lunes, 23 de mayo de 2016

Diario de mi cáncer: Superé el cáncer, ¡soy un milagro!

Por:Trina Cabrera Peñaloza



Necesitaba escaparme del mundo. El domingo 14 de mayo decidí hacer un retiro, al menos virtual, de todo y concentrarme en mí, en todos esos aspectos de mi personalidad y mi ser que habían quedado rezagados. Hice una introspección profunda, revisé cada rincón de mi cuerpo y el alma, analicé cada célula, cada átomo, partícula ¿la razón? el miércoles 18 de mayo me practicarían el segundo PET, el examen que determinaría cómo había avanzado el tratamiento o si estaba haciendo efecto.

No lo niego, estaba muerta del susto. Era como cuando tenía el parcial final más importante de la universidad, sólo que esto no se trataba de la academia, lo que se jugaba era mi vida. Adriana, mi hematóloga, me había dicho la semana anterior:

-Ale, puede que todo vaya bárbaro y que hayamos erradicado buena parte de las células malignas, como puede que la quimio no haya hecho efecto y la enfermedad haya avanzado.

Me había esforzado mucho para esta prueba, había meditado, reflexionado, llorado, sobre cada evento de mi vida, me había "dado latigazos" (no literalmente) por mis culpas y había también reconocido mis fortalezas, incluso llegué a pedir perdón públicamente ¿Qué podía salir mal? Además, físicamente me sentía muy bien y, según me habían dicho mis amigos más cercanos, me veía increíble, no parecía que tuviera esa enfermedad que a muchos los deja de cama y sin ganas ni de vestirse.

Un largo y bendito proceso

Los días posteriores a las quimio pensaba mucho, analizaba con detenimiento las situaciones que había vivido en cada década, algunos días sentía mucha tristeza por palabras o actos que no debí cometer, en otras ocasiones me sentía feliz por los logros que había alcanzado, por la buena vida que me habían dado mis padres así como por el amor incondicional de mi familia (aunque a veces me resulte un poco asfixiante).

Durante la enfermedad, nunca dejé de trabajar, de escribir, de ir a la facultad a cursar mi maestría de periodismo (que me tiene leyendo como loca y a modo error- prueba con la tesis), de hacer los quehaceres de la casa, de compartir con mis amigas y amigos, de hecho, me di cuenta de quiénes eran las personas que en realidad me querían y que jamás pensé que en un momento como el que pasé me hicieran sentir tan fortalecida. Fue como si hubieran bajado ángeles del cielo a acompañarme, aconsejarme y a aguantarme el modo en que le daba vueltas y vueltas al mismo tema hasta que por fin lo soltaba y dejaba de sentir culpa o felicidad por haberlo enfrentado como lo hice.

También comprobé que tengo un organismo privilegiado y muy resistente. Había escuchado historias espantosas de los días posteriores a la quimio, sin embargo, para mí no fue más que hipersensibilidad a los olores, la susceptibilidad (veía una persona en la calle, lloraba como Magdalena y pretendía llevármela a mi casa) y un cansancio crónico tres o cuatro días después del tratamiento (parecía que hubiera corrido una maratón); eso fue lo que me pesó.

Eso sí, psicológicamente esta cabecita no paraba. Lo bueno fue que pude hacer las paces con mucha gente, reencontrarme con grandes personas que se habían quedado en el pasado y, lo mejor de todo, pude llegar a una tregua conmigo misma.

Hubo relaciones que cerré, que reparé y otras que simplemente no, ya sea por la otra parte o porque tal vez aún no es el momento, siempre tuve la buena voluntad de acercarme, pero bueno, ¿qué hacemos? hay situaciones y personas que necesitan más tiempo, entonces no hay más que hacer que aceptar al otro tal cual es, amarlo, enviarle luz, amor y soltarlo. Será el tiempo y el destino quiénes decidan cómo y cuándo llegará la armonía y la reconciliación.

Aprendí que hay circunstancias que se nos salen de las manos y por más que insistas no vas a poder solucionarlas. Es como cuando tu celular está tan viejito que ya no resiste una actualización más y no puedes seguir pidiéndole que se renueve; está roto o antiguo y así se quedó, sólo puedes agradecerle por la función que cumplió en tu vida y despedirte con gratitud.

También comprendí que de la rabia, la ira, el odio no queda más que el resentimiento, heridas abiertas, lo cual te condiciona a estar atado al pasado. A pesar de lo negra que parezca la noche, por muy fuerte que sea la tormenta, la ofensa, por mucho escarnio que hayan hecho de ti o por insolente e incomprensivo que te parezca el otro, las cosas debían ser de como ocurrieron y no había mejor otra forma posible de que pasaran, entonces, la mejor solución para el alma es perdonar, absolver y dejar ir en paz los sentimientos, sólo de este modo te encontrarás viviendo cada día libre y con una sonrisa.

Otra cosa más, amar lo que eres y haces, por duro que sea tu trabajo, por poco que tengas o pesada que sea tu carga, ámala, acéptala y agradece por lo que tienes, por levantarte todos los días y estar en una cama cómoda, por tener un techo, salud, alguien con quien compartir un café con galletitas, contar con comida, una labor digna, un sueldo y compañía es oro y poesía en esta existencia.

¿Completamente sana?

El miércoles 18 de mayo volví a embarcar esa enorme máquina que escanearía hasta el más mínimo corpúsculo de mi organismo. Esta vez entraba ahí a rendir lo que sería la prueba más importante de mi vida. Me acosté y me quedé profunda, estaba tan relajada y a la vez tan cansada de todo lo que había hecho (onda, incluso me fui para la ciudad de Rosario a ver al padre Ignacio, un cura Pakistaní que tiene mucha fama de ser sanador, para finalmente enterarme el cómo había adquirido esta enfermedad, lo supe y qué liberador fue).

Ya no podía hacer nada más que relajarme y disfrutar, aunque la segunda aplicación de la glucosa radiactiva (que pinta las células del cáncer) me iba haciendo doler hasta el pelo. Me introdujeron dentro de mi cohete y volé tan lejos, tan rápido y tan liviano que salí feliz, confiada y relativamente despreocupada, al fin y al cabo influir en el resultado, no podía.

El miércoles en la noche me fui a misa y luego a preparar la segunda entrega de mi tesis, terminé de escribir a la madrugada, estaba rendida. Al otro día no eran las nueve de la mañana y ya me estaban llamando de la obra social (seguro de salud) para decirme que debía ver a mi médica por unos trámites administrativos que no tenía justificación, a pesar de que me taladraron la cabeza toda la mañana, pensé que era una buena señal, pues no querían aprobarme la próxima quimio hasta que no viera a Adriana.

La tarde del jueves fue larga en el trabajo, me concentré en todas mis labores y cuando me quedaba un tiempo en blanco me ponía a dibujar (ese fue uno de los dones que descubrí gracias a Saralía y a esta Bendita enfermedad) para no pensar en que a las 18 horas debía ir por el examen. Todas en mi oficina preguntaban:

-¿A qué horas vas por el estudio?

Y yo con el corazón en la mano repetía como máquina:

- A las 18, chicaaaaasss. Paren, por fa.

Llegó la hora y me fui hacia Imaxe (el centro de imágenes) debía cruzar dos plazas (parques, el de la calle Roque Saenz Peña y Paraguay, y la de la Facultad de Medicina y Economía de la universidad de Buenos Aires), así que puse el Ipod a toda y me fui bailando. Al llegar a Imaxen recibí el dichoso resultado: De todos los ganglios del cuello y el pecho que tenía afectados para enero de este año para ese día, 19 de mayo, sólo estaba uno inflamado y con la posibilidad de que el hipermetabolismo de células no correspondieran a Linfomas, es decir, al tipo de cáncer que padecí.

Así que me devolví a mi trabajo feliz, tan feliz que sentía que volaba, qué digo sentía, volaba y ya. Lo hice, lo hice, lo hice y lo hice yo sola en cuatro meses, en un país extranjero, sin mi familia al lado, con cien cosas por resolver, estudiando y trabajando paralelamente a las quimioterapias y escribiendo este, que será el primer libro que escribiré en mi muy larga y feliz vida.

¿Y de qué otra forma podría ser? si vengo de una familia de mujeres guerreras: mis bisabuelas, mis abuelas, mis tías, mi mamá, mi hermana y mis primas, ¡no joda, todas fuimos y somos unas berracas nortesantandereanas amorosas y con temple! por algo seré descendiente de Antonia Santos Plata, heroína de la independencia colombiana. ¡Vamos pa' lante y con toda que esta vida es muy larga y muy bella como pa´ desperdiciarla!

Todavía me quedan seis quimio para terminar de erradicar todo rastro del linfoma, pero sabiendo que ya estoy sana, la historia será otra. Ahora sí la vida es color de rosa y Dios es y será el jardinero tierno, justo y misericordioso de este rosal que habito.


lunes, 16 de mayo de 2016

Diario de mi cáncer: Morir en vida



Lunes 16 de mayo. Hoy hace dos años se murió mi abuela Graciela, mejor conocida como Pachi. Ella partió un viernes, el mismo día de su cumpleaños. Cuando me enteré habían transcurrido casi 10 horas de su muerte y yo recién llegaba a Mar del Plata (una ciudad costera a cuatro horas de Buenos Aires). Eran casi las 12 de la noche cuando mi mamá me contó que se había ido. No podía hacer nada para ir a Colombia, tuve que pasar ese segundo duelo familiar de nuevo a distancia.

Ahí, sentada en una cama de hotel con el Ipad en la mano me sentía impotente por no poder darle un abrazo a mi mamá y a mis tías, sentía también enojo conmigo misma porque justo ese día estuve desconectada de todo; lo había hecho porque desde la noche anterior me sentía triste, había estado llorando sin motivo consciente, sólo sentía mucho dolor y no quería que nadie supiera.

A dos años después de su partida la recuerdo entre sollozos pero con la plena seguridad de que está festejando su encuentro con la felicidad máxima y suprema que es Dios. Cómo olvidar verla preparando ponche batido en un plato de porcelana, vistiéndose a las apuradas para salir a pasear en el auto de Margarita, maquillándose para ir a comprar el pan en el asilo, sentada en la máquina de coser escuchando a Julio Iglesias en la radio, meciéndose en la puerta de la casa viendo pasar la gente, soñando con conocer París, apurando a María para que le tuviera temprano el almuerzo a las "niñas", rezando con tanta devoción el Rosario y recordando a mi abuelo en cada cuenta, cada avemaría la recitaba con tanto amor, con ese amor puro, desprendido y consciente para que el alma de su esposo encontrara descanso.

Pocas veces oraba por ella, siempre pedía por las necesidades de los demás, porque algún problema se solucionara en la familia, porque todos tuvieran trabajo, porque sus hijas encontraran un buen compañero de vida, para que cesaran las discusiones, por el alma de algún familiar lejano.  

Pocas veces hacía cosas por ella, siempre estaba en función de los demás, de sus hijas, de sus nietos, de sus sobrinas, de sus amigas, de su casa, de algún huérfano que llegaba sin nada a su hogar y ella lo acogía desinteresadamente. Su vida fue de servicio y oración, de espera paciente, de comprensión, de sencillez, de entrega, de amor.

Yo nunca le escuché hablando mal nadie, sólo decía:"No, ese no me gusta", tampoco envidiaba, maldecía o humillaba. Era correcta sin esforzarse, esa era su esencia. 

