tenemos el mismo miedo del compromiso social.

Y aquí termino con lo que empiezo. Lo que tengo es miedo, miedo a no poder cambiar, a no encontrar ese punto medio que tanto busco, a no lograr lo que quiero, a ser buena, a dejar de ser brutal, a no tener el control, a la imperfección, siendo que no hay más armonioso que el "desorden"  propio, ese desastre que enseña, que forma pacientemente. "Aquí vinimos a aprender lo que no tenemos: paciencia"





martes, 15 de diciembre de 2015

Periodismo y Todología en la Ciudad de la Furia

La rutina siempre es la misma. Levantarme, dar un vistazo a las noticias, chequear el mail por si un buscador de trabajo arrojó una oferta cercana al periodismo, limpiar un poco la casa, buscar alguna noticia que pueda interesarle al Espectador, salir a correr, meditar un rato para encontrar paz mental , o mejor, para ser paciente. Hasta ahí van las actividades inamovibles que cada día de la semana combino con pequeños objetivos o proyectos que surgen como: redactar una nota que me pidieron de un medio, contactar periodistas en Chile o Colombia para ofrecerles información de una multinacional mexicana diseñadora de software para empresas para la que trabajo desde hace tres años o  escribir un trabajo de la Maestría de Periodismo que curso en la Universidad de Buenos Aires.  

En un momento paro para comer una fruta y para decirle a mi mamá por Skype que estoy bien y que siento que ya casi sale una mejor oportunidad laboral. Después, me embuto un sándwich o algo que sobró de la cena de la noche anterior, me baño a las apuradas y salgo corriendo para la clínica estética donde me desempeño como comunicadora-recepcionista-vendedora-cajera y a veces incluso, hago de psicóloga con las pacientes obsesionadas con su belleza.

Todo transcurre en una mañana que inicia a las 7.30, cuando me levanto a prepararle el desayuno y la viandita (o lonchera) a mi pareja para que no se vaya al trabajo con el estómago vacío a trabajar, y termina a las 13.20, momento en el que la máquina del colectivo 132 me cobra los $3.25 por llevarme a mi trabajo de base en la Clínica, ese que aunque no tiene mucho que ver con mi profesión  me permite entender la idiosincrasia argentina, iniciarme en el mundo laboral de este país y, de paso, solventar mi vida mes a mes en esta ciudad, que como mayoría de las grandes capitales del mundo, se torna más agresiva, competitiva y estricta con los extranjeros.

Son dos las facetas las que se unen en la vida de una periodista extrajera que llega a vivir a Buenos Aires. Se debe aprender a ser todo y nada a la vez, es decir, es necesario ser: ama de casa, pareja, periodista profesional, comunicadora social y relacionista pública, recepcionista, erudita, escritora, community manager de tu propia vida, empleada desempleada en tu profesión, opinóloga, además, debes tener olfato para identificar dónde están las oportunidades o la gente que puede ayudarte a dar ese brinco laboral. Todo sin olvidar que se es hija, sobrina, nieta, hermana y amiga a la distancia, relaciones que sirven de sostén en la vida diaria como foránea, aunque esas personas lejanas nunca lleguen a comprender esa vorágine en la que vives.

La siguiente faceta es la de coexistir con la máxima de que en Buenos Aires (o en cualquier otro lugar del mundo) no eres nadie. Es enfrentarte al anonimato total. No importa la trayectoria que tuviste en tu país de origen,  cuál es tu apellido, quién es tu familia ni cuánta plata tienen.  Aquí estás para rehacerte, madurar y encontrarte contigo mismo, con tu ser desnudo, ese libre de etiquetas, estado ideal que te permitirá construir una renovada identidad, ser una persona y profesional realmente independiente y autónoma. Ese anonimato y la necesidad de supervivencia son los que te van a exigir estar en constante alerta y, como se dice popularmente en Colombia, “medírsele a todo”.

        De Mariposa a Oruga



          A Buenos Aires llegué a vivir el 2 de noviembre de 2012 con tres maletas, un morral y  una hoja de vida bastante limitada para mí que soy excesivamente exigente, pero muy completa si se tenía en cuenta que había trabajado como redactora en El Tiempo y El Espectador, siempre empezando en ambos medios como pasante.
En Colombia tenía aquello que algunos designarían como “la vida perfecta”. Contaba un buen trabajo, era redactora comercial de El Espectador,  sección que me permitía no sólo escribir sobre una amplia variedad de temas sino tener contacto personajes relevantes del país y viajar; mi maleta estaba siempre a un lado de la cama por si me daban un viaje imprevisto. 


Aunque tenía una posición profesional que contaba además  con un crecimiento laboral casi asegurado, un día de 2011, cercano a mi cumpleaños número 27  en un evento de Intel que se llevaba a cabo en San José de Costa Rica, entré en una depresión total;  no podía creer que mi única felicidad era el trabajo, me sentía una persona sola, egoísta, no me gustaban muchas cosas de mí misma. Era como si me faltara algo, como si tuviera la necesidad de moverme de esa zona de confort que había gozado desde niña. Quería una transformación. 

Aunque tenía una posición profesional que contaba además  con un crecimiento laboral casi asegurado, un día de 2011, cercano a mi cumpleaños número 27  en un evento de Intel que se llevaba a cabo en San José de Costa Rica, entré en una depresión total;  no podía creer que mi única felicidad era el trabajo, me sentía una persona sola, egoísta, no me gustaban muchas cosas de mí misma. Era como si me faltara algo, como si tuviera la necesidad de moverme de esa zona de confort que había gozado desde niña. Quería una transformación.