Entendió que esta vida era para vivirla con humildad y consciencia para ganar el cielo en lugar de acumular riquezas entre concreto. Sabía que el amor era libre, era dejar ser al otro, aceptarlo y entenderlo incluso en sus errores. Fue muy sencilla y sabia, conocía bien que la existencia se trataba  de disfrutar los pequeños detalles, por este motivo vivió tranquila, sin prisa, sin apuro, sin afán, sin ansiedad ni amargura.

La última vez

Viví su muerte de lejos. La última vez que la vi fue en marzo de 2013 en Cúcuta, sabía que la posibilidad de volvernos a encontrar en su casa era casi un milagro. Ese sábado en la noche cuando me despedí de ella antes de regresar a Buenos Aires le dije:

-¿Vas a esperarme?

-¿Cuándo vuelve?

-No sé.

- Yo la espero, mijita, pero no aquí.

Y así fue, no fue en esa cama postrada donde la volví a ver,  fue en un sueño.

Entré a un apartamento grande, todo blanco, resplandeciente y ahí estaba ella en una cocina. Se veía feliz, llena de luz y alegría, preparando algo de comida para el regreso de mi abuelo.

-Entonces todo es verdad, el cielo existe, por esto rezabas tanto.

Me miró y me sonrió.

-Y él está conmigo, valió la pena esperarlo.

-¿Y Dios, existe?

- Eso no se duda.

Vivimos para ganar la eternidad

A este mundo venimos con una misión que es amar y servir a los demás al punto de olvidarnos de nosotros mismos, desafortunadamente vivimos en un lugar que no es más que un reflejo, una farsa, un gran montaje de teatro que nos vende una trampa que es el egoísmo, el vivir por y para uno mismo, como un ciego atado a nimiedades "útiles" como el dinero, un auto, una casa, el trabajo, un carrera, el éxito, la fama y el derroche que trae consigo los vicios.

Estamos tan distraídos por conseguir la platica para el viaje, para cambiar el carro, para tener una casa más grande que se nos olvida lo más básico que es el amar. Amar el hecho de poder despertarnos y respirar, de poder caminar, de tener nuestro cuerpo entero, de no estar solos, de tener un corazón para dar.

Dar y compartir sin esperar nada a cambio es el regalo más grande de la vida, es lo que nos hace humanos de carne y hueso. Dar y compartir es pasar de ese estado de piedra (de odio, de ansiedad, de angustia que nos produce el mundo) a un estado de consciencia en el que se comprende que sentir y servir pacientemente al otro es la felicidad más grande.

Dar y compartir es pasar la cuenta del Rosario o de la Japa Mala para transmitirle al otro paz y tranquilidad, es hacerlo por el otro, es quitarse el molde de los zapatos para ponerse en los de los demás y entender su dolor, su felicidad, sus por qués, sólo así se encuentra la propia tranquilidad, sólo así se llega al cielo para experimentar lo que es en realidad la plenitud eterna. 

Soy de las pocas personas que tiene la fortuna de ver morir tan joven y en vida ese ser egoísta y engañoso que durante 32 años alimentó el mundo. Desde lejos, y no por capricho sino por una causualidad consciente, los días pasan lentamente y me voy sanando, voy comprendiendo poco a poco el por qué y para qué de esta enfermedad, el por qué y para qué de la distancia, el por qué y para qué de mi existencia, el por qué y para qué de mi vida y del amor.

De nada me sirvió tener tres posgrados, de nada me sirvió trabajar en los dos diarios más grandes de Colombia, de nada me sirvió viajar tanto, tener una vida privilegiada, lo que me sirve ahora es haber aprendido a escribir (bueno, eso creo que sé), es dejarme llevar por Él, es haber tenido este cáncer para transmitirles con convencimiento pleno que la vida ni los objetos que poseen son suyos, todo es prestado. Lo único real, lo único que te mueve las entrañas y te estremece el alma es el amor, negarse y rebelarse a él no hace más que postergar el dolor y traer enfermedad. El destino está escrito, sólo hay que dejarlo fluir para la dirección correcta. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Diario de mi cáncer: Tac tac tac taquicardia




Viernes 29 de abril, desperté y me sentía cansada, de hecho, toda la semana anterior estuve así. A pesar de ser mi "semana buena", es decir,  la que viene después de la quimio, me sentía exhausta, angustiada, con taquicardia sin ganas de nada, me costaba despertarme temprano. Ese viernes no tuve clase, así que decidí recuperar todas las fuerzas perdidas o que había postergado por estar haciendo mi metamorfosis fuera del cascarón y dormí, dormí y dormí.

Me despegué del colchón a mediodía, comí algo a la corridas y salí a pagar la factura del Internet y el teléfono de ese mes que nunca llegó pero los de telefónica sí me quemaron la cabeza toda la semana con que la tenía que pagar en horas. Aboné la deuda, compré frutas y algunas cosas que necesitaba para casa en el supermercado chino y pasé por la librería. Aprovechando la protesta de la Universidad por falta de recursos de parte del gobierno, iba a hacer mi propia objeción desde mi casa, objetaría no por plata sino por falta de idoneidad en la educación a nivel mundial; en ningún colegio, escuela, universidad o institución educativa te enseñan cómo ser un guerrero, una persona íntegra en medio de la tormenta, cómo reconocer las propias faltas, enfrentar los miedos o situaciones adversas, vivir en medio del stress.

Y como eso nunca me lo enseñaron ni tampoco me tocó aprenderlo en casa porque tuve la fortuna de vivir siempre como una princesa en una burbuja, decidí hacer una plano de mi vida para detectar todos aquellos defectos y virtudes, así que compré cuatro carteleras blancas y un marcador negro. Las pegué en una pared blanca donde solía haber un par de cuadros que representaban el cáncer, los cuales saqué a las pocas semanas de haberme enterado de mi diagnóstico. Ponerlas en ese muro blanco era un acto simbólico de valor, era enfrentar a la enfermedad y decirle sé porqué te tengo y ahora lo voy a reconocer para que salgas de mí para siempre.

Lo primero que hice fue pintarme a mí misma pelada, sin un pelo en la cabeza, con las calzas (leggins) negras que tenía puestas y una camisa amarilla. No me pinté de modo real porque creo que no sé pintar bien, pero hice mi mejor esfuerzo y me salió una Alejandra bastante proporcional para lo que esperaba.

Al costado izquierdo del dibujo escribí Pasado, seguido de un subtítulo que versaba: ¿quién eras? Marqué tres etapas de mi vida: la niñez, la adolescencia y los 20 hasta los 32 años, edad que tengo ahora. No fue difícil detectar mis características, al menos no ese día, escribí frenéticamente cientos de palabras seguidas por guiones. Entre ellas aparecían reiterativamente la ansiedad, la impaciencia, la incapacidad de disfrutar el momento, el estar pensando siempre en ¿Qué va a pasar después? ¿Cómo voy a solucionar esto? Era incapaz de disfrutar el aquí y el ahora. ¡Qué pérdida de tiempo!

Para mí, ese defecto fue el peor porque me hacía sentir como enjaulada, psicológicamente presa. Ese sentimiento lo conocía al la perfección, incluso, de niña mi papá me regañaba por eso. Estábamos en la piscina un domingo comiendo un helado y le preguntaba:

-¿Y después qué vamos a hacer, papi?

A lo que siempre me respondía.

-Mi amor, por qué no disfrutas lo que te estás haciendo y te dejas de preocupar por lo que vaya a pasar.

Qué ansiedad por saber qué iba a ocurrir, por controlarlo todo, por organizar las horas de modo tan meticuloso como si los momentos se trataran de cajas que iba acomodando dentro de una gran casa que se llamaba vida, la cual nunca iba a disfrutar porque sólo me estaba preocupando por coleccionar y no por degustar el dulce, el amargo, lo poco, lo mucho, lo feo, lo rico, lo quemado, lo crudo que había dentro de ellas. Era incapaz de descubrir las texturas, de sentirlas, de localizar los olores, de detenerme para darme cuenta de lo afortunada que era por el simple hecho de existir, bueno o malo, ahí estaba y esa era mi vida y se me pasó por estar pensando y ¿ahora qué va a pasar?

Entre mis dedos


Entre mis dedos se perdieron recuerdos de tardes que tal vez debí haber morado más tiempo para aprender, para darme cuenta de lo maravilloso que es el mundo, la gente, mis manos, mis pies, mi pelo, ese milagro que es el cuerpo humano.

Entre mis dedos se fueron conversaciones, palabras y consejos que tal vez me hubieran ayudado a superar esta etapa lenta, dolorosa y parsimoniosa. Entre mis dedos se fueron decisiones mal tomadas que tal vez tuve que haber pensando dos veces.

Entre mis dedos se fueron miradas claves y gestos que me harían entender que el futuro se escribe aquí y ahora, que se desea mientras se va tejiendo con los dedos firmes y la mente y el corazón concentrados en ese camino que se llama vida, que soñar no cuesta nada pero es mejor despertar pronto y comenzar a cimentar conscientemente, ladrillo a ladrillo, las bases de lo que será el futuro.

Entre mis dedos ahora está mi corazón latiendo a mil, lo miro y me siento impotente por no poder pararlo, me duele el pecho, aprieto los dientes, me duele la cabeza, siento que falta el aire. Lo estrecho entre mis manos, cierro los ojos y tomo una gran bocanada de aire, siento cómo se inflaman mis pulmones, cómo se oxigena el cerebro, cómo entra el aire por la espalda y disipa el dolor, lo pesado de esta cruz, cómo se ensancha el estómago y se siente lleno; vuelvo y tomo aire y no escucho nada más que el murmullo del silencio, siento cómo mis dedos se deslizan por las teclas de la compu calientes. Roxy, mi gata más vieja, salta de la cama al escritorio y se sienta en mi regazo, ronronea, me pasa la lengua rasposa por la muñeca, siento su pelaje suave, su pancita tibia sobre mis piernas. Me siento feliz, por fin logro detenerme, parar mi corazón, vivo el aquí y el ahora. Lo que ame, viva y sienta es el momento hoy, mañana seré lo que experimenté este momento.      


martes, 26 de abril de 2016

Diario de mi cáncer: Finding peace and self control

Van Gohg- Noche estrellada.

Jueves 14 de marzo, esperaba a que Adriana (mi médica) me llamara para hacerme el respectivo control después de la cuarta quimio. Me acompañaba Ía, la abuela de mi amiga Lorenza. Nos sentamos en uno de los sillones negros de cuero que están en el tercer piso del Fleming, hacía mucho de ese calor hipócrita, ese húmedo que te confunde, si te quitas el abrigo te da frío y si no te cocinas. Empecé a transpirar y Magaly (mi peluca) se hacía más pesada.

- Me molesta Magaly, me la quitaría para resfrescarme.

- Mire alrededor, Alejita, todos están igual, pelados. Dijo Ía.

Nos reímos.

- Y sí, al carajo!

Me saqué la peluca y sentí tanto alivio. De inmediato unas señoras que estaban cerca viraron la mirada hacia nosotras y vinieron de prisa.

- Qué peluca tan genial y vos te ves increíble.

- Gracias, así me siento.

- Pensé eras vos la que acompañabas a la señora.

-¡Sorpresa!

- De verdad que es de no creer, te ves muy bien.

Aquella señora de gorro y cara pálida tenía razón, no sólo me veía bien, los exámenes también salieron perfectos, el tratamiento va viento en popa, por fortuna. Esos días me jacté de lo bien que estaba con mis amigos y familia, sin embargo, todo lo que sube baja y cada quimioterapia es una oportunidad para trabajar algo.

El miércoles 20 tuve la quinta quimio, antes de entrar escribí en el grupo familiar de los Vanegas un poco temerosa "Vamos a ver qué me pone a trabajar esta vez el tratamiento", todos me desearon suerte y vaya que la iba a necesitar.

La quimio fue la misma, duró el tiempo acostumbrado, pero esta vez fui a hacer pis más veces de lo normal, o sea,  que en algo sí cambió, o  es mi organismo el que se está transformando. Se lo comenté al enfermero.

-Antonio, no estarás haciendo alguno de tus experimentos conmigo.

- Ja, no señorita, cómo se le ocurre. Todo está igual.

- Espero porque las ganas de hacer pis son incontenibles.

- Y bueno, el organismo se está restructurando con la medicación.

Sus palabras me dieron vueltas en la cabeza las dos horas del proceso. Me dormía y despertaba asustada.

- ¿Está bien, Alejita?

- Sí, Ía, tranquila, a veces pasa esto. La barca a veces se mueve.

- Me avisa, no sea que se me hunda.

Todo el resto del proceso estuvo sobresaltado, no estaba tan tranquila como antes, sentía el corazón a mil, un hueco en el pecho y parecía que mis ojos lloraran solos. Me tomé un par de fotos y los veía doloridos, habían cambiado su expresión.

Salimos del Fleming y estaba mi jefa en la tele.

- Van a ser días movidos en el trabajo.

Fuimos rumbo a mi casa. Ía me hizo una sopita, comimos y al rato llegó Cata  a mi casa, una ex compañera de El Tiempo. Cata había llegado hacía unos días a Buenos Aires con unos motivos muy similares a los que me trajeron a mí a esta ciudad, con las conversaciones me di cuenta que eran casi los mismos: un cambio de vida radical acompañado de un consabido salto al vacío sin oportunidad de mirar atrás.

- Bueno, esta ciudad te va a transformar miles de veces. Yo no soy la misma que llegó aquel 2 de noviembre de 2012, mira nada más, no tengo pelo- risas-y creo que al final de esta semana tampoco me pareceré a lo soy hoy. Paciencia y valentía.

Cata iba y venía con amigos, clases y encuentros. Yo también fui y vine, amigos, cenas, cine y hasta el bautizo de la hermosa Antonia, en el que fui madrina representativa, y mientras tanto, entre evento y evento este ser iba sufriendo una estructuración y restructuración acompañada de taquicardias y una sensación de vacío y angustia que se hacía más profunda y que sólo conseguía sosiego cuando me sentaba frente al señor del cuadrito fucsia (una réplica pop de un Sagrado Corazón de Jesús de mi abuela Pachi) .

Stoker

No importa a dónde hubiera ido, con quién hubiera estado, qué estuviera haciendo, traté de refugiarme en el trabajo pero fue imposible, en los amigos y nada, este sentimiento iba conmigo pisándome los talones y actuando como un inquisidor, preguntándome por todos los vacíos, los errores, por las culpas, por la insatisfacción, el miedo, la ira, ¿Qué vas a hacer con ellos cuando vuelvan? ¿Cómo los vas a llenar? ¿Qué quieres? ¿Quién eres? ¿A dónde vas? ¿A dónde perteneces?

Era ese pasado no resuelto, ese karma individual, esas cadenas que he heredado, un legado que es mío por casta pero que me niego a repetir, tal cual le ocurría a Mia Wasikowska en la peli Stoker (en la que una chica inocente tenía un instinto asesino heredado que desconocía pero que descubrió por la inesperada llegada de su tío a la casa que compartía con su madre). Aclaro que este no es mi caso, es decir, no soy una asesina psicótica, pero la sensación, la ambivalencia, la dicotomía que vivía en la adolescente era la misma que estaba experimentando.

Algo sí era claro, yo quería liberarme, sanar y conciliarme con ese pasado pero ¿Cómo? El hueco me estaba tragándome entera, al punto que el viernes 22 llegué a media noche de cine y tuve que llamar a una ambulancia para que vinieran a hacerme un electrocardiograma. El corazón se me salía por la boca, no había manera de deternerlo y sorpresa, estaba sola, Cata había salido con unos amigos y bueno, cada quien estaba en su vida. Veinte minutos después de la llamada de emergencia llegaron los médicos del servicio de Galeno (mi obra social). Bajo y les abro.

-¿Quién es el enfermo?

- Yo.

-¿Vos? ¿Y qué hacés acá?

- ¿Y quién les abre?

-Tan mal no te ves.

- Me toca hacerme la fuerte y convencer a mi cuerpo y mente de que estoy bien, o por lo menos lo mejor posible, otra no me queda, vivo sola y tengo cáncer.

- Chica la valentía- dijo el médico.

Sonreí.

Mientras me pegaban las chupas alrededor del corazón para hacer el electro empezaron a hacer la consabida y trillada pregunta de por qué vivo sola y bueno, salió de nuevo a relucir la masticada y remasticada historia de mi cáncer que ya no me sabe a nada y estoy que escupo.

- Repito, chica la valentía,

El electro dio bien, la tensión no estaba tan alta, la temperatura tampoco, así que no les quedó más que decirme que tomara un tecito de manzanilla y a la cama a descansar.

- Vos lo que necesitás es estabilidad, encontrala para vos, el resto se acomodará solo.

Finding peace and self control

Días antes había tirado la idea entre mis compañeros de la facu y entre otros conocidos de compartir el depto, primero porque me aterrorizaba que me volviera a dar taquicardia estando sola (me imaginaba como una de esas solteronas llenas de gatos que las encuentran muertas un mes después de un paro cardiaco), segundo porque necesito compartir gastos y labores en el depto, tengo que reconocer los límites de mi cuerpo y mi bolsillo, subo los tres pisos de la clínica y me agito.

Estaba perdida entre esa necesidad y las palabras del médico, que me quedaron sonando toda la noche, el día siguiente en la cena con Mafe, su esposa y su mamá siguieron retumbando, también en la madrugada mientras veía Sex And the City, todo el bautizo de Antonia el domingo, el almuerzo del bautizo, en la llegada a casa las recordé y lloré tratando de buscar una respuesta acertada, luego volvieron a asaltarme en la cena del domingo con Vivi y Cata y, cuando ellas se fueron pasadas las diez de la noche y cerré la puerta del depto sintiendo una inexplicable paz,  me cayó la ficha, debo quedarme sola y encontrar la armonía conmigo mismo y mis gatas.

Recordé las palabras del padre que por enésima vez me confesaba por estos días (en menos de tres meses he pasado por el confesionario casi una vez por semana, yo creo que el cura se pregunta por qué no hago una gran confesión y me dejo de joder, pero es que cada vez aparece algo nuevo por resolver, pobre hombre).

- Vos sos de la montaña, ¿no? ( A eso se refiere con que Cúcuta queda sobre la cordillera). ¿En la montaña podés correr?

- Y si te esfuerzas un poco lo logras.

Rió e hizo cara de "qué testaruda que sos".

- Pero te cansás, te agitás y te podés caer por andar a las corridas. Vos estás subiendo cuesta arriba y tenés dos opciones o seguir yendo a los tropiezos o ir despacio disfrutando el paisaje, caminando serena, tranquila, eso es lo que te presenta Dios, un camino un poco más largo y paciente pero lleno de riqueza y paz.

Así que decidí alejar de mi vida muchas situaciones que intentan de alguna manera aligerar el paso innecesariamente como por ejemplo, la astrología (¡chao Mia Astral!) y otras pavadas que te apendejan, también dije adiós a esa prisa por controlarlo todo, por evadir el sentir, por pasar de largo las etapas, por tratar de taparlas con trabajo. Si las puertas están abiertas que todo fluya, pero que circule al paso debido para dejar de ahogarme constantemente en un mar de lamentaciones y angustias y que por fin esta barca tome el camino correcto. Soy muy joven aún y tengo todo un lienzo nuevo y blanco el cual llenar de colores, nombres e historias.













martes, 19 de abril de 2016

Diario de mi cáncer: laissez faire, laissez passer



Hoy, 19 de abril se cumplen dos semanas desde que mi mamá regresó a Colombia, aunque esa madrugada del 7 de abril quería pedirle que se quedara, no podía retenerla, ella pertenece a otro mundo y yo tenía que seguir asumiendo esa decisión que tomé en 2012 cuando vine a vivir a Argentina. Comenzaba pues una nueva etapa de encuentro y reconciliación conmigo misma en soledad, ya había conocido cómo me ven los demás, los más cercanos a mí, ahora era tiempo de transformar esa niña en adulta y de ponerle luz a las sombras.

Mi temor más grande, como el de todo niño, siempre fue la soledad, ese sentirse desprotegido, sin una mano que me guiara. A lo largo de la vida había tenido la compañía de mi familia, después, cuando viví en Hungría, estuvo mi host family, luego, en Bogotá de lejos estuvo mi tía Mauxi y cada tanto viajaba mi mamá a vernos a Isa y a mí; era una protección a distancia. Otro guardián fue mi trabajo que me permitía ir y venir por el mundo, mantenerme ocupada, mi mente estaba centrada en producir para terceros. Ahora no hay nadie, sólo yo y mi mente, ocupada en trabajar por y para mí alma.  

Estos días que he convivido con la soledad me he encontrado con que no es tan mala y que en realidad el temor que tenía no era a la desolación, a la falta de alguien, sino más bien a mí misma, a esos comportamientos nocivos que se desprenden de la inseguridad, del miedo y la falta de confianza. 

Creo que siempre he proyectado una imagen de mujer fuerte, decidida, impetuosa y algunas veces imprudente (eso también me lo han dicho algunos amigos, los que más me conocen), sin embargo, hay otra parte de mí que es reservada, observadora, cautelosa, compasiva y paciente. Esas son las dos Alejandras de las que tanto hablo en mis anteriores escritos y con las que he convivido de manera separada tanto tiempo, es decir, no he encontrado el equilibrio perfecto para amalgamar esas dos personalidades.

Al principio, cuando conozco a una persona o entro en un ambiente nuevo lo hago con sutileza y reserva como observando el campo, a la defensiva, luego de un tiempo ya comienzo a soltarme y a dejar ver ese lado espontáneo, irónico y ese carácter "cucuteño Vanegas" que heredé de mi familia paterna. 

De entrada tengo mucha paciencia y soy capaz de pasar por alto mucho, incluso he permitido que me lleven puesta o me pasen por encima hasta que sale Hulk y exploto en prosa, tengo entonces la gran necesidad de poner los puntos o de "parar el carro"; el problema es que esta Alejandra no siempre tiene tacto y se vale muchas veces de las debilidades de los otros para ofender; gran error porque estoy siendo perversa con el otro, vengándome de lo que yo misma dejé pasar por alto y,  por supuesto, todo termina en una batalla campal.

De ese carácter fuerte y desequilibrado sólo ha dejado heridas en los demás y han quedado otras tantas lastimaduras en mí que de a poco he ido sanando. Me gustaría ir con cada persona a la que he lastimado y hacer lo mismo, ponerle una compresita para que cierre el traumatismo, para saldar esa deuda, pagar el karma. Como es imposible hacerlo personalmente, he contactado a algunas personas del pasado para hablar, pedir perdón y liquidar esa célula cancerígena en mi sistema inmunológico.