Después de meses de buscar explicaciones a este sinsabor, encontré en la humildad de unos indígenas oriundos del Valle del Sibundoy (Putumayo) respuestas que en realidad estuvieron siempre frente a mí pero que mi mismo ensimismamiento y ceguera no me dejaban percatar. Mandé todo al carajo y  empecé a construir una nueva yo, una yo que quería volar, buscar nuevos rumbos, desafíos y ser más libre. Empecé a descartar dentro de mí conductas, patrones e incluso personas que no  me aportaban y me quedé con lo que me permitía ser mejor.

Di un vuelco total a mi rutina: comencé a hacer yoga los domingos, a meditar o al menos a hacer el intento, me inscribí en un diplomado de gastronomía los sábados, cambié mis amistades, dejé de salir tanto de rumba e inicié la respectiva mutación a lo que se conoce como adulto contemporáneo.

Un día de agosto de 2012, posterior a un viaje a Buenos Aires en el que vine a ver a mi pareja,  decidí que este sería el escenario en el que esta nueva yo empezaría su vida. Hablé con Fidel Cano y le pedí ser corresponsal del diario en Buenos Aires, reuní mis ahorros, le pedí a mi hermana que vendiera todas mis pertenencias del apartamento que compartíamos por 11 años, sin mirar atrás le dije adiós a lo que tuve y fui. Dos meses después, en noviembre del mismo año, estaba en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, feliz con mi reducido equipaje y todo un camino por andar.

Hoja de vida reducida a bachiller


Los primeros meses era una turista de Buenos Aires. Disfrutaba yendo a hacer los trámites de mis documentos e indagando más sobre mi faceta de chef amateur y ama de casa, la cual nunca había ejercido en Colombia porque siempre conté con la suerte de tener dinero para pagar una empleada.  A los dos meses encontré un teletrabajo en comunicaciones, consistía en laborar para una agencia contactando periodistas de todo Latinoamérica y Estados Unidos. 

 Este trabajo fue el primer paso en ese desconocido mundo de las comunicaciones, el cual, con el tiempo comprendí que ese aspecto de chupamedias no iba conmigo. Estaba acostumbrada a que me chuparan las medias a mí. Estuve seis meses en esa compañía hasta que llegó la hora de que me contrataran. Por su puesto, hubo voluntad pero no recursos, entonces la dueña optó por decirme que no sabía en qué espacio de la empresa virtual ubicarme, después empezó a ponerle peros a todo lo que hacía. Al final, desistió de contratarme.  

Era la primera vez que me despedían de un trabajo.  Abatida y con el ego por el piso me juré jamás trabajar en comunicaciones. Me volqué a la búsqueda laboral en periodismo y me encontré con una sorpresa: mi hoja de vida era demasiado completa, es decir, tenía una vasta experiencia y lo que las redacciones buscaban era pasantes y recién graduados, maquinitas de producción con acento argentino preferiblemente. 

Me jugaba en contra el hecho de ser extranjera y de tener experiencia. Me deprimí un tiempo, sólo encontré refugio en mi papel de corresponsal. Con los pocos pesos que todavía me quedaban me hice miembro de la Asociación de Corresponsales Extranjeros de Argentina, que hacía eventos semanales.  Durante ese periodo la multinacional mexicana me contrató para llevar a cabo las comunicaciones de prensa en Chile y Colombia. También abrí un blog en el que plasmaba la frustración, la añoranza de mi país, de mi vida de periodista acomodada y de sentimientos que surgía como el miedo a no tener piso económico.

Pasaron dos meses y seguía sin encontrar nada en periodismo. Así las cosas, tuve reformar mi curriculum, recortarlo y reducirlo prácticamente a bachiller. Y en un par de semanas, una conocida me dijo que una amiga suya se devolvía a Colombia, entonces su trabajo de recepcionista en una clínica de cirugía estética estaba vacante. Lo dudé, lo dudé mucho.  Pensaba: ¿Estudié y trabajé tanto para ser una secretaría?, ¡Y de una clínica estética! (poco comulgaba con la idea de idolatrar la belleza, consideraba que era para gente hueca). Era como si estuviera pagando un karma.

Dos días después estaba sentada en la recepción de la clínica, aconsejándole a señoras, señoritas y adolescentes tratamientos para verse lindas. Con el pasar de los meses empecé a conciliarme con mi rol y descubrí que era mucho más que simplemente hablar de belleza. 

Aprendí y sigo conociendo mucho sobre contabilidad, el trato y atención de la gente (a eso lo puedo llamar relaciones públicas), manejo de las redes sociales de la clínica, cada tanto tengo que hacer informes de marketing sobre la competencia y sobre la misma empresa, y lo mejor de todo, es que como es un trabajo de medio tiempo tengo un espacio en la mañana para salir a correr, meditar, buscar incansablemente un trabajo en periodismo, dedicarme a hacer las comunicaciones de la empresa de tecnología, escribir en mi blog e ir a las clases de mi maestría, leer, a veces también me llaman de los noticieros de televisión para que les aporte mi visión sobre alguna noticia del desconocido mundo del narcotráfico, sin dejar de ser nunca una ama de casa, una pareja y una mujer que le gusta verse bien.   

De este modo y con esta vorágine imparable de acciones,  he desarrollado poco a poco la capacidad de ser polifacética, una persona disciplinada y más organizada que no puede descuidar ninguna actividad, dado el caso la balanza se puede descompensar y se corre el riesgo de desequilibrarse y darse un golpe del que puede costar levantarse o perder un trabajo. No digo que nunca me he equivoco, al contrario, me pasa muy seguido, pero el ser extranjera también me ha enseñado a pedir ayuda y a escuchar consejos. 

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