Ahora todo es más claro, comprendo el por qué del cáncer en los ganglios del pecho y la garganta, en el sistema inmune. Alejandra vivía a la defensiva, como si estuviera en una guerra, como un soldado del mal que primero observaba el campo, a cada uno de los "contendientes", identificada sus debilidades y cuando sus defectos le parecían insostenibles o insoportables, soltaba su mejor tiro, la palabra más hiriente, el sentimiento más odioso, la venganza y así con los años en mi cuello y mi pecho fueron muriendo las células sanas, se quemaron y quedaron negras, oscuras, malignas.

Por estos días me encontré con estas palabras del reconocido científico Albert Einstein, quien un día dijo a su maestro:

"El frío no existe.  Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. “Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.

Y continuó, la oscuridad tampoco existe. La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio determinado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente".

Después exclamó, el mal no existe, señor, o al menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones.  Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz".   


Yo no era mala, simplemente me hacía falta Dios en mi vida, esa luz que alumbra cada rincón del alma, ese calor que te hace sentirte siempre acompañada y confiada, ese amor que es eterno, puro, benévolo, gentil, compasivo e ilimitado. Para llegar a esta conclusión tuve que caer bajo, experimentar lo más profundo del odio, quedarme sola en un país extranjero, en un departamento prestado y vacío, sin pelos en la cabeza, con muchos sueños frustrados y con el corazón roto. Ahora sobre las tumbas de lo que fui comienzo a construir una nueva Alejandra, que a veces tropieza pero que inmediatamente se vuelve a levantar, que en ocasiones se hunde pero saca de lo más profundo de su alma, del pedacito de Dios que vive en ella, la fuerza para no ahogarse y no regresar a ese sitio oscuro. Todas las puertas están abiertas, que la vida fluya ahora por el camino correcto. Laissez faire, laissez passer.


      


martes, 12 de abril de 2016

Diario de mi cáncer: Sin lugar para los débiles


www.sensacine.com


A Julián y Trina, mis padres.

Lunes 28 de abril, era el primer día que iba a enfrentar sin pelo a la calle. Decidí ponerme una pashmina como turbante en la cabeza pues durante el verano tomé algo de sol y mi cuero cabelludo estaba más blanco que el resto de mi rostro. Confieso que no me sentía lo suficientemente valiente como para salir tan desnuda y esa prenda, el turbante, siempre despertó en mí respeto y algo de misterio, debe ser porque lo usan las culturas de oriente, las cuales siempre han sido fascinantes para mí.

La noche anterior había visto varios tutoriales de cómo atarse el pañolón a la cabeza, no fue tan difícil encontrar un modo lindo y cómodo. Así que muy a la una de la tarde, hora a la que salgo para mi trabajo uno en la clínica, le di un beso a mi mamá, agarré las llaves y salí.

-Espérame- me dijo ella con cara de preocupada- voy contigo.

-Ay, mami, no seas exagerada. No es para tanto.

- Tengo que comprar yuca y plátanos en la verdulería de la esquina, donde tomas el colectivo.

Vivir bajo una burbuja

Debo hacer un paréntesis acerca de mi relación con mi mamá, pues ahora que estuve viviendo con ella casi dos meses terminé de desenmarañarla y entenderla. Aunque no tenemos el mismo carácter, ella es más dócil y paciente, y yo, por el contrario, más autoritaria y rebelde; ella siempre tuvo esa necesidad de sobreprotegerme, o más bien de envolverme en la misma "burburja aislante" que ella usa para evitar el dolor y sufrimiento.

En este gran globo en el que ella me insertaba yo era inmune, sólo percibía una pequeña parte del mundo, el mundo desde su perspectiva. Desde que era niña justo en el momento que algo malo pasaba ella me agarra y me acoplaba a su esfera y desde ese instante no había nada que me pudiera conmover o afectar, sólo éramos ella y yo. Así que crecí con una versión parcial del mundo.

Los años, el tiempo y la distancia hicieron a esta esfera insostenible y cuando se rompió tuve que empezar a enfrentarme a la vida real, al dolor, al sufrimiento, al miedo, a la maldad, la injusticia, a esa guerra que libramos día a día con amigos, compañeros de estudio y trabajo y hasta con la misma familia, como si hubiéramos venido a pelear en lugar de compartir un espacio.

Y en ese momento cuando dijo: quiero ir contigo, fue cuando entendí por qué ella me tapaba los oídos y los ojos y me abrazaba, no era para que no sintiera dolor sino para enseñarme que ese carácter fuerte, esa falsa idea de "todos contra mí" era errónea, al mundo no se sale a golpear, a competir y herir al otro a diestra y siniestra, hay una forma noble y humilde de sobrellevar esta existencia y es viendo a los otros a través de los ojos de la comprensión de su realidad, de sus incomprensiones y limitaciones, desde sus tormentos y padecimientos.

La miré, le sonreí.

- Sí, seguro. Vamos.

Todo el camino me miraba y se fijaba si a mi alrededor si alguien se estaba fijando en mí.

- ¿Cómo te sientes?

-Bien. Muchos me miran, pero bueno, a mí me encanta llamar la atención.

Llegamos hasta la parada del bus y se quedó viéndome hasta que tomé el colectivo y me senté. Ya había arrancado el colectivo y se quedó mirándome hasta que se perdió en la larga avenida Irygoyen.

Me puse los audífonos y seguí mi camino hasta el trabajo.

Al llegar a la clínica Francisca y Fabiana, mis compañeras, casi mueren de dolor.

-¿Cómo te hiciste eso, gordi?

-Yo sola, con tijeras y una Gillette. Creo que sufrió más mi mamá que yo.

- ¡Qué huevos!

- Y eso que soy mujer.


Convirtiendo lágrimas en alegrías

Tanto se dice de esta enfermedad que al final no sabes quién tiene la razón, hay tantas fórmulas, conjeturas y explicaciones que siempre terminas perdida tratando de encanjar en alguna de ellas o no, simplemente te apartas de tanta literatura y te ciñes a vivir cada día como viene (esa incluso es la receta), construyendo y modificando tu rutina cuantas veces sea necesario para adaptarte.

Reconozco que desde que me enteré del diagnóstico aquel 8 de enero he pasado por diferentes fases: la primera de ella fue el shock, no existía nada más en el mundo que yo, sólo éramos yo y el cáncer ¿por qué yo? ¿por qué yo y el cáncer? ¿por qué a mí el cáncer? yo hago deporte, yo como sano, yo medito, yo soy paciente, yo amo, yo cuido, yo doy. Esa fue la etapa del yo.

Luego el yo se mezclo con el yo víctima, con el yo rencoroso y vengativo. ¿por qué a mí habiendo tanta gente tan malparida en el mundo? culpaba a todo el mundo por lo que me pasaba, mi papá, mi mamá, mis ex parejas, mi hermana, mi familia, mi enemigos, mis amigos. No quería saber de nadie, todos habían causado en mí una herida que dolía. No quería ver, escuchar o relacionarme con nadie, todos eran mis potenciales destructores.

Después de visitar al cura Bertinelli en Ezpeleta, y de haberme preguntado ¿Y vos qué has hecho para perdonar a "todos los que te han hecho daño"?, ese yo acusador tornó su dedo a mí misma, a Alejandra. "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa". Fue un momento de gran depresión, mucha tristeza, había causado heridas en otros y todo por ese gran engaño que nos tiene a todos dominados, el ego, el que te moviliza vengarse, odiar, a lacerar, causar heridas, ese que no permite soltar,  conciliar, dejar vivir, ni estar tranquilo y te aleja del perdón y amor, esa fórmula mágica de la paz interior.

God, ¡help me! 

Jueves siete de abril, no habían pasado 24 horas de la cuarta quimioterapia cuando vi a mi mamá partir rumbo al aeropuerto de Ezeiza. Parada en la puerta del edificio con mi gorrito tejido y mi poncho trataba por todos los medios de que no se me escurrieran una sola lágrima para que ella se fuera tranquila, confiando en que yo iba a estar bien; aunque en realidad estaba muerta del miedo, no sabía quién me iba a acompañar ahora, todo el mundo te dice: sí, yo voy con vos, llamame, pero a la hora de la verdad cada cual tiene su vida.

Subí a casa y me senté frente a un altarcito que armé con distintos santos que me han ido apareciendo a lo largo de este camino para acompañarme y brindarme sosiego. Prendí una vela y me postré en el piso a contemplarlos sin decir nada, sólo me quedé ahí en silencio. Habré estado dos horas entre llanto y oraciones  buscando algo de paz, una respuesta o qué sé yo, me quedé hasta que me dio sueño y fui a la cama.

Dos horas más tarde me estaba despertando con los ojos doloridos. Miré hacia la puerta y vi una imagen que mi mamá dejó pegada en la puerta que dice: Jesús, en ti confío. La repetí tres veces y pensé: todo compartido es mejor ¿para qué quiero todo esto si no tengo con quién disfrutarlo?. Volví a repetir: Jesús, en ti confío. Y me dije: tengo que aprender a compartir.

Me levanté, me bañé y me vestí. Ese día iniciaba el último año de mi maestría en Periodismo. Comí algo y me tomé las pastillas de corticoides y el anti nauseas. Salí a la calle y me sentía bastante bien, aunque me preocupaba vomitar a la turba mañanera del subte, pero al final no fui noticia, qué lástima. Como siempre disfruté la clase, hablé con mis compañeros y al finalizar el horario me fui corriendo a ver a mi nueva psiquiatra, con quien ya había tenido un primer encuentro.

En el trono con la corona de espinas 

La primera cita con Edna hablamos poco, le expliqué básicamente que estaba ahí por el cáncer y por toda la avalancha que había generado en mi vida la enfermedad. Fue corto el lapso de tiempo que compartimos, pero sí intensificó la medicación psiquiátrica por un cuadro de profunda tristeza.

Las semanas anteriores, después del encuentro con Edna, había estado mucho más tranquila, no sólo por las pastillas sino también por esa meditación religiosa (que pasó del mat a las bancas de la iglesia) sino porque había pasado a la etapa de aceptación de la enfermedad en la que rompí con la culpabilidad propia o ajena y me concentré en reconocer e iluminar mis sombras.

Esta vez la dinámica de la sesión fue diferente, ella inició la conversación. Su interpelación fue bastante incisiva y aguada.

-Bueno, María Alejandra.

-Prefiero que sea sólo Alejandra.

Ya ahí anotó algo.

- Hablemos de tu niñez. ¿Eras tímida o extrovertida?

- Introvertida y bastante observadora. Odiaba estar sucia.

- Y en la adolescencia.

- Hice un click, empecé a ser rebelde.

-¿Por qué?

- Me cansé de llorar y de que me pasaran por encima.

- ¿Y cómo era ser rebelde?

- Saboteaba las clases de las hermanas, pintaba los muros del colegio, me escapaba, bebía mucho, siempre estaba de fiesta, hacía lo contrario a lo que mi papás me dictaban.

- ¿Por qué?

Silencio.

-Ehh, no sé, supongo que quería llamar la atención.

-¿De quién?

Silencio.

- De mis papás, creo. Dije titubeando.

- ¿Y por qué llamar la atención?

- Ellos nunca estaban en casa, siempre trabajaban, nos dejaban con las empleadas a quienes volvíamos locas con mi hermana.

En ese momento un látigo invisible me golpeó el brazo y me dejó una herida larga, sangrienta y abierta.

- ¿Alguna vez tuviste problemas con tu peso?

- Sí, fui bulímica y anoréxica.

- ¿Te sirvió de algo?

- Bajé de peso, pero me enfermé.

-¿Y tu familia qué hizo?

- Volcó a atención en mí.

- Pero los asustaste. ¿Por qué?

- Quería que temieran perderme.

-¿O querías que te demostraran que te querían?

- Sí.

Azote en el brazo.

- ¿Fumaste, bebiste en exceso, drogas, tal vez?

- Sí. Es lo que hacemos todos a esa edad.

- No, no todos, por lo menos no hasta perder el control, por eso te dije en exceso.

Otra llaga.

- ¿Alguna vez te sentiste inconforme con tu vida?

- Sí, varias veces.

- ¿Y qué hiciste para solucionarlo?

- Un cambio radical. Un viaje, cambio de carrera, de país, de pareja.

- Saliste corriendo.¿ El problema se solucionó?

- Y, aquí estoy.

Sentada frente a Edna me sentí como Patricia Arquette en Stigmata. Me hizo muchas preguntas que ante cada respuesta iban dejando una marca o se clavaban una espina en mi cabeza. Esas situaciones que para mí, como le dije a la doctora, nos pasan a todos de jóvenes como algo normal, fueron dejando huellas en mi corazón, en mi alma e incluso en mi cuerpo, eran llagas al rojo vivo y sólo hasta que las reconocí y dejé expuestas pude empezar a sanarlas.

Salí del consultorio, lloraba y lloraba, así fue hasta que llegué a casa y de nuevo me senté frente a mi altarcito, prendí una vela y comencé a orar, meditar y observar por la aterrorizada la cantidad de contusiones que había dejado ese ratico que compartí con la psiquiatra.

Todo el fin de semana post quimioterapia estuve poniéndoles compresas de agua caliente a las heridas, desinfectándolas, soplándolas para que no dolieran tanto, llorándolas sola o por momentos junto a Natalia, Catalina, Lorena, Ía y Viviana, esperando paciente a que se secaran, que dejaran de doler y atormentarme. Esta vez la metamorfosis la hice fuera de la tela, sola y fue expuesta ante personas cercanas, no para que me tuvieran lástima, sino para darles una lección de vida.

Cada día voy aprendiendo que lo que debe prevalecer en el vida es el amor puro y sin condiciones, lo importante es enfrentarse a la calle con los ojos de la comprensión, de la compasión y del entendimiento del otro, sólo esto procura que la existencia sea más llevadera y pacífica, hace que tus días, aunque grises y tormentosos, tengan sentido y puedas resolver las complicaciones con más sabiduría y tranquilidad, al fin y al cabo eres lo que predicas y practicas, recoges lo que siembras.

Termino con este pasaje que se los publiqué a mi mamá y a mi papá por su aniversario número 33, que se cumplió el pasado 9 de abril.

"Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.
Ahora vemos por un espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.
Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor". Corintios 13. 








    

sábado, 2 de abril de 2016

Diario de mi cáncer: Deshojándome


A Pachi.

Viernes 25 de abril, segundo día después de la tercera quimioterapia y Viernes Santo. Desperté y me sentía genial, pocas nauseas, buena energía, ánimo arriba, cero dolor de cabeza y olfato no muy sensible.

-Buena, ya me estoy estoy acostumbrando a esto, pensé.

Me levanté de la cama feliz. Mi mamá estaba haciendo el desayuno y ya había puesto música. No hay mejor forma de despertarse que esta, creo que es una costumbre muy colombiana. Cada vez que tomo el primer turno del sábado para arreglarme las uñas y llego prácticamente a despertar a todo el mundo en la casa de Elci (caleña manicurista) lo primero que hace después de saludarme es conectar el celular a unos bafles que tiene sobre el escritorio y empieza a sonar la rumba cross over. Y Bueno, mi mamá hace lo mismo que Elci desde que el primer día que llegó a Buenos Aires y ahora es ley en mi casa.

Comimos y salimos a ponerme la vacuna post quimio, la que me sube las defensas después del tratamiento. Hicimos algunas compras de pascua (pescado, huevitos de chocolate y todas esas cosas que te hacen gastar plata pero que consumes para estar en la onda) y al cabo de dos horas regresamos. Me metí al baño y me dispuse a tomar una relajante ducha, me enjaboné y me puse el champú cuando ¡oh sorpresa! ¡Me quedé con la mitad del pelo en las manos!

De a poco empecé a gritar hasta que pegué el berrido.

-¡Mami!, ¡mamiii!, ¡maaaamiiii!, ¡¡¡mmmmmmaaaaamiiii!!!!

-¿Qué pasó?

- ¡Ven ya!, se me está cayendo el pelo.

De inmediato corrió de la cocina al baño, abrió la cortina y le mostré las manos llenas de hebras negras embadurnadas de espuma.

No dijo nada, sólo bajó la mirada, torció la boca para un lado y suspiró.

- Esto no para.

- Paciencia. ¿Qué más puedes hacer?

Me encerré de nuevo en la ducha y se me cayeron algunas lágrimas.

- Y bueno, así es esto.

Llueve pelo

Terminé de bañarme y al salir me percaté de la cantidad de pelos que habían abandonado mi cabeza. Recogí cientos del sifón del baño y del lavamanos, en la toalla quedaron otros tantos, cuando me vestí algunos más se desprendieron. El peor momento fue cuando me pasé el secador, me asemejé a una flor de Diente de León, de esas que soplas y salen volando sus pétalos al aire.

Estuve deshojándome el viernes,el sábado y el domingo, días en los que por primera vez en mi vida entera viví la semana santa como era, sintiendo, comprendiendo y haciendo parte de mí cada rito, palabra, cada acto. Es como si algo mágico dentro de mí hubiera hecho ¡Puff! y me hubiera abierto el entendimiento.

Ya había mencionado que vengo de una familia ultra católica y que estudié en un colegio de monjas en el que me divertí parte de mi infancia y toda mi adolescencia haciendo maldades como buena rebelde sin causa, sólo por provocar algún tipo de desequilibrio o por llamar la atención o quién sabe por qué pero siempre estaba con mi grupo de amigas planeando alguna forma de molestar a las hermanas.

Y aquí debo hacer un paréntesis para reconocer lo insoportable que fui en el colegio y para reírme un poco porque esas tardes y mañanas no se van a borrar jamás de mi mente. Cómo olvidar cuando rayamos con mi querida Suom las paredes, muros y cuanto ladrillo se nos atravesó con la frase: "Sandra y Raúl" (el nombre de una amiga y su novio) sin motivo, por el simple hecho de joder; o cuando nos emborrachamos con Mafe a las 10 de la mañana con ron y coca para asistir a la misa de la Virgen del Carmen (patrona de la comunidad) de la que nos sacaron de las orejas debido a que no parábamos de reírnos; o cuando volvía loca a la hermana Bárbara (quien durante 5  me tuvo entre ceja y ceja, yo era su peor tormento) con preguntas absurdas sobre Jesús, los ángeles y los santos en las clases de religión; o cuando nos escapábamos del laboratorio de física en la tarde por la simple y llana necesidad de sentir la adrenalina de lo prohibido.

Esa época de desenfreno ocurrió durante mi adolescencia, porque en mi infancia fui una niña más bien tímida, callada, un poco miedosa, o mejor, muy observadora de mi alrededor, como quien anda a la defensiva para no meter la pata. Además de tener esta personalidad introvertida también creía mucho en Dios, algunas veces le contaba a mi mamá que había tenido un sueño con Jesús o la Virgen, me emocionaban las vidas de los santos que escuchaba en las clases de religión en el colegio, al punto de que la película Marcelino, pan y vino, dirigida por Ladislao Vajda y basada en la novela de José María Sánchez Silva, era uno de mis films favoritos. Soñaba con que algo así me pasara (la peli, una joya del cine religioso español, se trata de un niño huérfano que es abandonado en un convento de monjes franciscanos donde había un enorme crucifijo que cobró vida y se comunicaba con el pequeño).

De niña también era muy cercana a mi abuela materna, con quien pasaba largas tardes aprendiendo acerca de las labores de la casa, a coser, a bordar, a rezar, hacía las tareas a su lado, mientras ella pisaba el pedal de su máquina Singer, creando calzones, vestidos y pantanloncitos para los niños del asilo Andressen. Ella cosía afanosa y me contaba historias de las casas en las que habían vivido con mi abuelo, un contador y empedernido y terco busca tesoros. Amaba oír esas anécdotas y los líos en los que se metía por estar detrás de las preciadas joyas que los españoles colonizadores dejaron cuidadosamente escondidas en las primeras casonas de Cúcuta.

Pachi, así la llamaba yo ( les recuerdo la manía que tengo de cambiarle el nombre a la gente), siempre me decía:

-Una mujer, una buena mujer no sólo debe estudiar, también debe saber todo cómo manejar un hogar y cómo proteger a su marido.

Y yo, con mi mente todavía inmadura y ya soberbia le decía:

- ¿Y para eso no están las empleadas de servicio?

Ella, muy humilde, a pesar de tener a su lado una gran mujer que le ayudó a criar a mis 4 tías y se encargó de los quehaceres del hogar y la cocina, me respondió:

- Esa es una bendición que te debes ganar, para hacerlo primero debes estudiar, trabajar mucho y aprender a realizar el oficio de la casa tu misma. Y cuando tengas a una buena mujer que te ayude tienes que colaborarle y tratarla como una igual, ella no es tu esclava, es un amiga porque seguramente va a ser tu compañera de por vida, como es María para mí.

-Pues cuando sea grande voy a tener tanta plata que voy a pagar para que alguien más haga todo.

- La soberbia no lleva sino al dolor y al fracaso, Alejandrita. No eres ni más ni menos que nadie.

Ante esas palabras no podía decir nada más.

Mi abuela Pachi.




¿Mala o buena? 

Así como en la pasada Semana Santa algo me cambió el chip en el cerebro, cuando cumplí 12 algo también me hizo clik y pasé de ser una nena temerosa a una chica rebelde que rayaba muros (amé hacer stencil en las calles de la conservadora Cúcuta), tomaba, salía de fiesta todos los fines de semana, bailaba, bailaba y bailaba (Dios, ¡cómo me encanta bailar! así sea sentada en el colectivo que me lleva al trabajo), fiesta iba y venía, amigos, el intercambio, viajes. Así transcurrió mi adolescencia y la universidad, ya había contado la suerte y la buena vida que me dieron mis padres.  

Cada semestre regresaba a Cúcuta e iba a visitar a Pachi. Ella sólo se quedaba viéndome, yo le contaba lo que hacía, lo emocionante que era mi vida lejos, los lugares que visitaba, la gente con la que compartía. Ella sólo se quedaba viéndome, me escuchaba pero no decía nada.

Le tocaba la piel de sus brazos y le decía:

-Cada vez se parece más a un papel.

Cuando era niña me respondía:

- Este zurrón.

Y me empezaba a corretear por la enorme casa, la que tiene la planta de vid recubriendo el patio central, la que cada vez que me da miedo en la noche visito en sueños y me quedo sentada en frente de un cuadro gigante del Sagrado Corazón de ella, de mi Pachi, que hace casi dos años no está más en esta tierra.

Ya de "grande" no me decía nada, sólo me escuchaba hablar.

- Ya vas a aprender, Alejandrita. El problema es siempre a las malas porque somos muy tercos.

Me dijo la última vez que la vi aquel marzo de 2013.

Y así fue, ese segundo "click" que hizo mi cabeza la pasada Semana Santa, en la que ya sin pelo y con un pañuelo, a veces en forma de turbante y otras con Magaly (mi peluca) en mi cuero cabelludo desnudo, entendí las palabras de mi abuela Pachi. Después de terminar de quitarme hasta el último pelo, de pasar de ser un hipster, a ser Andrea Echeverry y luego Sinead O'Connor en los 80 por fin comprendí lo que significa Creer, la magnitud del amor, del perdón, de lo que ese hombre nazareno del que muchos se burlaron y ultrajaron viéndolo atado a una madera, hizo por nosotros sólo para demostrarnos que la vida no es nada más que aprender a caer y levantarse, darlo todo por amor, perdonar, comprender, aceptar y servir a los demás.


lunes, 28 de marzo de 2016

Diario de mi cáncer: Volver

Cineplex.com
A Stefanía y Trina.

"Si quiere recorrer por lo menos un cuarto de los Bosques de Palermo tenemos que salir temprano". Le grité a Stefanía desde la cama. Así le hablo a ella, como nos hablamos en Cúcuta, de usted, fuerte, sincero pero en el fondo cariñoso. La Nalga (como le llamo a esta hermana del alma que es mi amiga desde la primaria) había llegado un día atrás, apareció a las 4 de la mañana del sábado 12 de marzo con esa simpatía y peculiaridad que la caracteriza y con una almohada de un gato.

-Mira lo que te traje, Nalguiiiii.

Yo estaba súper dormida, había tenido la segunda quimio dos días atrás, la que me dejó con bajón de defensas. Ella quería hablar y hablar, yo apenas podía sostener la mirada, quería contarme lo fascinada que estaba tras compartir con sus amigos de la "secta amor"  en Bogotá  (así llamo al grupo de superación al que asiste, no de modo displicente o burlón, sé que la ha cambiado y le ha hecho bien, pero tengo que ponerle un nombre) y de pasar unos días en Brasil con su novio.

-Nalgs, mañana hablamos. Me caigo de sueño.

Ese día nos levantamos muy tarde, y bueno, había que ponernos al día porque la última vez que nos vimos en vivo y en directo fue el año pasado, aunque en realidad no había tanto de que contar porque siempre nos mantenemos en contacto, sin embargo, lo que me está pasando con la enfermedad, tenía que contárselo de nuevo con pelos y señales, como decimos en Cúcuta. Después de una larga charla me dijo:

-Te veo muy tranquila, si me pasara lo que a ti, estaría que me mataba.

- Ja, esta paz es mi secreto mejor guardado. Es mi volver al origen.

Se quedó con cara de ¿WTF?

Y se puso a hacer su tarea de la secta amor. En el que supuestamente se iba a demorar 20 minutos que se convirtieron en 2 horas.

-Nalgui, no vamos a alcanzar a ver todo lo que quieres, dale.

- Ya voy, estoy terminando el documento.

-¿Para la "secta del amor"?

- Sí, pero no se llama así.

Risa sarcástica.

- Na na na na na na na na na na, ¡líder!, !líder!,¡líder!

Mientras la Nalga terminaba su edicto de la superación yo me me quedé viendo una película que me encanta, en realidad me gusta más el libro, "Comer, rezar y amar", el cual leí por recomendación de mi mamá hace 5 años cuando estaba experimentando, no quiero decirle una crisis, sino una necesidad de cambio extremo en mi vida.

Aunque siempre que un texto es llevado al cine deja de lado detalles valiosos, creo que la esencia de lo que quería expresar Elizabeth Gilberth con su historia de vida fue captada por Ryan Murphy, su director, o al menos el mensaje que yo necesitaba recordar ese día se reveló en el momento indicado: Puedes viajar hasta el lugar más recóndito del mundo para buscar a Dios o esa razón de la vida, sin embargo, él no se esconde en un majestuoso templo de la India, o en una selva exótica de Bali o en la cima del Everest, Él, ese origen, calma y fuente de todo, está dentro de ti, para encontrarlo sólo debes amansar ese caos que es tu cabeza y escucharlo así te revelará eso que tanto busca la gente, ese fin último de la vida que es el amor.

"Por lo único que vale la pena perder el equilibrio es el amor", le dijo su Guru a Elizabeth (Julia Roberts en la película). Ese mensaje se me quedó entre ceja y ceja, entre neurona y neurona, entre la garganta, el pecho, el estómago y luego estalló como una bomba con cientos de mariposas que colmaron todo mi ser. ¡Qué paz trae el amor! pero no el amor celoso, posesivo, nervioso, inquieto y desconfiado sino el amor real, ese que te permite soltarlo todo y dejarlo ser.

La idea de salir temprano a pasear con la Nalga y mi mamá fue un fiasco total. Eran las 4 de la tarde cuando pisamos la vereda sin almorzar y Stefanía quería conocer media Buenos Aires en un día, sin percatarse que las distancias en esta, como en cualquier otra capital del mundo, son enormes e inabarcables en pocas horas. así que le dije que eligiera a dónde ir.

-Mercadillo de San Telmo.

- Bueno.

Estaba un poco cansada pero ver la cara de fascinación de mi Nalgui era combustible perfecto para hacer ese típico y obligado paseo dominguero para ver "chucherías" (así lo denominó oficialmente mi papá en su visita el año pasado). Recorrimos la empedrada calle Defensa con sus iglesias, puesticos repletos de porcelanas, antigüedades, ropa, artesanías y cuanta cosa necesariamente innecesaria pueda imaginarse.

Ella estaba feliz. Iba y venía por entre los turistas, compraba, regateaba, hacía un extraño acento argentino que terminaba saliéndole venezolano. Yo sólo la miraba y disfrutaba del momento, de poder compartir ese domingo con ella y mi mamá, de poder estar parada ahí, de que mi cuerpo resistiera el olor a choripán, incienso y palosanto, los ruidos, el gentío.

-Por fin. - pensé- Ya puedo disfrutar de las cosas como están, como son, sin necesidad de controlar nada más que mis sentimientos y sentidos para que se queden y aprecien en el momento. ¡Es esto!

A eso se refería Laura, mi nueva psicóloga, esa que me mira sorprendida mientras hablo como cotorra.

- ¿Ahora entendés lo que es soltar, Ale?.

Me dijo la última vez que me vio.

"La felicidá"

Cada momento con Stefa fue frenético, en pocos días quería comerse esta ciudad que desde el principio le pareció cautivadora. Me hizo acordar de la primera vez que vine a Buenos Aires y me enamoré de ese no sé qué de esta ciudad, tal vez el mismo que describe Sábato en Sobre héroes y tumbas. Sus calles, edificios, su sensibilidad, el arte, su espíritu fuerte que te atrae, te impacta, te enamora, el mismo que te hace odiarla y amarla.

- Me gustaría vivir aquí.

- A mí me pasó lo mismo. Yo que como tu había viajado tanto, la conocí y fue amor a primera vista. Eso sí atente a las condiciones que te va a poner para quedarte y a que te transforme, nunca lo hace suavemente.

Vimos la Plaza de Mayo, Puerto Madero, El Obelisco, la avenida Corrientes, San Telmo durante el fin de semana, recordé la historia de cada lugar a la perfección. Salimos a comer y a divertirnos algunas noches y otras sólo nos tiramos en el sofá a recordar anécdotas de la infancia. Mi mamá también le sirvió de guía y compañía cuando yo debía trabajar.

- Nalgui, pero tu no deberías estar trabajando con la enfermedad.

- Quiero hacerlo, no me gusta sentirme inútil. Mientras pueda volar lo haré, si no correré, si me canso caminaré y si debo trabajar incluso desde la cama, también le pondré toda la energía.

-No sé cómo lo haces.

- Yo sí, por amor. Verte feliz me hace feliz, al yo estar alegre todo mi entorno se colorea, por mucha tormenta y gris que haya.

Días divinos en que me di cuenta de lo mucho que me ha enseñado esta ciudad y de que este Volver del que hablo también significa encontrar el punto de equilibrio entre la Alejandra colombiana y la Alejandra que ahora vive en Argentina. Es haber dejado el enfado por estar enferma, dejar de culpar a los demás por lo que me pasa y hacerme cargo de las sombras, de los colores, los defectos y virtudes que hay en mí, significa aprender a disfrutarlos, comprender el dolor, lo pesado y lo ligero, lo que es importante y lo que no, lo que viene y va,  la dicha de que salga el sol y la necesidad de la lluvia, de la alegría y la tristeza, y de encontrar incluso paz en la incertidumbre, porque hay algo más allá que todo lo puede y es principio, causa y efecto de lo que pasa en este pequeño planeta del universo: DIOS, el mismo amor, el OM, el Alfa y Omega o simplemente el creador y arquitecto de lo que vemos a nuestro alrededor y está en nosotros mismos. Entonces ¿Para qué preocuparse? ya todo está dado. Hay un destino para cada cual y en nosotros está vivirlo a los golpes, puteadas y con sentimientos desparramados, o con serenidad, sabiduría y respeto.



    

sábado, 19 de marzo de 2016

Diario de mi cáncer: Yo soy...


Y un buen día, al estilo de Forrest Gump cuando dejó de llover mientras combatía en Vietnam, cesaron las lágrimas. No sé si se acabaron las reservas de agua salada en mi organismo o si simplemente cumplí con ese ciclo, creo que la opción más acertada es la segunda. Dejé de llorar y perdoné, lo que fue un gran alivio para mi corazón y mi alma. Ahora estoy mucho más fuerte y clara, ya era momento de pasar a otra etapa en la que, considero, debo amigarme y reconciliarme con alguien muy cercana pero a la vez lejana a mí, yo misma.

La segunda quimioterapia fue el  miércoles 9 de marzo. La noche anterior no pude dormir nada, daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, así que me levanté y me preparé un te con unas gotas de valeriana, de esas bebidas mágicas que te knockean. Me senté callada en la sala y le di play a un audio que me había enviado mi prima Mafe, quien a sus cortos veinti tantos tiene muy desarrollada su alma, herramienta indispensable para comprender y enfrentarse mejor al mundo, no como un desalmado combatiente que ataca a diestra y siniestra sino como un guerrero de luz, aquel que penetra lo más profundo de los seres, entiende y ama a sí mismo y a los demás.

En el archivo una chica muy joven hablaba acerca de la maternidad, pero no de la tradicional figura madre hijo sino de ésta entendida como la capacidad de salirse de la burbuja propia y ponerse en los zapatos de los demás, es decir, olvidarse un momento del dolor, la molestia, la ira, la rabia, la angustia o lo que sea que lo agobia a uno y fijarse en que el otro también tiene cargas. En pocas palabras, la chica decía: Mijo, deje el egoísmo y de victimizarse que usted no es el centro del mundo, aquí todos tenemos problemas. Con esta idea me fui a dormir. Pude hilar un par de sueños.

A las 7.30 sonó el despertador, tenía tanto sueño, pero era el segundo gran día, había que extraer más fuerza del tanque y levantarme. Al cabo de media hora estaba lista, incluso le hice el desayuno a mi mamá. Llegamos al Fleming y, tras los exámenes de rutina y el acostumbrado desayuno (del que ya no banco las media lunas, como a muchas otras cosas), me llegó la hora de la segunda quimio.

Casi a las 11, Antonio, un enfermero que por su tono, razgos y alegría de seguro es del norte argentino, me llamó:

- Señorita Vanegas, ¿cómo estamos hoy?

-Bien, menos nerviosa.

- Entonces nos va a ir mejor.

Esta vez había muchas mujeres practicándose el tratamiento, lo cual me hizo sentirme más tranquila y compenetrada con el lugar.Qué casualidad, un día después del día de la mujer y había sólo chicas. Pensé.

Me senté en mi trono de quimio y me estiré a mis anchas, lo hice una cama. Al cabo de unos minutos llegó Antonio con su carrito de curaciones.

- ¿Usted está comiendo bien, señorita?

-Sí, lo que "más" puedo.

- Se nota que se cuida mucho.

- Me cuido, pero tampoco tanto. Estos días, o mejor, meses, he tenido poco apetito.

- Bueno, va a tener que comer más, tiene las defensas muy bajas, por poco no podemos hacer el tratamiento. ¿Se ha puesto todos los medicamentos?

- ¿Los que cuestan lo mismo que un indulto por los pecados?

Carcajadas.

- Los mismos.

- Qué cara es la salud ¿ah? No, nadie me explicó sobre un tal Neutromax para las defensas, supongo que estoy así por la falta de ese medicamento.

- ¿No te dimos la charla introductoria?

- No, de hecho la doctora Vitriu (mi hematóloga de cabecera, la que sigue y dirige todo el proceso) me preguntó lo mismo, ni ella ni nadie me explicó lo de los medicamentos extra ni los cuidados que debo tener en casa. La primera quimio me deprimió mal.

- Te pido disculpas, seguramente se nos pasó. En un rato viene la doctora Constanza para hablarte sobre el proceso, la comida y demás, luego yo complementaré sus indicaciones.

- Pequeño error ¿no Antonio?  me pusiste a padecer la semana pasada.

- Perdoname. Sonrío y se puso la mano en el corazón.

- Y bueno, de las equivocaciones se aprende, no hay otro método más efectivo. Ya nos vamos acomodando y entendiendo todo esto.

 - Bien pensado, señorita.

- Tuviste suerte, Antonio, en otro momento hubiera usado las jeringas como dardos y tu serías el blanco.

- ¡Qué suerte, me salvé!

Luego de nuestra conversación vino el "pinchacito" en la teta con el posterior desfile de químicos por mi cuerpo.

¡Estás haciendo todo mal!

A pesar del sueño que producen los corticoides que me infiltran no pude dormir porque entró la médica a darme las indicaciones y para mi sorpresa todo lo que había hecho después de la primera quimio era erróneo. Comí comida cruda y todo debe ser cocido, me expuse a ambientes cerrados con gente (como el cine) posterior al tratamiento, tampoco me dieron las pastillas para controlar los síntomas secundarios al procedimiento como las náuseas, el dolor de cabeza y lo peor, los ataques de pánico que, por fortuna, no terminaron por enloquecerme.

 El sermón médico me hizo tranquilizarme.

- Esta vez no la voy a pasar tan mal.

Y así fue, emocionalmente estuve mejor. Cambié las lágrimas por oraciones, lecturas, mantras, meditación, música, música, música, conversaciones y chats con amigos y familiares. El punto de quiebre fue al segundo día de la quimio, si al hacer el tratamiento tenía las defensas bajas, ahora se arrastraban por el piso. El viernes no pude levantarme de la cama. Fue la primera vez en toda mi vida que noté debilidad en mi cuerpo, me percaté de sus límites.

En cama recordaba lo que había sido la rutina los dos años anteriores: tres trabajos, la casa, la universidad, el programa de radio, yoga, el running, la meditación, los viajes. Era demasiado pero eran las cosas que me gustaba y me gusta hacer. Ojalá pronto pueda acomodarme a todo esto y volver al ruedo, es sólo un momento de desintoxicación, de transformación, de soltar, de perdonar, de aprender a valorar y a amarme tal como soy, pensé.

Restaurando el templo

Muchas culturas y religiones, como la veda y algunas otras orientales, consideran al cuerpo como un templo, como algo divino porque dicen que hay un pedacito de Dios en cada uno de nosotros, entonces es necesario preservarlo como el regalo más preciado. Ahora que estoy enferma me doy cuenta que es cierto, el cuerpo es lo que te hace existir, el que te permite ser reconocido, movilizarte, relacionarte, distinguirte, es el ser en el mundo material.

Esta situación me ha hecho valorar la rutina deportiva y espiritual que tenía. Ahora las palabras de Akrura, mi profesor de yoga y monje del templo Vaishnava, ese sermón de todos los miércoles en el que repetía una y otra vez que la mente es el reflejo del cuerpo son claras y precisas. Mierda, qué cantidad de sentimientos asquerosos y odiosos me di el lujo de albergar, ahora a desintoxicarse, mija.

Soy de las fanáticas que se miran permanente al espejo, lo reconozco, antes de que empezara todo esto del cáncer lo hacía por una cuestión de vanidad, de ver qué tan caído tenía el culo, si los treinta y la gravedad ya había hecho efecto en mis tetas, si tenía la panza hinchada, de hecho contaba meticulosamente cuántos pocitos de celulitis tenía. Una banalidad infame.

Ahora lo sigo haciendo pero con una consciencia diferente, con una percepción un poquito más profunda. Cada semana me someto a que me pinchen los brazos y la teta, a que me examinen, tomo varios medicamentos y la verdad me parece increíble cómo reacciona mi organismo, cómo una sustancia que tiene como objetivo destruir, o mejor, reconvertir células malignas en benignas, tiene también la capacidad de hacerlo no sólo por una sola unidad sino por la complejidad de los tejidos y sistemas, e incluso puede llegar a conmover la mente y esta, a su vez, movilizar el espíritu a una metamorfósis.

Por estos días me paro frente al espejo, observo mis brazos y me percato de lo rápido que se reconstituye la piel después de un pinchazo, cómo un intruso como es el portacat (cateter donde me pasan la quimioterapia) lleva de modo tan perfecto los químicos que están curándome a cada zona.

Síndrome Samsa

Cuando me infiltran la quimioterapia me siento como Gregorio Samsa. Me acuesto en el sillón y al cabo de dos horas me convierto en un insecto, pero no soy una cucharacha desagradable, soy más bien una mariposa que hace un proceso invertido. Regresa a su estado de oruga y se encierra en su capullo y ahí encerrada comienzo a meditar, a purgar y transformarme.  

Acostada en cama y toda cubierta por una seda me imagino que hay una batalla dentro de mí. Entran los soldaditos Adriamicina, Bleomicina, Vinblastina y Dacarbacina mejor conocidos como (ABVD), acompañados de otros guerreros divinos a quienes les he confiado esta valiosa misión de curarme. Todos van armados, no de pistolas o espadas sino de luz, van directo a atacar la porquería que está ubicada cerca del corazón y la garganta (qué ironía, justo ahí); desatan una guerra en la que, gracias a los rezos y buenos deseos de la gente que me quiere, han ido acabando con ese ejército negro.

Creo que si uno ama, protege, respeta y es consciente su salud, de este organismo tan maravilloso pero a la vez tan limitado, puede trabajar el primer nivel y más importante, el espiritual, pero para llegar a éste, es necesario reconocerse y aceptarse con luz y sombras.

Confesión

Hola, soy Alejandra Vanegas Cabrera. Nací el 1 de noviembre de 1983 en Cúcuta (Colombia) una ciudad a 10 kilómetros de la frontera nororiental con Venezuela; allí crecí y viví hasta los 16 años. Fui una niña bastante consentida, la primogénita en las dos familias, nunca me faltaron los regalos, el amor y por fortuna, el dinero. Mi papá y mi mamá eran muy jóvenes cuando me tuvieron, tenían veinte y monedas cuando nací.

Para ellos fue todo un desafío formar esta incipiente familia, eran unos chicos todavía, aún así le pusieron todo el empeño. Mi mamá era empleada del Banco de la República (institución emisora de régimen mixto) y estaba cursando una carrera técnica de administración. Mi papá era estudiante de administración de empresas, pero a los meses de haber nacido yo, tuvo que dejar el aula y salir a vender seguros, un mercado poco prometedor en aquella época pues el bolívar (moneda venezolana) se había desplomado situación que ocasionó que los comerciantes cucuteños entraran en crisis económica.

A pleno sol de treinta y pico de grados Julián, mi papá, salía todos los días a vender esas todavía enigmáticas pólizas que aseguraban el futuro de quienes las adquirían. Cuenta Trina, mi mamá, que a veces era tanto lo que caminaba que sus zapatos se rompían, aún así seguía constante, se levantaba una y otra vez antes de que algo le faltara a su recién nacida princesa.

Pasaron los años y de una habitación nos fuimos a una casa donde mi abuela paterna Isabelita tenía su laboratorio. Medio predio estaba dedicado a la prestar servicios de salud bacteriólogica y el otro medio lo habitaba nuestra  creciente familia, mi mamá quedó embarazada de Isa, mi hermana.

A los pocos años dejamos el laboratorio, la pujante empresa de mi papá ya dio para comprar una casa, luego un departamento en uno de las zonas más cotizadas de Cúcuta. Mi hermana y yo entramos a estudiar a uno de los colegios católicos más caros de la ciudad, crecimos entre clases de música, inglés, viajes, arte, fiestas, fue una infancia bienaventurada gracias a los sacrificios de mis padres.

Mi familia es muy católica, no radical, más bien de esas que sagradamente va a misa los fines de semana. Tampoco faltaba nunca al almuerzo dominical de uno de los clubs sociales más prestigiosos de la ciudad. Isa y yo íbamos vestidas como princesas a la misa y al club. Así como era sagrada la misa y el banquete, eran sacros los comentarios entre las mesas, que luego se comentaban en las oficinas y posteriormente el viento los llevaba a cada rincón de la ciudad. Pueblo chico infierno grande, nadie se escapaba de ser presa.

Siempre traté de estar alejada de ese endiosamiento del chisme, de la banalidad, de la estructura de las reglas sociales. Las rompí una y otra vez cuando fui adolescente. Siempre pensé que la vida era mucho más que sentarme con un vestido caro y cara de poker en una mesa frente a un plato que ni la mitad de la ciudad podía pronunciar (o comprar) por ser su nombre extranjero; detestaba además esa hipocresía, la frivolidad. En cambio valoraba y continúa encantándome la sinceridad, la espontaneidad, la nobleza  y lo colorido de lo popular, de la gente humilde.

Me negué a la idea de una fiesta de quince, lo veía como un gasto innecesario y ridículo. La moda era entonces irse a estudiar a otro país, ante mi rebeldía y un amor frenético con un chico mis papás eligieron mandarme de intercambio antes de terminar el colegio, yo en respuesta elegí el país más lejano y más raro. Así fue como un 24 de agosto del 2000 viajé a Budapest, donde viví un año y conocí el frenesí de la libertad, viajé sin visa por varios países con un par de amigas, estudié, me enamoré, en Florencia fui a la final de la liga Italiana de fútbol sin entender un bledo de ese deporte, en Viena vi a Alanis Morrissette, recorrí Hungría de norte a sur, de oriente a occidente, comí hasta reventar, amé a mi host familiy, las hice parte de mi historia y de cuerpo años más tarde con un tatuaje que dice: Álmodj, bízz, szeress (Sueña, confía, ama).

Llegué a Colombia y ya tenía que elegir una carrera, no seleccioné la que yo prefería sino intenté seguir la tradición familiar, el derecho. Entré a la mejor facultad de derecho de Colombia, estudié dos años y llegué a odiarlo tanto que entré en pánico y claudiqué con más del 60% de las materias desaprobadas. Mis papás, que estaban separados por aquella época, me castigaron por un año que pasé al lado de mi mamá y de mi tía Lala en una casa en las afueras de Cúcuta, fue un retiro, uno de tipo festivo. Cada domingo de ese 2004 mi papá me buscaba en su moto para desafiar la velocidad en las curvas de las carreteras de la cordillera. Elixir divino de ese exilio.

En 2005 llegué de nuevo a Bogotá y desafié a mi papá (quien odiaba a los periodistas) e inicié comunicación social y periodismo en la misma universidad, la de los masones, el Externado. En menos de lo que pensé se pasó la carrera y cuando me di cuenta ya estaba trabajando en la redacción del diario más importante de Colombia El Tiempo, luego pasé a El Espectador, hermano mayor y rebelde, estaba en mi salsa. Amé a ese diario al punto de darle mis días, mis noches y madrugadas. Viajé, escribí, investigué, me disfruté la vida profesional como nada. En 2012, decidí extender las alas y saltar al vacío, vine a Argentina llamada por el corazón. Acá estoy amándola y pidiéndole cada día que me trate suavemente, pero de eso nadie aprende, me caigo y me paro, vuelvo y caigo y me vuelvo a levantar y seguiré levantando cuantas veces sea necesario, "porque ya no camino, vuelo".

Así soy, un ser con sobras y luz, una mujer dulce que se derrite en los brazos de quien la ama, apasionada por el trabajo, paciente pero con carácter, incisiva, inquisitiva, cálida hasta que quema, una explosión de sentimientos (lloro, río y me enojo, todo en un mismo día o incluso en una misma hora), perseverante ante sus metas, incansable, inquieta, arriesgada al punto de dejarlo todo por cumplir sus sueños, tan sincera al punto de ser imprudente. Adoro la buena compañía, una conversación perspicaz, una bebida exquisita, una melodía que me haga vibrar y un amor agudo que me seduzca hasta perder la cabeza.







lunes, 7 de marzo de 2016

Diario de mi cáncer: Cambiar el chip


Miércoles 2 de Marzo, segundo día del mes y semana posterior a la primera quimioterapia que me dejó como un extractor de olores, de cama y con una depresión profunda por todo por el cáncer, por mí forma de ser, por las cosas que he hecho y que no, por afrontar una separación en medio de la enfermedad, porque sí y porque no. Lloré en todos lados, en el trabajo, mientras paseaba con mi mamá, en el parque, en el cine, cuando fui al baño del depto de unos amigos a los que fuimos a visitar, frente a la compu, en la cama, lloré, lloré y lloré como buena Magdalena y para seguir con la rutina, ese día me levanté llorando. No sé de dónde me salen tantas lágrimas.

Dos días antes, el domingo 28 de febrero, ante el desespero de mi mamá de verme tan triste y continuando con la ronda de sanación religiosa, decidí escribirle un mail a un cura de Ezpeleta (barrio del área metropolitana, muy lejos de Buenos Aires) de quien se dice que hace milagros. Le conté lo que me estaba pasando, básicamente  que tenía cáncer y que mi vida es un caos con mi familia y en mi casa. Dos días después (martes 1 de marzo) cae el mail en mi bandeja de entrada, el padre Adolfo Bertinelli me  había respondido; me mandó el evangelio de ese día (que hablaba del perdón) y me escribió un par de líneas cuestionándome ¿Y vos qué has hecho para perdonarlos?

Le conté a mi mamá acerca de la respuesta del padre y decidimos ir ese mismo miércoles (2 de marzo, el día en que me levanté llorando) a la misa de liberación. Después de tomar dos subtes, un tren y un colectivo llegamos a Ezpeleta, un barrio modesto y organizado del sudoeste del Gran Buenos Aires. La iglesia era pequeña, blanca y estaba cubierta por un techo de lata, como para que los inclementes sol y lluvia no la estropearan.

En la entrada había varios vendedores de santos, agua bendita y souvenirs. Al ingresar me quedé viendo a uno de los comerciantes y él también clavó la mirada en mí. Me parecía conocido, el hombre sólo me sonrió y nosotras seguimos derecho. Habíamos llegado una hora antes pero ya había algunas personas en el templo cantando y alabando a Dios con las manos. Nos sentamos y mi mamá me dijo que rezaramos el rosario. Recé mientras se me escurrían las lágrimas.

Antes de empezar la misa  Bertinelli sacó la custodia (la cruz donde se pone la ostia. Yo tampoco sabía el nombre, mi mamá me lo dijo) y comenzó a pegarle (literal) a la gente con la placa de metal como castigándolos. Yo veía que había quienes se caían de rodillas, otros quedaban sentados, algunos incluso se desmayaban en el piso. Nunca había visto una cosa así. Cuando nos llegó la hora mi mamá y yo, todavía incrédulas de aquel "show", nos resistimos a caer. El padre empezó a darle a mi mamá con la cruz hasta que sucumbió, a mí me tocó fuerte dos veces en la cabeza y me empezó a doler inexplicablemente y, por supuesto, me hizo llorar más. Luego de castigarme con su cruz el cura se quedó viéndome y me dijo: Perdona, Jesucristo es el Señor y me mostró el crucifijo que colgaba en el centro de la iglesia.

Durante la misa siguió hablando de perdón, al final el cura continuó imponiéndole manos a la gente. El caso que más me impresionó fue el de una mujer que estaba sentada en primera fila, al principio de la Eucarístía estaba muy feliz pues cuando el padre la tocó con la cruz se desvaneció, pero habiendo concluido la ceremonia la mujer corría por la iglesia evadiendo al padre, quien la perseguía y le gritaba: ¡Fuera demonio!

Terminó todo y yo seguía llorando más que nunca. Todo el viaje en colectivo lloré, llegamos a Quilmes, nos montamos al tren y seguía llorando, cambiamos al subte en la estación de Constitución y continuaba en la misma tónica. No sé qué me pasaba sólo lloraba y lloraba, pero era un llanto raro porque no se me hinchaban los ojos ni me ponía roja, sólo se me escurrían las lágrimas incontenible, inconsolable, atormentada y desesperadamente.

Llegamos a casa y continuaba llorando, en eso llamó mi tía Marta (mi segunda mamá) y le dije que no entendía qué me pasaba, que me había hecho mal haber ido allá, que me daba miedo seguir rezando porque era muy fuerte mí. ¡Que le tenía miedo a DIOS!

Y sí, había sido una experiencia tan magnánima que no podía soportarla, seguí llorando hasta que me quedé dormida. Al día siguiente me fui a trabajar, estaba perfecta, lúcida, más fuerte, tranquila. A las 2 de la tarde estaba en la clínica (uno de mis tantos trabajos) y le conté a Francisca, mi paraguaya favorita, lo ocurrido:

-Ale, no te vayas más a esos lugares, te está haciendo mal, vos no estás acostumbrada.

-Sí, Fran, creo que esto me supera.

Al final de la tarde y después de unos mates que compartí con mis compañeros algo me convenció que debía cambiar el chip, es decir, yo debía dejar de acusar a los demás y ponerme en sus zapatos. Sí, en el puesto de aquellos de quienes yo sentía o creía que me habían hecho daño.

Me tomó dos días, varias conversaciones y postradas de rodillas poder bajar la cabeza e iniciar este ciclo. Al primero que le escribí fue a Patricio. En realidad esta carta se la envié una semana después que dejó el departamento, creo que ese momento fue una premonición de lo que vendría. En ella van a leer un mensaje totalmente diferente a lo que he escrito, en estas líneas yo asumo mi parte de la culpa.

Patricio,

Sé que es tarde ahora, sé que de nada sirve, sé ya no crees nada, sé que diste mucho e hiciste demasiado y consideras que fue en vano, sé todo y comprendo todo.  Después de reflexionar, de estar retirada de todo, de darle un vistazo al panorama lo más imparcial que puedo quiero pedirte perdón.

Perdón por cada escena, por cada insulto, por cada palabra incoscientemente dicha, por los momentos fuera de mí, los momentos en los que no veía bien, en los que de modo egoísta te culpé, te herí, con mis palabras y mis actos. Perdón por no darme cuenta de lo mucho que me adorabas aunque no lo dijeras y no lo expresaras como yo quería. Ahora, comprendo que fui injusta, egoísta, dañina, venenosa. Desafortunadamente ahora cuando ya no estás y en este destierro que yo misma busqué comprendo que fuiste mucho, lo fuiste todo. Ahora es que me doy cuenta de mis errores, de mi falta de consideración, de mi resentimiento y odio desmedido cuando tu sólo querías ayudar y darme todo lo que estaba a tu alcance.

Perdón por juzgarte y por culparte de esta enfermedad que sólo la recibí por mis propias culpas, por mis desaciertos, por mi ira, por mi falta de comprensión para con los otros, y dentro de ellos otros tu.

Me siento culpable y terriblemente dolorida porque estás intranquilo, ansioso, triste, porque deambulas sin rumbo.Me siento impotente y sé que las palabras no bastan para reparar tanto daño, tanto empeño que le pusiste a esta pequeña familia que tuvimos y que desde el primer día te cargaste al hombro con tanto amor, a la que dedicaste cada minuto de tu existencia. Tienes razón, nunca fue suficiente para mí, siempre le presté atención al medio vaso sin llenar, fui injusta. No fui capaz de comprender lo que eres, lo que hacías.

Te culpé de mis errores y fui despiadada contigo aún cuando me llegó esta enfermedad no supe sostenerte, entender que a ti también te dolía, te afectaba y que hacías hasta lo imposible para que yo estuviera mejor. No lo supe ver y como una cobarde te desterré de mi vida.

Ahora que no me queda más que la tristeza de tu partida. Lo añoro todo, tus sonrisas, tus besos, tus silencios, tus enojos, tu rabia, tu olor, ese energía hermosa que mueve montañas, esa brutalidad y fortaleza con la que enfrentas la vida, esa vida que tantas veces ha sido tan injusta contigo, y yo, conociéndola como la conozco, tuve el atrevimiento de convertirme en una carga más, en una tachuela más.

Tengo y tendré tiempo de sobra para pagar esto, para llorarte, para amarte y extrañarte.

Me diste una gran lección que nunca olvidaré: que el amor es real, que el amor todo lo puede, pero que en su mismo nombre no es posible perderse.

Perdón.

Alejandra

También hubo mensajes para mis familiares, amigos y demás personas (no menos valiosas) que habían pasado por mi vida, a muchos a quienes amé y con quienes tenía una deuda pendiente.

No publico esta carta para convencer a nadie de que regrese, de que estoy arrepentida o para dar lástima, es simplemente una necesidad que me nace, una forma más de decirles a ustedes, quienes me leen, que reaccionen antes de que sea tarde.

A veces te consideras perfecta, intachable o la víctima de la situación, a veces crees que por estar enferma o en una situación difícil estás justificada de todo, cuando en realidad en un escenario como este, quienes están a tu alrededor también sufren y quieren ayudar; sin embargo, tu estás tan inmersa y atormentada por el padecimiento que no eres capaz de ver que los demás te quieren dar la mano y este socorro no es a tu modo sino de la forma que ellos consideran mejor.

Es necesario salir de la burbuja, dejar de lacerarse, ponerse en pie, sacar pecho y reconocer los errores propios. Dicen que la verdad nos hará libres, hoy puedo dar fe de que es cierto y aunque muchas de las personas a las que escribí no me respondieron los mensajes yo me siento mejor, un poco más tranquila, al menos tuve el coraje de reconocer, de sacarme este cáncer de la cabeza y asumir mis culpas. De a poco voy poniendo los pies sobre la tierra.

A Isa ya Fran, Gracias.